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/ EFE

Perfil de Rita Barberá | Adiós a la cosechadora de votos del PP

  • La política perdió en 2015 la alcaldía de Valencia tras 24 años gobernando y año y medio después abandona el partido de su vida

Lo que nadie imaginaba ha sucedido. Rita Barberá era el PP y el PP era Rita Barberá. No se entendían uno sin el otro. Pero ha ocurrido. La presión de la nueva hornada de populares ha llevado a la exalcaldesa de Valencia a salir del partido de su vida, en el que ha militado 40 años, aunque seguirá como senadora. Su declive comenzó en las últimas elecciones municipales.

Las palabras de Rita Barberá tras depositar sus papeletas en las últimas elecciones municipales de mayo de 2015 no olían precisamente a victoria, como pronunció en Vietnam el remacho coronel Kilgore de 'Apocalipse Now' que gustaba de socarrar charlis con napalm, sino a la despedida cojitranca y algo melancólica de una mujer bastante fatigada, acaso pelín desencantada, tras las profundas cornadas de la corrupción que han resquebrajado a su partido del alma. Rita abucheada en medio de jaranas hostiles prefabricadas allá en su territorio sagrado de los mercados. Ahí duele. Rita con sus eternas pilas de conejito Duracell casi, o sin el casi, finiquitadas. Rita y su totémico rojo alcaldesa de genuina furia latina y mediterránea. Nada se mantiene eternamente y todo lo que sube baja. Ese fin de ciclo nos dejó a Rita con un semblante como el de Edurne tras su fracaso en Eurovisión. Más dura será la caída, como tituló Budd Shulberg en un memorable novelón suyo. Y más dura ha sido tras dimitir como senadora, el último refugio que le quedaba, por el caso Imelsa y la Operación Taula

Se acabó la dolce vita de los resultados apabullantes. Finalizaron los tiempos gloriosos donde la mano de Rita convertía en oro de triunfo electoral todo lo que tocaba. La cosechadora de votos, ese rodillo de titán, verdadera apisonadora realimentada con la gasolina del favorable vendaval que revalidaba los triunfos, por fin y al fin se gripó y el motor emitió un cof-cof de tosferina que sonó a último suspiro y maricón el último (ustedes ya me entienden). El fulgor de antaño celebrado en las alegres fiestas del Alameda Palace adquiría ahora lúgubre tonalidad de funeral y los enchufadillos componían rostro de pésame mientras su corazón bombea preguntas como "¿y ahora qué será de mi vida?" porque, de repente, perciben el rigor del fin de mes y saben que, más allá de los muros de la alcaldía, seguro que hace frío. Rita Barberá, historia viva de Valencia, la alcaldesa eterna que durante 24 años ha regido los destinos de la ciudad hasta formar con ella un pack indisoluble, sufrió un terrible revés y su orgullo de genuina matrona supura las dolorosas burbujas de una pírrica victoria que en realidad apesta a terrible derrota.

Y el tajo no lo ha sufrido bajo el filo del tradicional adversario sociata, sino de la mano, máxima humillación, de Compromís, partido por el cual siempre sintió un recalcitrante desprecio intelectual. Los que impulsaron la juvenil moda de las camisetas gamberras, rebeldía de bote algo tontiloca, se le han subido a las barbas y bailan jubilosos en pleno aquelarre bermellón.

Rita lucía el día de las elecciones un vestido rojo y una chaquetilla blanca, su marca de la casa. Y el cardado de la pelambrera de Rita era como el casco del rey espartano Leónidas, pero los chicos de Compromís, con paciencia y mala leche, han sido los advenedizos persas que la han fumigado de sus Termópilas personales. Los peperos pata negra sufren la taquicardia que es el preludio del infartito. Rita Barberá, la Ritona de Valencia, era la bandera pepera, el faro que guiaba la legión conservadora, el último refugio contra los terremotos que podían socavar las esencias valencianas, valencianistas y valencianeras. Los cachorros que crecieron bajo el perfil de Rita muestran desamparo como de huérfano de Dickens. Sólo la conocieron a ella. Rita, el boss. En el principio de su era sus hombros realzados por esas hombreras tan ochenteras mostraban la gallardía del éxito vitalicio; con el devenir de los años y los rigores de la vida adquirieron contorno cargado y vencido. Su despedida en la noche de las elecciones, porque fue a eso a lo que sonó aunque ella no pronunciara por razones obvias la palabra "adiós" -que para algo sigue siendo la más votada-, sonó a melancolía. Y a orgullo, el de quien cree que ha hecho cuanto estaba en sus manos.

Y de aquel día a este 14 de septiembre de 2016 en que la "alcaldesa de España", como así la definió Mariano Rajoy, deja el PP.