Xàtiva, la bella desconocida

El castillo de Xàtiva.
El castillo de Xàtiva. / lp

Es una de las ciudades más hermosas de España pero el turista aún no lo sabe y eso es una ventaja que no conviene desaprovechar

FERNANDO MIÑANA

Mandar a alguien a Xàtiva en verano es un regalo envenenado. Es una de las ciudades más hermosas de la Comunitat, pero también una de las más tórridas, si no la más. Desgraciadamente Xàtiva es más célebre por aparecer al frente de la lista de un día de calor que por su patrimonio, sus calles, sus luces de cuento y sus fuentes, sus mil fuentes.

Hay tres formas de visitar la capital de La Costera. Una es siguiendo sus monumentos: La Seo, el Hospital, las ermitas de Sant Josep y Sant Feliu, el castillo... Otra es dejarse llevar por las callejuelas de su casco histórico cuando el sol ha dejado de abrasar y se han encendido los faroles que lo tiñen todo de una acogedora luz amarilla que invita a fantasear con paseos de otros siglos, de los tiempos de los Borgia. Y la tercera, una especie de parchís urbano, consiste sencillamente en ir saltando de fuente en fuente.

El eslogan habla de 'La ciudad de las mil fuentes' y, como todos, exagera. Pero sí hay documentación antigua de la existencia de cerca de 800 caños entre calles, plazas y viviendas en pleno siglo XVII. Y se establecían tres categorías: las reales, que son las más monumentales y mantenidas por el erario público; las vecinales, dependientes de los habitantes de una calle o barrio, y las particulares, las más escasas, pues se encontraban dentro de las viviendas de las casas más pudientes.

Y ahí se yerguen la de la Trinitat, en la fastuosa plaza del mismo nombre, una de las pocas fuentes góticas que quedan en la Comunitat y con una llamativa copa octogonal; la de la plaza de Roca, de antes de que Colón descubriera América; la de Sant Francesc, de estilo barroco, reconstruida por el cantero Marcos Piqueres en 1764 y rematada con una imagen del santo, o las más populares de los 25 caños o la del Lleó, de 1818 y coronada con un león en plena Alameda, que es lo mismo que decir la espina dorsal de la ciudad.

Xàtiva hace un esfuerzo turístico considerable, partiendo desde una cuidada página web diseñada con mucho gusto por Óscar Larriba, y multiplicando su oferta por vías convencionales como el trenecito que te ahorra el ascenso al castillo que vigila la ciudad y donde, según el poeta Silio Itálico, Aníbal urdió el asedio de Sagunto, o la ya recurrente ruta negra. ¿Qué ciudad turística no posee una? Si en Londres llevan desde 1905 contando los asesinatos de Jack el Destripador en el barrio de Whitechapel.

Pues a pesar de todo eso, el goteo de visitantes es escaso. Lugares con mucho menos que ofrecer se atiborran de turistas. Aunque esto, en los tiempos que corren, quizá sea hasta una ventaja. Porque este retraso aún permite reservar mesa de un día para otro para comerse un arroz al horno en Casa la abuela. O encontrar sitio en la no tan conocida Terrassa de Sant Josep, en las faldas de la montaña, donde la cocina no es nada del otro mundo pero las vistas son primorosas.

Y bajar después a la Plaça del Mercat, donde por fin han expulsado a los coches y han dejado diáfana otra plaza digna de admirar, y tomarse una copa en una de las calles que allí desembocan, donde florece el tardeo gracias al bolsillo de 'viejóvenes' cuarentones y cincuentones sin ganas de dejar atrás barras y terrazas.

También hay placeres más exquisitos, como las Nits al Castell, donde el pasado sábado Sílvia Pérez Cruz actuó bajo las estrellas. Y también más mundanos, como la vieja Fira de Xàtiva que convierte la Alameda en un hormiguero que apenas descansa del 15 al 20 de agosto. Para todos los gustos.

Fotos

Vídeos