El valle morisco de Murcia

A la vera del Segura. El río a su paso por la localidad de Blanca, en el centro del Valle de Ricote, con el Mirador del Alto Bayna al fondo. A lo largo del Segura, hay playas fluviales para darse un chapuzón.

La antigua ciudad árabe de Siyâsa y un olivo de 1.500 años son las joyas de esta ruta de leyenda, que discurre junto al río Segura, entre huertos de limoneros, naranjos y palmeras

PEPA GARCÍA

En la Vega Media del Segura se extiende un valle de fértiles tierras donde los musulmanes levantaron una de sus ciudades mejor fortificadas, Siyâsa (denominación islámica que dio nombre a la Cieza actual). Solo tienen que liberarse de la prisa y desviarse de la ruta más rápida que marca el GPS para descubrir un universo de posibilidades en la comarca. Antes de que la carretera secundaria les interne por el Valle del Ricote y les muestre los contrastes entre los áridos territorios de 'badlands' y los oasis hortícolas creados con el ingenio del hombre y el agua del Segura, deben olvidarse del reloj y disfrutar de un rincón mágico: el que pone a sus pies el mirador de la Sima de La Serreta, un yacimiento con pinturas rupestres del Neolítico (Patrimonio de la Humanidad desde 1998), en el espacio protegido del Cañón de Almadenes.

La sima, de 20 metros de profundidad, alberga el testimonio más antiguo de la agricultura en el sureste español y otras cinco escenas rupestres de caza. El premio final es asomarse al mirador, que se abre al cañón. Cuidado, porque la altura impresiona. El itinerario continúa, en Cieza, por el Paseo Ribereño que discurre pegado al Segura. Si disponen de tiempo, es recomendable visitar la citada Siyâsa, una antigua ciudad fortificada de los siglos XI-XIII que aún oculta 700 casas, mezquitas y zocos. Cuando se llega a Siyâsa, el impacto es brutal. Por algo es el yacimiento arqueológico más importante en decoración islámica de Europa. Su estudio ha facilitado valiosísima información y material, como 200 arcos y pórticos, algunos de más de cuatro metros de altura.

La RM-512, tras salvar el cauce del Segura por el Puente del Argaz, les interna en el valle morisco. Una sucesión de curvas entre casas tradicionales, palmeras, tierras rojizas, campos de limoneros y naranjos, viñas, olivos y almendros, conduce a Abarán. Desde allí sigan por la RM-B17. Es una carretera de puentes estrechos y rodeada de infraestructuras hidráulicas centenarias que convirtieron estas áridas tierras murcianas en el vergel que son hoy.

Junto a sierras picudas y peladas, se llega a Blanca por un camino sinuoso, adornado de buganvillas floridas, higueras y, cómo no, de las cañas invasoras de las riberas del río, recuerdo 'envenenado' de los árabes. Pasarán junto a las playas fluviales de Blanca y bajo la peña sobre la que se erige su castillo. En esta Villa del Libro es recomendable desviarse para admirar las vistas que el Mirador del Alto Bayna pone a sus pies y visitar la Fundación Pedro Cano. Si lo prefieren, pueden seguir por la RM-520, pero, justo antes de salir del casco urbano, observen la panorámica del azud de Ojós, un paraíso de las aves acuáticas.

Entre acueductos y palacetes, bordearán el embalse y el azud. En el camino está el Mirador del Solvente, otro alto obligado por sus vistas: El Solvente, la Pila de la Reina Mora, la huerta milenaria de Ojós... Antes de llegar a este pequeño pueblo famoso por sus bizcochos borrachos, deben visitar la capital del valle, Ricote. Allí pueden comer en el restaurante El Sordo (la carne de caza y los asados de cochinillo y cabrito son su especialidad), frente al que se extiende la huerta trazada por los árabes en el siglo X, aprovechando las numerosas fuentes cercanas, y también hacer una parada junto a la Olivera Gorda, el árbol histórico más antiguo de Murcia (1.400 años de vida). Se cuenta que amparó el levantamiento del caudillo Tudmir Ibn Hud en 1228, soberano de la España musulmana durante una década, así como la rendición mudéjar de 1266 ante Jaime I de Aragón.

De vuelta a la RM-520, atravesarán Ojós, donde pueden detenerse junto al Salto de la Novia, un escarpado paraje junto al río, al que adorna una antigua y bella leyenda. Si cruzan por la pasarela de madera que salva la impresionante quebrada podrán saber más de esta romántica historia de final trágico. Pasando bajo el túnel y antes de regresar a la autovía que les conduce al destino soñado de las playas levantinas, tienen la oportunidad de detenerse en Archena y darse un baño de relax y salud en sus milenarias aguas termales.

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