Sátira estalinista

O. B.

La mejor alabanza que se puede hacer de 'La muerte de Stalin' es que hay momentos que podrían pertenecer a una película de los Monty Python: no es gratuito que entre su galería de soberbios actores se encuentre Michael Palin dando vida al mismísimo Vyacheslav Molotov. Unas delicadas notas de piano y el acompañamiento de una orquesta nos sumergen en la acción. Estamos en Radio Moscú en 1953. Y una llamada del mismísimo camarada Stalin revoluciona el estudio: quiere una grabación del concierto. La misma que escuchará cuando caiga desplomado al suelo en su despacho entre un charco de orina. 'La muerte de Stalin' se ríe de la Historia con mayúsculas. Su humor insolente y negro como el carbón.

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