Replicantes atormentados

Ryan Gosling y Harrison Ford en una escena de la película 'Blade Runner 2049'. / LP

Denis Villeneuve firma una cinta de hipnótica belleza y apabullantes recursos técnicos sin lograr la magia de su predecesora

FERNANDO BELZUNCE

Que una película tan mitificada como 'Blade Runner' tenga una innecesaria continuación 35 años después, tras la comercialización de sus diferentes versiones, despierta lógicos recelos. Planean los precedentes del desconcertante cineasta y hombre de negocios Ridley Scott, capaz de firmar un puñado de joyas del cine y otro de títulos olvidables, entre ellos las recientes precuelas de otra cinta venerada, 'Alien'. Productor de 'Blade Runner 2049', el gran acierto del británico, aparte de recuperar a Harrison Ford para reinterpretar al legendario Deckard, ha sido trasladar la responsabilidad de un proyecto de alto riesgo creativo, que no comercial, al canadiense Denis Villeneuve, uno de los cineastas más respetados por la industria.

El director de 'La llegada' muestra una apabullante y ambiciosa cinta, de casi tres horas de duración, en la que la puesta en escena y la asombrosa fotografía de Roger Deakins hipnotizan al espectador. Es intensamente hermosa y espectacular. La comparación con la primera cinta es inevitable y es en la forma, que no en el fondo, donde se impone el talento de este singular creador. Villeneuve, acompañado de grandes talentos en las labores técnicas, elimina todos los prejuicios a base de planos de belleza abrumadora que se deleitan a ritmo pausado, enmarcando la sobrecogedora soledad que castiga a los personajes, algunos magníficos, a los que, en cambio, no acompaña un guion a la altura. Hampton Fancher, autor del primer libreto, y Michael Green desarrollan la trama con escrupulosa fidelidad con la historia original, aunque sin lograr su carga poética. 'Blade Runner 2049' sigue la versión del director, estrenada hace diez años, y es consecuente con el final, cuando Deckard, el agente solitario y atormentado que mata androides a su pesar y busca consuelo en el alcohol, huye con la replicante Rachel (Sean Young).

La acción continúa 30 años después. Los Ángeles sigue siendo una ciudad lluviosa y contaminada, tomada por la bruma y el vapor que emana de los puestos callejeros, con coches voladores, edificios amenazadores y neones y hologramas de mujeres orientales. El mundo parece haber empeorado, es cierto, y se descubren nuevos y sobrecogedores parajes, pero básicamente sigue siendo aquel territorio hostil y tóxico que los privilegiados abandonan para emprender la conquista de otros planetas.

Preguntas y reflexiones

En ese lugar malvive un replicante encargado de dar caza a los suyos, encarnado por un magnífico Ryan Gosling que asume el aura de dolor existencialista propio del primer Deckard. Harrison Ford, al que no le hace falta maquillaje para recuperar su personaje de 1982, también destaca en la piel del viejo policía, mientras que Ana de Armas sobresale entre los secundarios con un papel que rinde homenaje a la estupenda 'Her' y le abre las puertas de Hollywood.

Si algo queda claro al ver la película, es que, pese al avance de la trama, que pasa a tener más carga social que filosófica, para sus responsables el escenario no ha cambiado tanto como el público que lo contempla.

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