Granada - Motril: Curvas con historia

Tajo de los Vados. El río Guadalfeo discurre entre dos paredes verticales de hasta cien metros horadadas por cuevas como Sima Redonda, de 76 metros de profundidad, o el Barranco de Iñate, con 1,5 kilómetros de largo./FOTOS: I. G.
Tajo de los Vados. El río Guadalfeo discurre entre dos paredes verticales de hasta cien metros horadadas por cuevas como Sima Redonda, de 76 metros de profundidad, o el Barranco de Iñate, con 1,5 kilómetros de largo. / FOTOS: I. G.

70 kilómetros de distancia y 700 metros de desnivel separan la Alhambra del mar. La sinuosa carretera vieja pasa entre frutales y olivos y descubre huellas del pasado

INÉS GALLASTEGUI

En las curvas de la N-323a, varias generaciones de granadinos han echado la primera papilla en lo que durante años fue la gran aventura de 'bajar a la playa'. A aquellos utilitarios cargados de niños, abuelas y tarteras el trayecto les llevaba sus buenas dos horas, incluidas las inevitables paradas para soltar o reponer fluidos y el sempiterno atasco; hoy se hace en poco más de treinta minutos. Pero recorrer esta ruta es también darse de bruces con la historia de España y con hermosos parajes escondidos que uno se pierde si tiene prisa por salvar los 70 kilómetros de distancia y los 700 metros de desnivel que separan la Alhambra de las primeras olas del Mediterráneo.

Más que secundaria, es una carretera segundona. Fue quedando obsoleta poco a poco, a medida que los nuevos tramos de la flamante A-44, con la cadencia de las eras geológicas, entraban en servicio. Dos décadas tardó en convertirse en la ruta pintoresca y casi desierta que es hoy; territorio de ciclistas, moteros y los pocos coches que transitan entre los pueblos de la comarca.

Este tramo de la antigua Bailén-Motril comienza en Armilla, en pleno corazón metropolitano de Granada, pero si uno quiere ahorrarse la vista de los centros comerciales y las hileras de chalés puede comenzarlo en Otura (salida 139 de la A-44) y coronar el puerto del Suspiro del Moro (860 metros), que recuerda la última mirada del sultán Boabdil a los palacios que acababa de entregar a los Reyes Católicos de camino a su exilio alpujarreño y la célebre, machista y probablemente apócrifa frase de su madre, Aixa: «Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre».

O puede comenzar en Padul (salida 144), que cuenta con una larga y fea zona industrial, pero también con un humedal de gran riqueza ecológica, la mayor turbera del sur de Europa, en la que hace unos años fueron hallados fósiles de mamuts lanudos.

Otra opción es iniciar la ruta en Dúrcal (salida 157), en las faldas de Sierra Nevada, donde destacan el imponente Puente de Lata -construido en 1905 por un discípulo de Eiffel y trasladado 20 años más tarde aquí, a 50 metros de altura sobre el lecho del río- y su antecesor romano de piedra, del siglo I. El municipio del que Rocío, la famosa cantante de rancheras, tomó el apellido poniendo el dedo al azar sobre un mapa -hubo suerte: por ahí anda también Jorairátar-, es la puerta de entrada al Valle de Lecrín. En este rosario de pueblos blancos entre almendros, naranjos y olivos en torno al embalse de Béznar, una nutrida colonia de 'ingleses' ha encontrado su jardín del Edén.

Moros y cristianos

A partir de aquí el asfalto se estrecha y la pendiente se agudiza. Pasado el casco urbano de Talará, aparece por sorpresa la 'curva del coño', llamada así porque esa era la palabra que salía de todas las gargantas al descubrir que el giro no terminaba nunca.

El barranco de Tablate, paso estratégico entre la última capital de Al Andalus y la costa, guarda las huellas de innumerables batallas. Para cerrar el avance de las tropas cristianas, los sublevados moriscos destruyeron en dos ocasiones, 1499 y 1568, el puente árabe, otras tantas veces reconstruido, que aún puede verse desde la pasarela del siglo XIX por la que atraviesa nuestra ruta. Una ermita y una vieja fonda marcan el cruce del camino hacia Lanjarón, el primer pueblo de las Alpujarras.

Dejando atrás el cauce del río Ízbor, la carretera se ensancha de nuevo, cambia de vertiente y baja dejando a su izquierda el embalse de Rules, que a falta de conducciones hacia las fértiles tierras de la Costa Tropical es, por el momento, un paraíso para la pesca y el windsurf.

Tras una curva pronunciada, el asfalto serpentea suavemente por el cañón del río Guadalfeo, que discurre encerrado entre los impresionantes acantilados de paredes verticales surcadas de verde y agua, el Tajo de los Vados. Merece la pena pararse en el Azud de Vélez, una presa que distribuye el caudal por las acequias de riego, la ribera cuajada de huertas, juncos y cañaverales y la playa fluvial de La Explanación.

Después, el valle se abre y entramos en el trópico andaluz: la carretera atraviesa campos de aguacates, chirimoyos, mangos y, en el delta del río, los últimos vestigios del milenario cultivo de la caña de azúcar. Al fondo se ve recortado contra el azul del cielo el perfil del castillo árabe de Salobreña. El aire es húmedo y huele a mar. Ha costado, pero hemos bajado a la playa. La cerveza y el 'pescaíto' esperan.

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