La Navidad se aproxima

Puchero de Casa Lorente (Canals). / a. v.
Puchero de Casa Lorente (Canals). / a. v.

Tanto comer y comer en estas fiestas sólo contribuye a incrementar la sensación de infelicidad y vacío existencial

ANTONIO VERGARA

La Navidad se aproxima. Aunque los hábitos culinarios de esta festividad han cambiado por el sino de las redes sociales de pescar en río revuelto, puede que el puchero o cocido todavía se mantenga el 25 de diciembre. Es un plato que se come en toda España. Los catalanes le llaman 'escudella de carn i d'olla', los madrileños 'cocido', los valencianos 'putxero' y los andaluces 'berza'. Es un gran plato de evaporación. Los diversos cocidos regionales varían fundamentalmente por algunos -no todos- de sus ingredientes.

Doña Emilia de Pardo Bazán escribió que 'cada época de la historia modifica el fogón, y cada pueblo come según su alma, antes, tal vez, que según su estómago'. Lo que era la 'olla' en los siglos XVI, XVII y XVIII, degenerará en casi plato único de los españoles del XIX y en 'cocido' madrileño, andaluz, extremeño o pasiego 'y tantos como tantas autonomías se quieran, en nuestro siglo de cambalache' (Xavier Domingo). La olla fue, en tiempos de los Austria, el plato español por excelencia.

En México le llaman olla poblana, por ejemplo. En muchos lugares es un plato de día de fiesta, y en otros, propio de la Navidad, sobre todo cuando se le inyectan, excepcionalmente, ingredientes cárnicos.

Debido a mi profesión he pasado algunas navidades fuera de mi casa, y he comido todo lo más tradicional del repertorio culinario que, aquí y acullá, constituye un patrimonio estable, fijo e intocable. En ocasiones, y según países y culturas, la Navidad cristiana y occidental no coincide, lógicamente, con el 24 o el 25 de diciembre, ni con el 1 o el 6 de enero.

Los chinos celebran el Año Nuevo en enero, febrero o marzo, según, porque van atrasados en el calendario, y su ofrenda no es al Niño Dios o a los Reyes Magos, sino a diversos animales: el perro, el caballo, el cerdo, la lagartija o la rata. ¿Y qué comen? Pues lo suyo, ya que no conocen el puchero de La Vila Joiosa o la carne de libro de la marquesa de Parabere, la única carne que sabe leer y escribir. Yo mismo aprendí a leer con esta obra culinaria y con las ensaladas ilustradas. Recuerdo que un 24 de diciembre, en Aix-en Provece, nostálgico de mi país y de mis recuerdos españoles, cené besugo de mar al horno -castiza receta navideña- envasado al vacío, tres días antes, en Casa Ciriaco (Madrid).

En otra ocasión, en Bolonia, disfruté con el navideño 'zampone' -brazuelo de cerdo relleno- y su acompañamiento de lentejas. Y es que, al margen de si los platos ancestrales navideños son creaciones mejores o peores, a veces hay que sacrificarse y meterse entre pecho y espalda una pierna de cordero al horno son sabor a jersey de lana.

Todos los años, en estas fiestas tan entrañables, aumenta ostensiblemente el número de peleas, discusiones, rupturas y agresiones de palabra en el seno de los hogares donde se reúnen, a tal efecto, las familias, aunque parezca que sea para comer. Las crisis suelen comenzar nada más llegar -o antes, en la escalera-, y con suerte, la traca final se enciende con los turrones y el cava Puigdemont Gran Reserva. La situación empeora -en las personas sensibles y lúcidas- al ojear simultáneamente los abyectos programas televisivos. Se superan año tras año en necedades y 'burrera' (Isa Tròlec 'dixit'). Ya es mérito.

Tanto comer y comer sólo contribuye a incrementar la sensación de infelicidad y vacío existencial. No hay que forzar tanto la felicidad, que suele ser inversamente proporcional a la cantidad y calidad de los manjares propuestos. Estos mismos manjares, de mayor o menor precio, según las economías, producen más felicidad fuera de las navidades, un día cualquiera de cualquier mes, sin ningún motivo, salvo el que voluntariamente se haya buscado.

Añoro a aquellos guardias urbanos a quienes los automovilistas y los transeúntes les regalaban cestas, turrones y botellas de cava mientras dirigían el tráfico rodado, hasta 1966. Hoy, sería una quimera. Les robarían todas las botellas para organizar un botellón juvenil. También recuerdo que la plaza del Ayuntamiento era una fiesta de luz. No el fúnebre espacio en que la han transformado los amargados y resentidos al mando de Joan Ribó.

Al escuchar por la radio el primer villancico o 'El pequeño tamborilero', cantado por Raphael y que tanto gusta a Pere Fuset y Fran Ferri, ya estamos sentenciados.

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