Mi ministra de Agricultura

 Vergara, con la ministra García Tejerina.
Vergara, con la ministra García Tejerina. / lp

García Tejerina había leído el artículo que le dediqué, 'Doña Isabel en los campos de Castilla', y le encantó lo del «amor platónico»

ANTONIO VERGARA

Como miembro del club masculino y apolítico de fans de doña Isabel García Tejerina, ministra de Agricultura, Pesca y Medio Ambiente de España, fui al Club de Encuentros Manuel Broseta el 3 de julio porque dictaba una conferencia.

A mediodía comí en el restaurante Dos Estaciones, que regentan dos jóvenes cocineros, Iago Castrillón, gallego, y Alberto Alonso, burgalés y ex-jefe de cocina de Ricard Camarena. A las conferencias de ministros hay que ir con el estómago lleno, pero no de cualquier cosa.

Mi menú: crema de hinojo y huevas de arenque; cebiche de boquerón y granada; higos, crema de queso fresco y mi-cuit de foie gras rallado; sardina y pimiento de Padrón; merluza al vapor, patata chafada, jugo de pimiento verde en salmuera y piparra; steak tartare, helado de mostaza y tuétano asado; y naranja, zanahoria y jengibre. Excelente. Materia prima tratada sin artificios. Veracidad culinaria. 35 euros.

Ignoramos el porcentaje de 'guiris' que dejan su dinero -disfrutando- en los restaurantes. Pero fui testigo de lo siguiente. Entró un matrimonio italiano, rodeado de mapas y acompañado de un repelente niño Vicente (en italiano, Vincenzo). Hojearon la carta. Pretendían comer mi menú de 35 euros para los tres. Se les dijo que no era posible. Hay que ser roñoso y pagar 35 euros divididos por tres = 11 euros. Los típicos turistas de «Si hoy es martes, esto es Valencia».

Salí muy satisfecho -cuando como mal rezumo mala leche, inconscientemente-. Mi estado de ánimo era optimista, hasta cierto punto. He hecho mío este pensamiento de mi otro icono, Winston Churchill: «El éxito va de fracaso en fracaso, sin perder el entusiasmo».

Con el anterior bagaje gastronómico y filosófico acudí a la conferencia de mi amor platónico en el Consejo de Ministros, doña Isabel García Tejerina. Han transcurrido unas semanas desde que salió publicado aquí mismo un artículo que titulé 'Doña Isabel en los campos de Castilla', o sea, Isabel García Tejerina, natural de Valladolid, ciudad que conozco tan bien como sus restaurantes, La Parrilla de San Lorenzo, Trigo (en plan modernete), El Figón de Recoletos o Cervantes, donde comí varios y magníficos arroces con liebre cuando iba de 'enviado especial' para cubrir la SEMINCI o Festival Internacional de Cine de Valladolid. Me tragué todas las películas 'comprometidas' y 'progres' por kilómetro cuadrado rodadas ese año y vi a sus 'comprometidos' directores (caso, verbigracia, de Robert Guédiguian) repelando los lechazos en La Parrilla de San Lorenzo.

Para ser neutral y objetivo, una madrugada, hacia las 5,30 horas, me pareció escuchar unos cánticos religiosos. Medio dormido, y a consecuencia de mi deformación cinéfila, creí soñar que era una escena de 'El séptimo sello', película dirigida por Ingmar Bergman; pero no: la salmodia procedía de los asistentes al Rosario de la Aurora.

Doña Isabel García Tejerina es la segunda ministra de Agricultura con quien he charlado brevemente. La otra fue doña Loyola de Palacio, la primera mujer ministra de Agricultura y Alimentación. Fue en la Casa de América de Madrid, en 1997. ¿El motivo? Cubrir la entrega del premio 'A freír espárragos' concedido al humorista Antonio Mingote. Casualmente, me senté a la mesa donde estaban él y Alfredo Landa, encargado de entregarle el galardón patrocinado por la D.O. Espárrago de Navarra.

Ya colegirán que una cena, servida por el prestigioso catering Paradís y en compañía de Mingote y Landa, fue apoteósicamente divertida. Dos personas sencillas, humildes pero muy cáusticas. La ministra Loyola se interesó por la receta del arroz a banda. Natural. Había nacido en Madrid y su ascendientes eran vascos.

En cuanto a doña Isabel García Tejerina, ataviada con un ligero y juvenil vestido veraniego, impartió una conferencia tecnocrática. Su preparación es formidable. Tuve el atrevimiento de abordarla porque sus escoltas intuyeron que yo era una buena y pacífica persona. Ya había leído el artículo 'Doña Isabel en los campos de Castilla'. Le entregué el original de LP, en color. Me dijo que le había encantado «lo del amor platónico». Y como premio accedió, con toda naturalidad, a que nos fotografiáramos juntos. Para mí es una adolescente. Aunque igual el adolescente soy yo.

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