Cullerot, un blanco valenciano de PX

El blanco Cullerot acompañado de los Parotet y Vermell. / lp
El blanco Cullerot acompañado de los Parotet y Vermell. / lp

Celler de Roure trabaja con tino la variedad de uva Pedro Ximénez

CHEMA FERRER

El común de los catadores de vino siempre piensa que el Pedro Ximénez (PX) es una variedad de uva con la que se elaboran grandes vinos generosos, dulces, y en tierras andaluzas. Si vamos un poco más allá, los encontramos en los amontillados de la DO Montilla-Moriles, hermanos de los más populares vinos fortificados Jerez, el fino y la manzanilla, aunque estos últimos se hacen a base de palomino. Pues bien, estos vinos blancos dan una pista sobre lo que con esta variedad también se puede hacer, vinos blancos secos, con su crianza incluso y su coupage, como debe ser. Existe una historia amable de cómo esta variedad de uva blanca, que edafológicamente procede de la moscatel, llegó a nuestra piel de toro.

Eran los tiempos del Imperio y Carlos I de España reclutaba tropas en a orillas del Rhin para formar sus regimientos de lansquenetes (precisamente los que perpetraron el Sacco de Roma, que no eran españoles como canta la leyenda negra). Estos pasaron por España y alguno de ellos era viticultor, un tal Peter Siemens, quien portaba alguna simiente de vid por si se terciaba darle a la azada. Cuajó su cultivo en las tierras del sur y a base de castellanizar el nombre del germano que la trajo, pasó del Peter Siemens a Pedro Ximénez. ¡Qué bonito! Pero lo cierto es que se conoce de su cultivo desde el siglo XVI.

La PX en Valencia

Ciertamente, en la región valenciana esta variedad no tuvo demasiado predicamento, pero si que se trabaja en la subzona de la DO Valencia que ahora se conoce con el poético nombre de Terres del Alforins y que se apostilla acto seguido con el meloso apelativo de la Toscana valenciana. Pues bien, el enólogo Pablo Calatayud, de la bodega Cerrer de Roure lleva ya algunas vendimias trabajando esta variedad, habiéndole encontrado el punto en un ensamblaje maravilloso con verdil, chardonnay y macabeo, con sus vinificaciones por separado, fermentación y trabajo de lías en tinas de barro antiquísimas que la bodega ha recuperado y luego de ensambladas, cinco meses de crianza en las mismas tinas de barro. Se llama Cullerot, y este mismo año Peñín le concedió 91 puntos en su guía mientras que Luís Gutiérrez de Parker le dio solo 90. Un poco rácano. Se hicieron 24.000 botellas y no quedó ninguna. Aromas finos a fruta blanca madura, sensaciones edulcoradas, acidez justa y pura crema en boca..., el trabajo de lías.

Ahora anda ya vendimiada esta variedad de sus pagos y se está trabajando en bodega. A ver si salen buenas y se pueden hacer algunas botellas más. En verano lo sabremos.

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