Las Provincias

Gastronomía y jazz

Gastronomía y jazz
  • Tras haber estado prohibido por ser «música negroide», a principios de los años cincuenta la censura lo dejó en libertad

A los 15 años ya me gustaba el jazz. La paulatina muerte de los grandes creadores e instrumentistas me ha obligado a refugiarme en mis vinilos y cd. Igual que en la política actual no hay grandes políticos, sucede lo mismo en el jazz.

A menudo me he preguntado por qué me fascinó en aquella España de mis 15 años, donde el jazz estaba prohibido por ser «una música negroide» (doctor Carlos Jiménez Díaz, en 'La Estafeta Literaria') y cuya censura radiofónica la ejercía don José Corts Grau, posteriormente rector de la Universidad de Valencia.

Alimentaba mi amor por el jazz escuchando 'The Voice of America' (en onda corta) y 'Jazz aux Champs Elysées', programa que emitía Radio Argel antes de que De Gaulle le concediera la independencia a Argelia (1962).

A principios de los años cincuenta del siglo XX, la censura dejó al jazz en libertad. Y Louis Armstrong dio dos conciertos, el 22 y 23 de diciembre de 1955, en el cine-teatro Windsor de Barcelona.

Era tal la carencia de discos en los comercios, que uno de los fundadores del Hot Club de Barcelona, Pere Casadevall, viajaba a Biarritz o Andorra para importarlos de 'contrabando', en pequeñas cantidades que vendía sólo a los aficionados de su confianza.

Siempre que estaba en Barcelona me personaba en su domicilio de la calle Jonqueras para seleccionar algún LP de su último 'alijo'. Un día apareció la autoridad competente y le acusó del delito de contrabando. Le requisó todos los Dexter Gordon, Coleman Hawkins y demás jazzmen que guardaba y le impuso una multa de tanta cuantía que lo arruinó.

Durante años he comido con grandes músicos norteamericanos, sobre todo cuando fui nombrado programador del Centro Cultural Bancaja por su director general, Emili Tortosa Cosme, en 1990. La directora de la Obra Cultural, Julia Mansilla Puchalt, me dio completa libertad. Recuerdo con melancolía el viaje que hicimos a San Sebastián para contratar a grupos teatrales en su Feria de Teatro. Una fuerte tormenta en un puerto nos hermanó, por el miedo. El autobús era sacudido por Zeus. Nos hospedamos en el hotel Orly, el mismo desde donde el comisario José Amedo recibía las noticias de los mercenarios del GAL desplazados a Francia.

Pero antes (1973) comí paella de marisco en el restaurante Ateneo con el saxofonista tenor Johnny Griffin. Aliñó la paella con tabasco. Tocaba el pasodoble 'Valencia' exactamente Había hecho la mili, durante la Segunda Guerra Mundial, en Hawai, integrado en la banda de su regimiento. A los postres, un camarero clavó la bandera de EEUU en la cima de un helado de vainilla. Griffin la arrancó rápidamente. Era un negro 'concienciado'.

Otro experto en 'maridajes' heterodoxos fue Pony Poindexter (clarinete, saxos alto y soprano). Picoteábamos en un bar de Terrassa y pidió ensaladilla rusa, acompañada de un carajillo. Por su parte, el genial saxo tenor Dexter Gordon, cuanto tocó en el Teatro Principal de Valencia (1983) se hospedó en el hotel Oltra. Fuimos a recogerlo a las 13,30 horas. Al lado del hotel, en el bar Trocadero, desayunó una caña de cerveza y una copa de brandy. En otra ocasión, llevé al trío del extraordinario pianista Barry Harris al restaurante Pegolí (Dénia). Los tres eran negros y no le echaron nada raro a las gambas ni a las cigalas. El gourmet más refinado que he conocido fue el contrabajista danés Niels-Henning Orsted Pedersen, fallecido en 2005. Civera (calle Lérida): jamón de Sánchez Romero Carvajal y langosta cocida. Año 1993.