Entre cepas y castillos

 Hacia San Vicente. La carretera provincial LR-318 avanza serpenteando hacia San Vicente de la Sonsierra, cuyo castillo medieval domina el horizonte desde el cerro. :: justo rodríguez
Hacia San Vicente. La carretera provincial LR-318 avanza serpenteando hacia San Vicente de la Sonsierra, cuyo castillo medieval domina el horizonte desde el cerro. :: justo rodríguez / FOTOS:

La LR-319 y su hermana, la LR-318, se sumergen entre las viñas para enlazar dos de los municipios más monumentales de La Rioja

PÍO GARCÍA

L a carretera comarcal LR-319 arranca en Ábalos de manera sigilosa, modesta, como sin darse importancia. A treinta kilómetros de Logroño, el caserío de Ábalos (un pueblo noble, de piedra y silencio) queda a la izquierda, camuflado detrás de las bodegas que se asoman a la calzada. De pronto, una carreterita minúscula, con el asfalto maltrecho, se abre hacia la derecha. Una señal blanca advierte: «Baños de Ebro 9; Torremontalbo 13». Un poco más adelante, otra señal grita: «¡Atención: línea discontinua solo indica eje de la carretera!». Quiere ser un aviso amenazante, pero al cronista le parece un buen augurio.

Las comarcales LR-319 y LR-318, que comunican Ábalos con San Vicente de la Sonsierra, en algún momento ascendieron a carreteras, pero siguen conservando afanosamente su espíritu de caminos vecinales, de sendas polvorientas que se confunden con los caballones sobre los que se alinean, de manera casi militar, las cepas.

La Sonsierra es la única comarca riojana que se adentra en la margen izquierda del Ebro, como una cuña que se introduce en territorio alavés. En pocos sitios, sin embargo, se aprecia con tanta claridad que las fronteras son meras rayas trazadas sobre un mapa: por encima de las líneas administrativas cruzan los mismos agricultores con idénticos tractores, las viñas se suceden sin interrupción y en los bares se escuchan conversaciones semejantes sobre la vendimia, las heladas, la sequía o el granizo. Solo los castillos medievales que puntean el horizonte recuerdan que, hace unos mil años, en estas tierras hoy tan feraces y pacíficas se repartían mandobles de lo lindo.

La carretera LR-319 trepa por unas montañas que parecen de juguete, como si se hubiesen escapado de algún belén. Las viñas crecen -frondosas, señoriales- a ambos lados de la calzada. No forman grandes latifundios, sino pequeñas parcelas que van conquistando un terreno incómodo e inclinado, salpicado de eminencias y mínimos barrancos. En otoño, entre octubre y noviembre, las vides cambian caprichosamente de color y el monte se incendia en una confusión de amarillos, ocres y naranjas. Ahora, sin embargo, solo unos pocos trigales matizan el verdor unánime de los viñedos.

Al borde de algunas fincas, chozos de piedra vigilan la cosecha. El cronista deja el coche aparcado en un ribazo y entra en uno de ellos. Tiene forma cónica, con una portezuela adintelada. Está vacío. Dentro se siente un silencio de ultratumba, sobrecogedor y opresivo. Diríase que son templos megalíticos olvidados por una antigua civilización. La realidad, como de costumbre, resulta más prosaica: los chozos -o guardaviñas- fueron construidos por los agricultores del siglo XIX para vigilar las fincas, guardar los aperos y protegerse de ventiscas y tormentas.

A cinco kilómetros de Ábalos, hay un cruce de carreteras. La LR-318 sigue hacia San Vicente de la Sonsierra y la LR-319 baja hacia la población alavesa de Baños de Ebro. El cronista toma la dirección de San Vicente. Unas señales azules aconsejan no pasar de 40, quizá por prudencia o quizá por estética: estas son carreteras hechas para conducir despacio, a velocidad de tractor, a ser posible en un descapotable, con el codo apoyado en la ventanilla y mientras se silba alguna vieja canción. Por abajo, el río Ebro circunda con un meandro el castillo medieval de Davalillo. La calzada avanza hacia San Vicente haciendo eses sin motivo aparente, como si el ingeniero la hubiese diseñado tras haberse bebido un par de botellas de tinto en cualquier bodega local. En el horizonte, a los pies de una fortaleza insolente, con una extraña y algo esotérica torre poliédrica, las murallas de la villa se derraman por el cerro.

Al llegar a San Vicente, uno descubre las calles empinadas por las que, en Semana Santa, caminan descalzos los 'picaos', disciplinantes que purgan sus pecados flagelándose con madejas de algodón. Pero ahora no es época de penitencia y el cronista prefiere tomarse unos vinos y unos pinchos mientras se asoma al balcón del municipio y contempla la alfombra de viñas que se extiende mansamente hacia Briones, más allá del Ebro.

Localización: Desde Logroño, se coge la antigua N-232 que conduce hacia Laguardia. Al llegar a Ábalos se toma la LR-319, en dirección a Baños de Ebro y Torremontalbo. Cinco kilómetros más tarde, se gira a la derecha para ir, por la LR-318, hasta San Vicente.

Puntos de interés. Ábalos, San Vicente, el castillo de Davalillo y la iglesia románica de Peciña.

Dónde comer. El restaurante Toni, en San Vicente, es ya un clásico de la cocina riojana (tradicional y modernizada).

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