Un buen plan: La vía que no recorrió Barbarroja

Entre Oropesa y Benicàssim se traza una ruta que permite encontrarse con espectaculares calas y antiguas torres de vigía

MIKEL LABASTIDA

Fue vía de tren, trazado por el que circulaban vagones de Valencia a Tarragona, enlace de viajeros que contemplaban el paisaje desde las ventanillas quién sabe si mientras pensaban en otros asuntos, los que fuera que les hubiesen motivado al periplo. Ahora son viajeros bien distintos los que miran, los que observan, los que disfrutan. La vía es verde, ya sin raíles, sin ferrocarriles, sin humos. Une Oropesa con Benicàssim y discurre entre antiguas torres y playas. Mide casi seis kilómetros y la ocupan cada día viandantes y ciclistas, que conviven -con alguna que otra discusión sobre el lugar que debe usar cada cual- y se deleitan con unas vistas espectaculares y una tranquilidad que solo puede ofrecer la costa.

Antes de que un macrocomplejo turístico le otorgase una fama extra, Oropesa del Mar era ya un destino atractivo, como pueblo de apenas 10.000 habitantes, con sierras y olas entre sus principales reclamos. En el casco antiguo resulta fácil perderse. Por sus calles se encuentran anticuarios que pueden guardar sorpresas para quien sepa descubrirlas. De esta localidad parte la ruta. Acérquese hasta la calle Tramontana. Y de ahí échese andar. Tiene dos horas por delante, quizá más si se dedica a deleitarse con el terreno o a distraerse con sus pensamientos. Sea como sea fíjese en el monte Bovalar, plagado de pinos, que es al que le ha tocado posar para las postales que salen de esta vía verde en Castellón. Suba al mirador, será un reto que si lo supera le otorgará una buena panorámica como recompensa. No pare, queda camino. No quedan trenes. Usted mismo actuará como locomotora. Ese es el plan.

La primera sorpresa la depara la cala de Orpesa la Vella, una especie de prolongación al sur de la playa de la Concha. Pero menos concurrida, como apartada, algo salvaje. Y una arena dorada que invita a detenerse sobre ella. Es la primera tentación de la vía. Habrá más, como la rocosa playa de la Renegà, que fascina por su accidentada estructura, o les Platgetes, más urbanizada y protegida por espigones. Todas incitan, si hace buen tiempo, a realizar una parada, a desistir de la caminata, a entregarse al agua. Que nada se lo impida, siempre habrá tiempo de retomar el recorrido.

Una vez vuelva le estarán esperando otros monumentos que merece la pena revisar. Las torres de la Corda y de la Colomera tuvieron en su día un importante valor estratégico. Se construyeron para auxiliar a otras torres más importantes, del Rey, en las labores de vigilancia. Y para protegerse de la arribada de piratas, entre ellos el temido Barbarroja. Rodeada de coscoja y palmito, la primera data del siglo XVI, tiene planta circular y se accede a ella por una puerta a unos seis metros. Se la conoce también como Torre del Barranco, no vaya a despistarle eso. Permite visitas para los que no padecen vértigo. Desde su altura se avistan las Columbretes. La segunda se levantó más tarde con silueta parecida. Se cruzará más adelante con varios túneles, algunos bastante largos, de hasta 600 metros, en los que de pronto desaparecerán los cielos, los rastros verdes, y los azules. La orografía del paraje obligó a trazarlos.

Cuando salga, ya en Benicàssim, se encontrará con El Palasiet, hotel con encanto, reservado a turistas que buscan calma y desconexión y que permite disfrutar de las termas marinas que alberga. Recuerda al retiro de 'Cocoon', la película. Desde allí se divisa la playa y otra institución, el Voramar, que llegó a ser el centro de veraneo de la burguesía valenciana. No ha perdido el encanto. Es el fin de una ruta a la que se puede escapar no sólo en invierno, cualquier estación se presta a una buena caminata en grata compañía.

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