¡Adoro los souvenirs!

¡Adoro los souvenirs!

Un difícil examen de mandarín y un riquísimo banquete de despedida ocupan el final de mi estancia en China. ¡Espero volver a lo grande!

EUGENIA GARAY

Para rematar el viaje nos hemos puesto todos malos del estómago; al parecer, nuestros cuerpos ya nos piden una buena tortilla de patata. Sin embargo, esto no nos ha impedido disfrutar de un gran banquete. Después de recibir los diplomas por haber estudiado un mes en la universidad, el director nos ha invitado a los profesores y alumnos a comer. Por una vez, hemos ido a un restaurante digno de su nombre. Ni 'miantiao', o sea, tallarines, ni 'mifang', es decir, arroz, sólo comida china de la buena, de esa que únicamente la gente de posibles puede disfrutar en este país. Una mesa circular rebosante de platos, viandas que jamás he visto ni veré en otro lugar. Entrantes típicos de Shanghái, carnes con salsas de todo tipo, pescados... ¡Un manjar! Por si fuera poco, esta noche iremos a cenar con dos estudiantes extranjeras que, al igual que nosotros, se alojan en Sanda Daxue. No sé si seré capaz de comer ni un solo grano de arroz. Tendré que hacerlo, el director me ha dicho que si hoy comemos bien, mañana haremos bien el examen. Eso espero.

La prueba consta de tres partes. La primera es la auditiva; luego viene descifrar un montón de caracteres en el apartado de lectura; y, por último, la de gramática y escritura. El examen oral va aparte, está reservado para aquellos valientes que se atreven a sentarse frente a un ordenador y hablar y hablar con voz temblorosa acerca de lo que se les pregunta. Recuerdo cuando fui a Madrid a examinarme del oral. Supuestamente tenía cinco minutos para prepararlo. Una pena que no hubiese entendido las instrucciones y me pasara todo ese tiempo hablando sin parar, para luego darme cuenta de que, cuando creí haber terminado, realmente tenía que empezar. A pesar de todo, aprobé. Estoy segura de que a los responsables de corregir les di tanta pena que decidieron concederme el título. Algo así como un acto de caridad por mis esfuerzos en vano. Esta vez no hay oral, pero mañana a esta misma hora estaré taquicárdica eligiendo entre A, B, C o D o estrujándome la mente para pensar sobre qué demonios escribiré los textos...

¿Que qué tal el examen? ¿Por dónde empezar? Tras tirarme horas y horas en el sofá de la recepción tomándome un café tras otro hasta que empezara la prueba, por fin llegó la hora de la verdad. Hubo momentos en los que me dieron ganas de imitar al chico de mi lado y abandonar, es un examen difícil y el tiempo es escaso, los nervios vienen incluidos en la matrícula. Sin embargo, la enorme cantidad de cafeína en sangre me motivó a seguir; eso y el recordar todas las horas pasadas entre cuatro paredes haciendo ejercicios tipo cuando podría estar en la playa cogiendo moreno. Así que sí, amigos, no sé si bien o no tan bien, pero terminé. Esa misma noche fuimos a celebrarlo al Pizza Hut, restaurante del cual nos habíamos escabullido unos días antes al fijarnos en los precios tras ser atendidos. Pero, bueno, ahora toca tirar la casa por la ventana; se terminó el llevar los libros de la habitación a la clase y vuelta para arriba, se acabó el leer textos, el escribir más textos, buscar en el diccionario infinitas palabras... ¡Se acabó!

Nos hemos puesto malos del estómago: el cuerpo nos pide tortilla de patata

Haciendo el ridículo

Cambiando de tema, voy a aprovechar que éste es mi último artículo para daros un consejito: antes de hacer una apuesta, aseguraos bien de que no vais a hacer el ridículo. ¿Qué a qué viene esto? Veréis, el otro día, mientras visitábamos un templo, vimos varias personas rezando a Buda. Se hallaban arrodilladas en una especie de alfombrillas con los ojos cerrados y el alma puesta en ello. ¿Habéis oído eso de 'donde fueres, haz lo que vieres'? Pues bien, eso hice. Les dije a mis compañeros: «Diez yuanes si me uno a ellos». Aceptaron. Así que me pongo enfrente de uno de esos templos, el único vacío (más sitio para mí), me arrodillo y empiezo a rezar. Levanto la vista y veo la mirada de muchos de los visitantes puesta en mí, seguro que no están acostumbrados a ver extranjeros orando en este lugar. O no, a lo mejor me miran porque el 'templo' ante el que me había postrado no es más que una tienda de souvenirs, y las figuritas de Buda simples estatuillas baratas de plástico a las que estaba dedicando mis oraciones. ¡Qué vergüenza! Pero me levanto como si nada y, de inmediato, exigo mis diez yuanes. ¡Debería de haber pedido veinte! Ya puedo decir sin mentir que adoro los souvenirs.

Nuestro grupo tiende a atraer la mala suerte y hoy, último día, no podía ser menos. A las siete ha venido una furgoneta para llevarnos al aeropuerto. No cabíamos en ella ni la mitad, sin contar con las maletas, así que ha tocado esperar a un taxi para poder llegar todos a coger el avión. Después de trece horas de vuelo aterrizamos en Madrid. ¿Cómo que hemos perdido la conexión a Bilbao? Pues nada, otra noche fuera de casa. A decir verdad, no me ha importado tanto. Especialmente al ver la cena que nos esperaba en el hotel al que nos ha mandado la compañía. No os hacéis idea de lo mucho que echaba de menos la ensalada y los macarrones. Más que comerlos, los he engullido. Luego hemos caído como leños y a las cinco de la madrugada arriba otra vez, camino al aeropuerto. ¿Qué os apostáis a que han perdido nuestras maletas? Pues no, algo nos ha salido como queríamos, para variar. Cruzo los dedos para que no me digan nada por el arsenal de tabaco chino que llevo en la maleta al pasar por el escáner y... ¡Ya estamos aquí! Voy a echar de menos mi querida China, espero que la próxima vez que la visite no lo haga de mochilera, como la primera vez, o estudiante, como ha sido ésta. Espero viajar como un maharajá, dicen que a la tercera va la vencida, ¿no?

Estudiante. Bilbao. 18 años. Ha viajado por segunda vez al gigante asiático para mejorar su chino.

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