Las Provincias

Eduardo Frechina, originalidad

De los escritos medievales del cocinero francés Taillavent, se extrae la conclusión de que la cocina en aquel tiempo trataba de enmascarar sabores y disimular texturas, muy probablemente por la deficiente conservación de los alimentos. Esto es precisamente, y pongo a Eduardo Frechina, como adalid, lo contrario de lo que sucede en su cocina. Está claro que después de haber cumplido una veintena de años en Castillo, es de suponer que estilos y maneras han pasado por las cartas ofrecidas a sus comensales, pero lo que sí que es una verdad suprema es que lleva ya hace algún tiempo basando mucho de sus platos más representativos en lo que es la cocina al vacio como método para que no se pierda un ápice de sus cualidades originales. Criado entre pasteles y confites, los de su afamada pastelería familiar, hizo su peregrinaje a Francia, volvió y atendió la cocina del Maipi, bandera de las cosas bien hechas en la Valencia de los noventa y de la mano de Jesús Valencia. Luego, se inauguró Castillo. Los años iban consolidando la labor de Frechina hasta convertirse en un referente en la comarca de l'Horta Nord, porque no había nadie que ofreciera en un todo calidad en el producto y modernidad. Sí, así como suena. Hoy por hoy, su filosofía culinaria progresa y aborda las técnicas que sublimen su cocina del a fuego lento, la conocida como a baja temperatura y que se complementa con las técnicas de vacío, en la que los alimentos se transforman lentamente al tiempo que conservan todos sus jugos y propiedades sápidas y organolépticas y otras que se le aportan. Son famosas sus jornadas de setas.