Las Provincias

Miguel Henández y la Plaza de Toros. Un elemento imprescindible del Patrimonio

La Plaza de Toros de Orihuela está de actualidad. El día 24 del pasado septiembre se publicaron dos artículos alusivos al tema en 'La Verdad'. Uno, de Pilar Maciá, «La Plaza de Toros se conservará como lugar de espectáculos, con zonas verdes alrededor»; el otro, «Reservas entre algunos taurinos y rechazo del otros». En el primero se expone el plan presentado por el Ayuntamiento, se insiste en la coincidencia general de evitar «el derrumbe de un edificio con más de cien años de historia» y se muestra una imagen de cómo quedaría la manzana completa en que se ubica el coso taurino tras la actuación que se propone. El segundo destaca la opinión de José Ruiz Cases 'Sesca', autor, entre otros libros, de 'Los toros y Orihuela (1383-2015)', que dice que el proyecto es bueno, pero mejorable, y que «lo que queremos es una plaza de toros». Otros periódicos también se hacen eco de la presentación del proyecto. 'El Mundo' a través del artículo «Orihuela recupera su plaza de toros 30 años después de su abandono», ilustrado con una fotografía en picado que recuerda los versos del poema 'A las ruinas de Itálica', de Rodrigo Caro, insiste, entre otras cosas, en la protección del patrimonio cultural de Orihuela. El diario 'Información' publica «La Plaza de Toros será un espacio multiusos».

Miguel Hernández es un poeta en cuya obra el tema del toro es importantísimo. Y no es ocasión de disertar sobre el tema, por otra parte muy estudiado. El propósito de este artículo es mucho más modesto. Se trata de mostrar la imagen que de la plaza oriolana dibuja el escritor en uno de sus poemas. Un poema escrito hacia los 23 años, tras su primera vuelta de Madrid, sin título, que empieza con el verso: «Un espacio de ejes y de vacas», que los autores responsables de la edición crítica de su 'Obra completa' incluyen en 'Papeles sueltos, II'. Una imagen resumida en cuatro versos que dicen: «Dando a la arena vueltas, una plaza,/ como a la playa el mar, espera el día/ fatal para el cornado, concurrida/ de gradas».

Pues sí, una plaza en una estrofa de cuatro versos, la plaza de toros que sale también en las octavas de 'Perito en lunas' que empiezan «¡A la gloria, a la gloria, toreadores!», y «Por el mejor lugar de tu persona». Y también en el delgado poema 'Toro&rdquo, que reincide en los planteamientos de los dos anteriores. Los cuatros versos son muy fáciles de entender: Una plaza redonda que envuelve a la arena, como hace el mar con la playa, aguarda el día en que morirá el toro, cuando los tendidos estén poblados. Pero la plaza de toros de Orihuela no aparece aislada en la visión hernandiana, sino dentro de un paisaje concreto de la Orihuela de los años treinta. Un paisaje con muchas vistas, que tanto conocía el poeta, cercano a la ciudad, en plena Huerta, que Hernández va agrupando en estrofas de cuatro versos.

El poema está compuesto por nueve estrofas que encierran nueve miradas sobre la huerta y la ciudad, a veces encriptadas en adivinanzas que tanto le gustaban en esa etapa de su producción literaria. Sus ojos contemplan: una vereda por la que transitan unas carretas tiradas por vacas; el río; la plaza de toros; la cava de un huerto con azadas por los huertanos: los huertos al compás de canto de los gallos; dos montes cercanos, una bandada de palomos que se posan en las copas de las palmeras del Palmeral; suenan las campanadas de las torres de las iglesias tocando las once de la mañana; y «la angélica hora», la del Ángelus, mientras cae un higo maduro. Insistamos en alguna de esas estrofas:

La segunda: «El río, regidor de claridades,/ pica luz, calza sones, cañas juega,/ si frena en los previstos, que inespera/ virajes». Solución: pues eso. La cuarta: «Aquel trabajo agrario sólo es visto/ cuando la azada alumbra su estornudo:/ con orín celestial , vacíos de lujo,/ el lilio». Solución: Esa. La séptima: «Entre palmas depuesto el aleteo,/ comisiones de pluma, que requieren/ palmas desde los balcones siempre verdes,/ se espulgan». Fácil. La octava: «El ocio agitando las torres,/ oso que baila si el cordel le ayuda,/ aguarda formular diez veces y una/ las once». Ésta ya tiene su dificultad. Y mucho más difícil es la solución de la última estrofa: «Y angélica la hora, el flujo ataja/ del negro acelerado de un medoro/ cuyo turbante gris, en los remotos/ lo salva». Nueve preciosas postales que tratan de definir elementos visuales y sonoros de un paisaje entre rústico de la vega y periurbano.

Siempre que he leído este poema eminentemente rural, me ha venido a la memoria un cuadro, mejor dicho, dos, de Millet, uno de los pintores más destacados del realismo francés del siglo XIX: 'Las espigadoras' y 'El Ángelus'. Hay por entre los versos de este poema que estamos analizando, todavía de aprendizaje, un aire de trabajo, de calma, un «olor de herramientas y de manos» que dirá el propio Miguel Hernández en alguno de los sonetos que pueblan 'El rayo que no cesa'. De los cuadros y del soneto emana un sentimiento realista de la dignidad del trabajo parejo del que surge alrededor de la plaza descrita por el de Orihuela.

Tratando de aportar algo a la actualidad, desde el punto de vista de la literatura, hay que decir que la Plaza de Toros es un elemento importante del patrimonio histórico cultural de Orihuela. Hace 83 años ese elemento quedó inserto dentro de otro elemento importantísimo del patrimonio de Orihuela: la obra de Miguel Hernández, escritor que tantas veces miró su ciudad y su huerta. En aquel tiempo la plaza hacía de conexión entre lo rural y lo urbano. Hoy día, el coso ha sido abrazado por el tejido urbano. Pero aún le queda un elemento natural cercano: el río, que todavía 'pica luz', a veces, aunque ya no juegue con las cañas de sus orillas.