Las Provincias

27 AL SUR

Política y prestigio

La credibilidad de la clase política atraviesa sus horas más bajas en la historia de nuestra ya no tan joven Democracia. Mentiras, corrupción y falta de capacidad de acuerdo han destruido la ejemplaridad que se le suponía a tan noble oficio. Tampoco ha contribuido positivamente la falta de comparecencia y explicación, que muchos líderes han llevado al extremo de negar la evidencia o, peor aún, eludirla y buscar razón dónde solo había chapuza o algo peor. Los tiempos judiciales no ayudan y eternizan procesos que día tras día ocupan portadas y titulares en todos los medios de comunicación, y podría decirse que ya es una sección fija en los telediarios. La propia encuesta del CIS refleja que el tema preocupa a los españoles por encima de asuntos más cotidianos. Y claro, el colofón a toda esta falta de confianza en nuestros representantes es que, después de dos elecciones generales, seguimos sin Gobierno.

Generalizar acarrea injusticia, más cuando la mayoría de concejales, diputados y demás cargos son personas humildes, trabajadoras y con vocación de servicio. Personas que afiliadas o no a un partido trabajan, muchas veces sin sueldo, por el bien y los intereses de su comunidad. Pero cuando la manzana podrida aparece se tarda en reaccionar, se tiene miedo a tomar decisiones y, a partir de aquí, ya tenemos servido el escándalo y la confusión. Mejor no citamos casos, son demasiados y están en casi todas las formaciones políticas que, a mi modesto entender, siguen sin regenerarse y sin solucionar los problemas de fondo que desembocan en que política y prestigio ya no sean palabras sinónimas.

Esa cercanía sensible de líderes locales, regionales o nacionales al pueblo que los elegía allá por los años 80 se convirtió en distancia y frialdad en las décadas siguientes. Era más importante el aparato del partido que los votantes, la demagogia y la incredulidad en las promesas electorales tuvieron como consecuencia la perdida de la confianza de los electores. Los partidos necesitaban más dinero para alimentar sus campañas, sedes y sueldos. Aparecen los intereses cruzados entre empresas y administraciones públicas, primero aportaciones, luego comisiones, después Suiza y bolsillos llenos de mediadores y chusma que vio, en la irregularidad, la oportunidad de financiar a los amigos que si tenían sillón les acabarían adjudicando vaya usted a saber qué obra o servicio. Todo les funcionó bien durante años, pero policía, justicia y medios de comunicación acabaron destapando, y lo que queda, verdaderas golferías que, aunque ya no sorprenden tanto, nos llenaron de rabia y desconfianza hacia los que tanta honestidad y buen hacer nos habían predicado en mítines y entrevistas.

Es cierto que esto no solo pasa en España, el mundo y la historia están llenos de asuntos turbios relacionados con el poder, solo que siento admiración por las reacciones que se dan en países tan civilizados como el nuestro. Trasparencia en la financiación de partidos, y una Ley Electoral con mayor apertura en las listas, podrían ayudar a que los advenedizos del sistema tuviesen difícil tejer las artimañas financieras o recaudatorias, que nos han llevado a tener dudas razonables sobre los que ejercen en algo tan necesario como es la política.