Las Provincias

Mariano Lagasca: un botánico en Orihuela durante la Guerra de la Independencia

Mariano Lagasca y Segura publicó en 1811 en Orihuela, en la Imprenta de la Muy Ilustre Junta, 'Amenidades naturales de las Españas o bien Disertaciones varias sobre las producciones naturales espontáneas, o connaturalizadas en los Dominios Españoles', tomo I. El autor se presenta como Profesor de Botánica del Real Jardín Botánico de Madrid, Encargado por SM de viajar por la Península para escribir la Flora Española, y Médico de número de los Reales Ejércitos de SMC con destino en el tercer Ejército. Dedica la obra al mecenas que corre con los gastos de la edición, el Marqués de Rafal.

En la dedicatoria llena de «gratitud y respeto» al Marqués, Lagasca recuerda al «infatigable Cavanilles, héroe de la Botánica», su maestro, que había muerto en sus brazos, prematuramente, en 1804, dejando enmudecida la Historia Natural de España. El propósito del médico es seguir la estela que había marcado el ilustrado valenciano con la publicación de algunos estudios sobre esta materia. El I tomo de 'Amenidades' se compone de un 'Discurso preliminar', en que critica la poca atención que el gobierno dedica a las ciencias naturales; una 'Disertación sobre el Cencro espigado, o Panizo negro', en la que describe la planta, los cuidados que deben dársele para su correcto cultivo, los usos a que se destina, la bondad alimenticia del grano y del forraje, insistiendo en que el cultivo de este cereal puede ser un remedio notable para luchar contra la hambruna del momento a causa de la guerra contra los franceses. Sigue la obra con una 'Lista de plantas de la China, del Japón, Amboyna, Malabar y Filipinas connaturalizadas en España o cultivada al raso en los jardines'. El último apartado es una 'Disertación sobre un orden nuevo de plantas del orden de las compuestas', que, al decir de algunos botánicos, es un hito célebre en la Historia de la Ciencia.

En su 'Memoria sobre las plantas barrilleras de España', 1817, nos da algunas pistas sobre sus estancia en el Sureste durante la guerra de Independencia. Hallándose aquí, en el país de las barrillas, determinó «estudiar con todo esmero unas plantas que habían dado más millones a la nación que las minas del Potosí y del Guanajuato». En 1810 visita, herborizando, papel y lapicero en mano, la hoya que va de Lorca a Guardamar, «y los llanos que se extienden desde la huerta incomparable de Orihuela hasta la de Alicante y hasta los baños de Aigües». Investigando sobre la 'barrillera fina' anota: «Sujetos muy dignos de todo crédito me aseguraron que en varios pueblos del partido de Orihuela se sembraba la adormidera mezclada con la barrilla, y que ambas plantas crecían sin perjudicarse». Al botánico le parece bien ese cultivo «porque la adormidera (que en Valencia llaman cascall) madura allí su semilla por mayo, es decir, cuando aún está muy pequeña la barrilla».

Y sigue el médico Lagasca: «Ignórase allí sin duda toda la utilidad de esta alternativa, porque desconocen los usos de la adormidera, puesto que sólo la destinan para coger las cabezas secas, que venden a los boticarios, sin extraer antes el opio que contiene en bastante cantidad, y sin aprovechar la semilla para sacar su aceite». Y añade: «En 1810 extraje, en el jardín del Marqués de Rafal, unas tres onzas de opio en lágrima, que en nada cede al mejor de Oriente, según se deduce de las aplicaciones que de él se han hecho en diferentes enfermedades por profesores instruidos».

Las plantas barrilleras se explotaron desde tiempos inmemoriales hasta la revolución industrial, momento en que la sosa se empezó a obtener mediante un proceso de síntesis. Dichas plantas, principalmente de los géneros Suaeda, Salsola, Atriplex, Arcthrocnemum, Saliscornia, etc., eran incineradas para recoger la ceniza, la barrilla, muy rica en sales de sodio y potasio, que se procesaba con hidróxido cálcico para hacer piedra de sosa para la industria del vidrio, en la que se empleaba como fundente junto con la arena de sílice y piedra de cal; o para la industria del jabón, mezclada con grasas para producir la desesterificación de los ácidos grasos. La toponimia nos revela rasgos de esa actividad preindustrial en nuestro entorno cercano: entre Santa Pola y Elche sigue existiendo la «vereda de les Cendres».

Mariano Lasgasca y Segura nació en Encinacorba, Zaragoza, 1776, y murió en Barcelona, 1839. En Valencia estudió medicina y botánica. Recorrió, herborizando, gran parte de Valencia, Murcia y las provincias vecinas. Conoció a Humboldt en esta época. De Valencia pasa a Madrid, hacia 1800, donde se presenta a Cavanilles, que será su protector. José Bonaparte, 1808, le ofrece la dirección del Jardín Botánico, que rechaza, incorporándose como médico al ejército que lucha contra la invasión francesa. Tras la guerra es nombrado Director Jardín Botánico. Entre 1815 y 1823 aumenta su prestigio nacional e internacional. Durante el Trienio Liberal es diputado, incursión en la política que le lanza al exilio cuando Fernando VII es repuesto como rey absoluto tras la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis. Tras once años de exilio transcurridos en gran parte en Londres, vuelve en 1834 a Madrid, donde es repuesto en su cargo del Botánico.

El IX Marqués de Rafal, Vicente María de la O Melo de Portugal y Heredia (1774-1831), a la muerte de su madre, Antonia María de Heredia y Rocamora, 1808, hereda el título de Marqués e instaura a los Melo de Portugal en los territorios de la casa de Rafal. Carlos IV lo había nombrado gentilhombre de cámara. Durante la guerra de Independencia sirve en el ejército del Rey, destacando en los enfrentamientos contra los franceses en Murviedro y Pusol en 1811.

Mariano Lagasca, estuvo, como médico militar en Orihuela, y herborizando, como lo había estado su querido maestro Cavanilles, que clasificó y definió aquí, en los alrededores de nuestra ciudad, la planta que en latín se llama «Physalis somnífera. Suberosa; en francés, Coqueret somnifère. Subereuse; en castellano, Vexiguilla adormidera acorchada; y en valenciano, Bufera qu'adorm. Paternostrera». El Marqués de Rafal, patriota frente a los franceses como Lagasca, le manifestó su aprecio durante su estancia oriolana y le distinguió con su mecenazgo. Florencio Luis Parreño, en su novelón histórico sobre Jaime el de la Sierra, caracterizó a don Vicente María de la O como uno de los protectores máximos de El Barbudo. Por cierto, ¿conoció Lagasca al bandolero durante alguna herborización por la sierra de Crevillente?