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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Ocio

RUTA DE LAS KASBAS

18.06.10 - 01:02 -

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Pongamos que es el atardecer. La carretera se alarga hasta donde alcanza la vista, como dibujada con un tiralíneas. Al fondo se aprecia lo que parece un oasis con palmeras. «Lo que embellece el desierto es que esconde un pozo en cualquier parte». Las palabras de 'El Principito' suenan como un espejismo. El Gran Atlas, con sus cumbres nevadas, cierra el horizonte, como una enorme muralla. Al otro lado, una nada de roca y polvo. Silencio. Cierren los ojos y conserven esta imagen para cuando vuelvan a la oficina.
Marruecos esconde muchos tesoros. Pero, el más hermoso de todos, quizá, no se viste de bronces ni de ricos azulejos. A los pies del Atlas y bordeando el desierto del Sáhara, el conocido como 'valle de las mil kasbas' transcurre a lo largo de 300 kilómetros y alberga algunos de los paisajes más evocadores del país. Oasis y desierto, la mejor medicina para espíritus maltrechos.
Uarzazat es el mejor punto de partida. La ciudad se ha convertido en la meca del cine del desierto gracias a los estudios cinematográficos que han dado vida a películas como 'Gladiator' o 'La última tentación de Cristo'. En los Estudios Atlas, abiertos al público, se puede viajar al Tibet de 'Kundun' o al Egipto de 'La Momia'.
A unos treinta kilómetros de Uarzazat se encuentra la soberbia kasba de Aït Benhaddu, edificada hace 1.300 años y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987. Desde la distancia parece un gigantesco castillo de arena. Los ojos no engañan: Aït Benhaddu es realmente eso, una enorme ciudad de adobe rojizo, hecha de barro y paja y protegida por una muralla. Para llegar hay que cruzar un pequeño río saltando de piedra en piedra. Nada mejor que quitarse los zapatos y atravesar arremangados las poco profundas aguas. Un placer gozoso.
Desde Uarzazat, en dirección este, nos adentramos en el valle del Dadés, que transcurre entre el Gran Atlas y las montañas del Jebel Sahro. El valle está salpicado de oasis que esconden pequeñas kasbas, pero tan espectaculares son los vergeles como la hamada que los separa.
A diferencia de lo que se pueda pensar, la mayor parte del desierto marroquí es una hamada, un desierto pedregoso, un paisaje que poco se diferencia de las imágenes que envió la sonda Phoenix de Marte. En medio de esta nada, uno puede disfrutar del mayor lujo: contemplar un lugar bello estando solo. Alguna camioneta que se dirija a la próxima población romperá el hechizo. Es el momento de continuar.
El primero de los oasis es el de Skura, donde se pueden alquilar bicicletas en alguno de los pequeños hoteles y recorrer el palmeral disfrutando de la sombra de las datileras o visitando la kasba de Amerdihl, donde el tiempo se detuvo en algún momento lejano.
La carretera nos lleva, cincuenta kilómetros más adelante, hacia la capital de las rosas, Kelaa M'Guna, que en primavera es un regalo para los ojos. La localidad ha creado una industria floreciente en torno a los productos derivados de la rosa, cultivada con mimo en el valle del mismo nombre. Decenas de comercios ofrecen jabones, aguas, aceites y todo tipo de esencias de esta flor, desde algunos de un sospechoso tono fluorescente hasta los más caros y puros procedentes de la agricultura biológica.
Garganta del Gadés
A veinticinco kilómetros, siempre hacia el este, nos desviamos del camino para tomar la carretera que lleva hacia la impresionante garganta del río Dadés. La ruta serpentea y asciende hasta alcanzar el punto más estrecho de la garganta, que observaremos desde arriba. La sensación será la misma: nos parecerá increíble haber conseguido ascender con nuestro vehículo por semejante sierpe.
El sur del Atlas esconde otra espectacular garganta, la del río Todra. Desde la localidad de Tinerhir se avanza remontando el curso del agua hasta el punto donde al cañón poco le falta para convertirse en túnel y desde Gulmina emprendemos hacia el sur el camino que nos llevará hasta las dunas de Ergg Chebi. A unos pocos kilómetros de Erfud, se encuentra la pequeña población de Rissani, en pleno oasis de Tafilalt, famoso por sus dátiles. Rissani alberga el mausoleo del fundador de la dinastía Alauí, a la que pertenece el monarca actual, Mohamed VI, y un curioso circuito en el que se puede visitar el Kaser Ulad Abdelhalim pagando una pequeña propina. El Kaser, un palacio medio en ruinas, es un homenaje a la nostalgia.
Nuestro camino finaliza en Merzuga, que se compone apenas de un puñado de hoteles a los pies de las dunas del Ergg Chebi. Después de una inolvidable excursión en camello, si nuestros guías nos lo permiten -son aficionados a los instrumentos de percusión y a la fiesta-, dormiremos en nuestra jaima hasta momentos antes del amanecer. Es difícil explicar con palabras el espectáculo del alba en las dunas. Tampoco hará falta hacer fotos. Nuestra piel recordará siempre la sensación de ese primer rayo de sol en el rostro.
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