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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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El clima templado y un cielo sin nubes abren las puertas de Málaga, desde la catedral al Museo Picasso
18.06.10 - 01:09 -

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El hombre del tiempo, el primero, cuando sólo había uno, Mariano Medina que cada tarde se asomaba a nuestros salones, se compró una casa entre Málaga y Marbella. Pues eso, el clima. El clima templado, la playa sin nubes y el calor sin excesos. Suponemos que trazaría unas cuantas curvas, una ecuación fácil que daría como resultado éste. La costa. La playa. La ciudad.
Es el momento de las ciudades. El tiempo por delante. Hasta ahora nos bastaba con el privilegio de contar hacia atrás. Que una ciudad haya estado permanentemente habitada durante varios milenios no es poca cosa. Uno levanta un adoquín del centro y aparece una cámara mortuoria de cuando los musulmanes, un asiento del teatro romano, una vasija que podría ser fenicia (como fenicios son los ojos pintados en la armadura de las jábegas, esas barcas tradicionales que aún fabrican en alguna playa de Pedregalejo). Pero dejemos los adoquines en paz y miremos al futuro. 2016 es una fecha redonda, pero no debe ser una meta sino otro trampolín. La meta es una ciudad habitable y agradable para quien la visita, un puerto donde amarrar nuestras barcas (con sus ojos a proa). Y en eso estamos.
Un gigante ha tomado entre sus manos una inmensa palangana y, llena de agua, la ha vaciado sobre Málaga. No es una ciudad nueva, pero va siéndolo. Este lavado de cara. Quienes estuvieron hace tiempo, no la reconocen y. a quienes vivimos aquí, no nos parece suficiente. Porque nunca es suficiente para una ciudad viva, pero ya decimos, estamos en ello. El tiempo por delante. La ciudad presente, nueva, asequible, agradable. Los adoquines nos llevan a lugares ante los que siempre nos apetece detenernos. Lugares vivos. La ciudad habitada.
La fuente esquinada
Pero dejemos la teoría y vayamos al centro, nuestro campamento base, tenemos un buen puñado de nuevos hoteles. Dejemos las maletas en la habitación y pongámonos ropa ligera.
La plaza de la Constitución era la plaza del mercado en la Málaga musulmana, cuando los almuédanos despertaban al vecindario con su aláakbar y los vecinos «vale, vale, Dios es grande, pero déjame dormir». Hoy unas altas palmeras, unos naranjos y una fuente esquinada configuran la plaza. La fuente esquinada porque la plaza no es para la fuente sino para ser aprovechada y llenada y usada.
Por cierto, la fuente, recuperada hace pocos años, cuando la excelente restauración de la plaza (es el momento de las ciudades), también tiene su historia, otro adoquín que levantamos: la fuente es un regalo de Carlos V (el emperador del sacro imperio romano germánico y rey de España, que sostuvo seis guerras contra Francia pero que encontró un hueco para regalarnos una fuente).
Pues bien, la fuente no podía ser de piedra pómez sino del mismo mármol de Carrara de los cuernos -y las tablas- del Moisés de Miguel Ángel, y fue mandada traer desde Génova (de ahí su nombre, no nos comimos el coco: fuente de Génova) pero ay, amigo, que Barbarroja vio venir el barco con la fuente y el pirata malo lo abordó. Menos mal que una batalla más o menos no cambiaba mucho las cosas y Carlos V mandó una flota que la recuperó y ahí está: elegante y esquinada y con su historia.
En el suelo, en el lado opuesto a la fuente, una escultura horizontal: las planchas de las primeras páginas de los periódicos que informaron de la Constitución. De allí surgen todos los caminos. Tomemos calle Santa María; al final, la catedral. La inmensidad barroca de la catedral terminadamente inconclusa, con su torre de menos y los años de retraso para su inicio pues se tardó en expropiar la casa de una señora. La señora tenía cabras y decía que catedral de qué, que ella no vendía su patio (hablamos de la primera mitad del XVI... la malagueña cuando se queja, se queja de verdad). Le costó, pero al final cedió. Y el dinero de la torre que no está, cuenta la leyenda, fue a parar a la Guerra de Independencia norteamericana, pero esa es otra historia.
Por la calle San Agustín vamos directos del Sagrario de la Catedral al Museo Picasso, adoquines del pasado al futuro. En medio una tetería para tomarnos un batido de frutos secos antes de pararnos ante la magia de Picasso, intentando averiguar hacia dónde mira la señora del cuadro. La placita de atrás, con la higuera, es una maravilla. Dos pasos y el despliegue de un decorado que no parece cierto: el teatro romano y la alcazaba. Y terracitas para la primera tapa (ya que estamos ahí seamos exigentes y disfrutones y pidamos esa primera tapa en Uvedoble -calle Cister-, la segunda en Gárum, acertadísimo nombre frente a la entrada del teatro romano).
Otro museo, el CAC (Centro de Arte Contemporáneo), para la tarde, junto al río de nombre árabe, el río de la ciudad, Oued Al medina, río Guadalmedina. El edificio del museo como un barco encallado, una ballena suicida, enormememte estirada junto al río. Pero eso luego, ahora a la playa, comprobemos si tenía razón el hombre del tiempo, el primero, que en su nombre lleva la ciudad, como el río: Medina.
Si leen esto dentro de dos años, cojan el metro hasta Pedregalejo. Si lo leen ahora, cojan el autobús o un taxi entre cuatro. En el paseo marítimo nos costará elegir alguno de los chiringuitos, pero en el que sea pediremos ensalada de pimientos asados y espetos de sardinas, también boquerones al limón y salmonetes (cuando nuestro hijo meta los zapatos en el agua de la orilla tan próxima le diremos «sal, monete»).
Pasearemos hasta El Balneario, donde nos tomaremos un té moruno en esta sucursal de La Habana -o de las ruinas romanas de Tipasa- en Málaga. Al fondo, más acá de la línea que dibuja la serranía, la línea del cielo que recortan la farola y la catedral. Si no hace mucho calor volvamos caminando al centro. Una ducha y a la calle Larios. Podemos cenar en alguna terraza, brindar por la gloria de Mariano Medina, el primer hombre del tiempo, y por el día en que no se equivocó.
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