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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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La isla balear prepara a cada visitante una intensa experiencia interior que deja huella
18.06.10 - 01:09 -

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Obama presiona a Zapatero para que tome medidas. La deuda española vuelve a bajar su nota. Los brotes verdes no acaban de echar raíces... La culpa de la crisis no es del Gobierno, que no hace nada. Ni de la oposición, que no deja hacer. La culpa es de Menorca. Y por varios motivos. Porque aquel que viaja a la isla no da crédito a lo que ve ni acepta reforma alguna. Todo parece perfecto en sus 700 kilómetros cuadrados. Su estado natural, además, es la desaceleración: relax absoluto. Tampoco nadie se aprieta el cinturón. Porque ni lo llevan. Con el bañador va que chuta. O incluso sin él.
Envidia. Ya quisiera el presidente americano mandar sobre un lugar donde los atascos no existen y todo está, como mucho, a cincuenta kilómetros de distancia. Donde siempre se aparca a la primera, el plato típico es la langosta y uno se libera del móvil en cualquiera de las muchas zonas aún sin cobertura.
Envidia, pero sana. Necesariamente. Porque Menorca es salud. El primer territorio español que ve amanecer, a sólo 45 minutos de la península y a veces por menos de 40 euros el trayecto de ida y vuelta, debería visitarse regularmente por prescripción médica. Su efecto revitalizante es inmediato. Los lugareños aseguran que el cuarzo que atesoran bajo sus pies absorbe las energías negativas. Súmense a ello ir en manga corta de mayo hasta casi noviembre y la tranquilidad de saberse protegido por una infranqueable muralla de arenas doradas y blancas: quien las pisa una vez pasa a ser de por vida prisionero de ellas.
Sinuosas calas, playas cortadas a navaja, tupidas alfombras verdes por el día; tapices de estrellas por la noche; albuferas, torrentes, suaves colinas... También la soledad y el silencio forman parte del espectacular paisaje insular. No hace falta mapa para encontrarlos. Mejor perderse por cualquier sendero para, de pronto, muy pronto, encontrarse ante un pequeño paraíso privado: un desierto rebosante de vegetación o de aguas nítidas donde cualquiera podrá citarse a solas con la libertad y disfrutar obscenamente de ella.
Virgen y provocadora
Naturaleza virgen -no faltan ni las focas monje-, pero a la vez deshinibida y provocadora. Muchas y variadas son las tentaciones de la 'roqueta'. Diversas porque no sólo de playa y sol vive el turista. También de tradiciones, gastronomía, cultura e historia.
En efecto, hoy visitan Menorca un millón de personas al año, la mitad de ellas británicas, pero no la han descubierto gracias a www.menorca.es. Ya en el siglo XVIII, tras pasar por manos cartaginesas, romanas y árabes, los ingleses y franceses se la disputaron para disfrutarla con todo incluido: el puerto, sus fértiles suelos, su posición estratégica en el Mediterráneo... Pero no quince días, sino para siempre.
El chollo se les acabó en 1802. Menorca regresó a soberanía española, pero las huellas de tan convulso pasado han quedado marcadas en construcciones arquitectónicas, artísticas y religiosas... que imprimen personalidad a los ocho municipios que forman el territorio.
Son sólo ocho. Ciutadella, la que fue primera capital de la isla y los piratas arrasaron en 1558. Conserva hermosas casas señoriales pero ha cedido la capitalidad a Mahón, situada al otro extremo y colgada sobre abruptos acantilados. Hicieron el cambio los ingleses para sacar partido al puerto y levantaron al lado la fortaleza de San Felipe.
A ella quedó vinculado Es Castell, el municipio que conserva mayores reminiscencias británicas: en su gran plaza de armas, el museo militar o el fuerte de Marlborough, en cala Sant Esteve.
Un poco más al sur, construyeron los franceses Sant Lluís para albergar sus tropas durante la guerra de los siete años (1756-1763). Sus casas blancas transmiten hoy una inquebrantable paz que preside el viejo molino de trigo convertido en museo.
El de Es Mercadal ha sido rehabilitado como restaurante y habla de la fuerza del viento en un paraíso para el disfrute del windsurf y la navegación. También Migjorn, Alaior y Ferreríes huelen a pescadores, calzado, sal, queso, sobrasada... las especialidades que completan un PIB que en un 80% se alimenta del turismo.
La isla en forma de judía aporta a la mesa mucho más que la mahonesa. Para demostrarlo, se organizan entre mayo, junio y septiembre jornadas gastronómicas en las que es posible degustar a precios populares suculencias autóctonas. La caldereta de langosta, el arroz de la tierra que no lleva arroz, la sepia rellena de gambas inventada para don Juan de Borbón... maridan con las aguas de intenso aroma mediterráneo o las estrechas callejuelas con matices afrutados de los limoneros que sirven de escenario al comensal.
Cada rincón es parte de esa gran Reserva de la Biosfera de la que tanto bebe Binifadet (www.binifadet.com), una bodega que se expande como las burbujas de sus cavas. No conforme con colar una de sus referencias en El Bulli, ahora elabora con las bonanzas de sus caldos quesos, mermeladas, jabones o cremas corporales.
Placer para los cinco sentidos. Sin interferencias. En las blancas calles de Binibeca no hay grafitis sino placas que ruegan silencio. Aunque la música también tiene su santuario: en Cova d' en Xoroi, impresionante cavidad natural abierta en un acantilado donde, antes de sorber un cóctel con gin menorquín, ya se entra en éxtasis visual.
Desde la imponente terraza de este bar de copas asomada al precipicio, se contempla cada tarde un estremecedor cielo al rojo vivo que da sepultura al sol. Es la enésima victoria del tiempo, el único traicionero del que conviene no fiarse en la isla. Aquí sólo él corre y roba el sueño de los cenicientos, cientos miles de personas que acuden a Menorca en busca de su príncipe azul, el mar, y del plácido beso del silencio.
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