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El museo de la cerveza negra ofrece la panorámica más desinhibida de una ciudad que venera la diversión
18.06.10 - 01:12 -

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Una ciudad cuya estatua más conocida está dedicada a una mujer de vida alegre (la voluptuosa Molly Malone) y cuyo museo más visitado es una fábrica de cerveza, una ciudad donde uno puede toparse a la vuelta de la esquina con duendes de leyenda, los 'leprechauns', y donde los tréboles de cuatro hojas crecen entre los adoquines, tiene que ser, sí o sí, un lugar de diversión y jolgorio. Y la capital de Irlanda, feliz y dicharachera, responde con creces a las expectativas de jarana del visitante. Porque quizá uno se plantea viajar a Dublín para empaparse de los mundos odiseicos de Joyce o de los tesoros de la vieja universidad, el Trinity College, que alberga el 'Libro de Kells' (un manuscrito del año 800), pero lo único seguro es que acabará sumergido, queriendo o sin querer, en un café irlandés y en decenas de pintas de Guinness, símbolo de un país que vive para beber.
La cerveza negra nació en la verde Irlanda por pura casualidad, como suele ocurrir con los grandes inventos. En 1666, el fuego devastó Dublín y calcinó la cosecha de cebada de aquel año, pero el rey Carlos II (ya se sabe, a grandes males...) ordenó que se utilizara de igual modo para elaborar cerveza. Y tal fue la aceptación de la nueva bebida entre los irlandeses (siempre partidarios de cualquier tipo de brebaje), que un avispado empresario, Arthur Guinness, comenzó a fabricarla a granel en 1759.
Dos siglos y medio después, no sólo es la negra más famosa del mundo; la Guinness también se ha convertido en una industria turística que bate récords: un millón de personas visita cada año el Guinness Store, el museo en el que el aficionado, además de conocer el proceso que transforma la cebada en cerveza, puede contemplar las vistas más impactantes de Dublín en su Gravity Bar, un mirador acristalado que ofrece una panorámica de 360 grados sobre la ciudad.
Pero para saborear una Guinness como Dios y San Patricio mandan, no queda otra que recorrer el Temple Bar, el barrio farrero de Dublín, donde, según cuentan las guías para turistas inocentes, uno verá a Bono (el cantante de U2, no el presidente del Congreso) si pasea con los ojos bien abiertos. En realidad, el bueno de Bono pisa poco Irlanda, prefiere no dejarse ver demasiado tras traicionar a sus compatriotas por fijar su residencia en un paraíso fiscal, pero su música y la estética de su grupo impregnan los viejos garitos del Temple Bar, ahora devenidos templos estéticos que con sus taburetes de diseño invitan más a la charla (a gritos, como gusta en Irlanda) que al baile.
Eso sí, la esencia no cambia: beber como si el mundo se fuera a acabar mañana. El visitante pronto descubrirá que los nativos son madrugadores en el 'drinking': a eso de las dos de la tarde, el Temple Bar vibra igual que el centro de Madrid a las dos de la mañana y cuesta evitar a algún borracho que entona la Canción del Soldado, himno de antiguas batallas y de nuevos partidos de rugby. Pero todo es cuestión de acostumbrarse a levantar la Guinness a la luz del poco sol de la borrachina y alegre Dublín.
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