![]() La flor del azafrán
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Los campos manchegos se tiñen de color púrpura en los amaneceres de octubre. En el triángulo entre Toledo, Cuenca y Ciudad Real, partidas de agricultores se afanan en la recogida de la preciada flor, que luego será despojada de sus estigmas en una labor todavía artesanal y en ambiente de familia.
A casi 3.500 euros el kilo, el azafrán es una de las señas de identidad de la comarca, además de una fuente de ingresos, aunque su explotación ha disminuido.
El cultivo del ‘crucus sativa’ se remonta a la alta Edad Media y fue introducido en la región por los árabes: el toque de ‘lujo’ en una comarca dominada por el cereal y la vid.
Una de las zonas más emblemáticas donde se cultiva esta flor es la localidad toledana de Consuegra, que, desde el año 1983, le dedica una jornada festiva el último fin de semana completo de octubre.
Los visitantes tienen la oportunidad de acercarse a conocer ‘in situ’ todo lo que rodea a esta singular especia, recorrer los extensos campos donde ha crecido y detenerse en los caseríos donde mujeres, hombres y niños se afanan en una tarea lenta y precisa, que se ha transmitido de generación en generación.
Catalogada como fiesta de interés turístico, sirve para promocionar la esencia cultural manchega. Los festejos arrancan con la proclamación de la Dulcinea y sus damas de honor, acto tras el que se inaugura el recinto ferial. El programa incluye concursos de ‘monda’ –el proceso de separación del azafrán de la flor, que se realiza de forma completamente manual–, certámenes gastronómicos, una boda manchega y un festival folklórico.
Molienda de la paz
Es una buena ocasión para disfrutar de los encantos que ofrece una tierra hospitalaria y rica en monumentos con dilatada historia. Es el caso de sus famosos molinos –se conservan once de los trece que existieron–, que se suceden sobre el cerro Calderico, un suelo con impronta romana. Durante todo el fin de semana, se pueden visitar los molinos de trigo y admirar el funcionamiento de uno de ellos.
En el molino ‘Sancho’, con una de las maquinarias más antiguas y mejor conservadas de todo el país, se realiza la denominada ‘molienda de la paz’: se tritura el trigo para transformarlo en harina, que se reparte en saquitos a los turistas como recuerdo. Tampoco hay que olvidar el castillo –la vieja fortaleza que fue sede de la Orden de San Juan de Jerusalén desde el siglo XII al XIX–, del Ayuntamiento –una obra de 1670–, de sus iglesias y de sus numerosos conventos.






