DEL AMOR AL RECHAZO HACIA EL AUTOMÓVIL

Esta semana hemos tenido la oportunidad de conducir un Seat 600. No una vuelta a la manzana, sino casi 200 kilómetros que nos dan un idea de cómo se conducía un automóvil hace unos 50 años. Es curioso como entonces la posesión de un coche significaba libertad, independencia, prosperidad y hasta lujo. Las ciudades se adaptaron a la riada de automóviles y todo parecía en orden hasta que ha llegado el colapso, unido a unos medios de transportes más eficaces.

La abaratamiento del avión, la llegada del tren de alta velocidad, las plataformas de viajes compartidos y hasta los sistemas de utilización de bicicletas de propiedad pública han permitido que el coche no sea el único vehículo para asegurar la movilidad. Sumemos a ello los accidentes y la contaminación para ver cómo el coche ha pasado de ser un símbolo de libertad a ser señalado como el causantes de todos los males por parte de algunos.

La ciudad de Valencia camina hacia un centro peatonal, con escaso acceso de automóviles y preferencia para peatones y ciclistas. Parece el futuro de todas las grandes ciudades occidentales, pero debe haber un punto intermedio entre que el automóvil sea la panacea, como antaño, a que sea el causante de todos los males, como parece que lo es ahora.

Este punto intermedio lo marcará la tecnología. Todos los fabricantes avanzan hacia coches más seguros, más limpios, más conectados, con posibilidades de uso compartido y con una huella de carbono cada vez menor para el medio ambiente. El problema es si, cuando los males que ahora se asocian al automóvil se hayan corregido del todo volverán a tener un sitio en las ciudades. Dar servicio al automóvil es un reto en el que también tienen que pensar nuestros gobernantes, ya que el balance, como el de un avión, un tren o cualquier medio de locomoción, sigue siendo positivo para la sociedad, aunque para algunos pesen mucho sus inconvenientes y menos sus ventajas.

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