De casta le viene al galgo. Su padre, Helmut Bradl, fue un piloto que destacó por su trabajo constante. Su hijo, Stefan (Ausburgo, 29-11-89) ha heredado ese gusto por el trabajo. Su dedicación para ser piloto se transformó en una regularidad en la puesta a punto de la máquina y en una regularidad en la pista. Frío, cerebral, prefiere ser cuarto y sumar puntos que jugársela y quedarse sin ninguno. Es así porque la mayoría de los rivales, impetuosos, arriesgan demasiado y pierden muchos puntos. Stefan sabe nadar y guardar la ropa. El año pasado conquistó el Mundial de Moto2 porque Márquez se lesionó en un ojo y tuvo que retirarse. Bradl, sufriendo frente a la magia del español, se encontró con una corona por la que apostó desde la primera carrera, cuando MM93 se cayó en tres grandes premios consecutivos. Al final, esa regularidad tuvo premio. Y suerte.
Stefan empezó su trayectoria mundialista en 2006 , en 125. En 2088 llegó su primera explosión de calidad. Confiando en sus posibilidades, se adjudicó dos carreras y se clasificó cuarto en la clasificación general. En 2009 fracasó, porque su cuerpo ya pedía una moto más grande. Saltó a Moto2 en 2010, y brilló en su debut. Venció en Estoril. Había madera. En 2011 Bradl eligió el chasis Kalex con el objetivo de ser campeón. Lo fue, aunque Márquez le superara en victorias y en brillantez. Era el primer alemán que celebraba una corona mundial desde Dirk Raudies triunfara en 1993 en la cilidrnada de 125. Ahora se estrena como piloto de MotoGP. El equipo LCR ha puesto una Honda en sus manos. Su constancia y su forma de pilotar, ajeno a las caídas, son una buena tarjeta de visita.
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