ROBERTA

ESTHER ASPERILLA

Es un día cualquiera, en la terraza de un bar cualquiera de Southbank. Estoy esperando a Roberta. La conocí al llegar a Londres y hace tres años que no la veo. Ella trabajaba entonces para una importante multinacional y las dos hacíamos un curso de inglés en la 'city'. Fue mi introductora a la ciudad. La primera amiga que tuve al llegar. Luego se volvió a Italia y yo me quedé en Inglaterra. Roberta posee una de esas personalidades magnéticas que atrae a la gente a su alrededor. Irradia seguridad y confianza.

Pero la Roberta que encuentro en la terraza que mira al Thames es diferente. Está cambiada. Me cuenta que durante la crisis, en una de tantas reestructuraciones de personal, la echaron del trabajo. Intentó reincorporarse en seguida al mercado laboral pero había cientos de personas con su perfil también en la calle. Poco a poco, al ver que nadie la contrataba, se fue hundiendo en el desánimo. Llegó a estar semanas acostada, derrotada, sin fuerzas para levantarse de la cama.

¿Cómo te recompusiste?, le pregunto. Suelta una carcajada y rehúye la contestación. Te va a parecer una tontería. Prueba, le digo. Me salvó el yoga. El yoga. El mismo que yo empecé a practicar llena de prejuicios. Cuando quería conseguir la postura perfecta. Cuando buscaba la fortaleza física que conlleva su práctica. Nunca esperé que esa fortaleza viniera acompañada de nada más. Hasta un día en que me di cuenta que la concentración en la postura acallaba mis pensamientos.

A esa consciencia le siguió un sentimiento de paz desconocido hasta entonces. Otros cambios sucedieron. Ver venir el metro lleno y dejarlo pasar sin intentar encajarme en el vagón como si no hubiera un mañana. Fumar en la ventana, mirar el cigarro y tener la extraña certeza de que ya no lo necesitaba. Dejarlo caer. Observarlo oscilar hasta el suelo. La ansiedad rodando en bucle hasta la acera de mi calle. Ya lo intuía pero lo vi claro a través del humo de ese último cigarro y en el fondo de los ojos de Roberta. Hay muchas, demasiadas cosas que matan. Pero el yoga... el yoga cura.

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