MALTA

ESTHER ASPERILLA

Camino por el paseo marítimo que une St. Julians y Sliema y pienso ¿cómo puede tener una misma isla tanta influencia anglosajona y ser a la vez enormemente católica? Porque eso es exactamente lo que pasa en Malta. Edificios centenarios mezclados con las más pobres y deslucidas construcciones de los sesenta. Aires acondicionados funcionando a tope en calurosas habitaciones de hotel revestidas de moqueta, herencia de su etapa inglesa.

Malta es definitivamente un territorio de contrastes. Colonia durante más de cien años, no puede disimular el influjo británico. Se puede ver en los pubs diseminados por toda la isla. Se puede oír en sus calles donde el idioma predominante es el inglés mezclado con el maltés. De hecho, la mayor parte de los malteses hablan una divertida mezcla de ambos idiomas en la que predomina el inglés con palabras maltesas salpicando aquí y allá la conversación.

Hay un vocablo que me resulta especialmente gracioso, la palabra 'mela'. La gran mayoría de los malteses la sueltan casi en cada frase y puede significar «claro», «vale», «por supuesto» o actuar simplemente de relleno en una oración en lugar de «ehhh» o «ummm». 'Mela' vale para todo. La isla es un destino muy solicitado para aprender inglés por su clima mediterráneo y porque es mucho más económica que Irlanda o Reino Unido. Aunque a algunos les suene sobre todo por los doce goles que les encajamos hace ya unos cuantos años, lo cierto es que últimamente ha saltado a los medios por ser el país de la UE que contribuye con menos dinero a Europa.

Para mí lo mejor es acercarse a su capital, La Valeta, y asomarse al mirador de los Jardines de Barakka o recorrer la muralla y los rincones de Mdina, ciudad histórica escogida por su belleza como escenario de la serie 'Juego de Tronos'. Seduce también la calidez de sus gentes. Ya a punto de coger el taxi hacia el aeropuerto mi amiga Claudine me abraza, se despide y me pregunta: ¿Volverás a la isla? Echo una ojeada a mi alrededor, sonrío y no lo dudo. Mela.

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