FLORES EN LA BASURA

ESTHER ASPERILLA

Leo en un medio digital un artículo sobre los supuestos riesgos de la meditación. Riesgos psicológicos, afirma la publicación. Destaca una serie de emociones desagradables asociadas que van desde la ansiedad hasta la reaparición de traumas, episodios de pánico, insomnio, etc. El artículo pretende desvelar el lado oscuro de la práctica meditativa. Lo que no sabemos. Lo que no nos han contado.

Como meditadora amateur y autodidacta (no formo parte de ningún grupo, no tengo ninguna técnica específica) no podría ni pretendo demostrar los efectos positivos de la meditación. Únicamente puedo narrar lo que he vivido en primera persona. Mi vivencia es que meditar no te genera ansiedad, sino que saca la que estaba escondida. No te hace recordar traumas, pero te los planta delante si no los has superado. La meditación te descubre todo aquello que te hace sufrir y que has intentado olvidar. Todo lo que has querido tapar u ocultar y lo coloca frente a ti. Cara a cara. Te lo revela. Te lo muestra hasta que eres capaz de disolverlo. De transformarlo. De trascenderlo.

Se produce algo similar a la 'Collateral Beauty' descrita en esa película americana que fue traducida al español como 'Belleza Oculta'. Se trata de una belleza extraña, inherente al sufrimiento humano y que sí, es difícil de encontrar precisamente porque está inmersa dentro del mismo sufrimiento. Una belleza igualmente presente en canciones como aquella de Fito que habla de las flores que crecen en la basura. Creo que Fito se inspiraba en los versos de un poema de Franjah Tiken que rezan «Cálmate aprendiz, para así llenar tu balcón de flores, para poder llegar a tu primavera, esa que jamás nada ni nadie podrá parar, por mucho que arranquen todo, pues recuerda siempre una cosa aprendiz, las flores más hermosas son aquellas que crecen en la adversidad».

Puede que sea cierto. Tal vez meditar tenga efectos adversos. No lo sé. No soy una experta. Solo sé que a mí la meditación me ayuda a descubrir esas flores.

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