SIN ALMA

JESÚS REINA

Caminaba tranquilo en dirección al Club Náutico, ya correría después con mis dos nuevos e inseparables compañeros de la próxima maratón. Disfrutaba de un paseo que rompía bruscamente la aceleración semanal, mi cuerpo se sosegaba y, con cada paso, los pensamientos se evadían descontrolados.

Distraído miré hacia el Montgó, llamando mi atención la presencia de varios rodales de joven pinar. Tal vez el Pare Pere obró el milagro en aquel horroroso incendio de hace más de quince años, porque desde allí hasta Benimaquia, el regenerado se ha convertido en un denso bosque mediterráneo que también sucumbirá ante las llamas del abandono.

Profético avanzaba pensando en soluciones, primero tendría que convencer a políticos que no quieren escuchar, por lo que decidí saltarme esa opción buscando otras respuestas a mis preguntas, soluciones basadas en la ordenación y la gestión, en la selvicultura preventiva, quizá mediante convenios de custodia del territorio, patrocinio de empresas, aunque tampoco hay que huir de la responsabilidad inversora de las administraciones públicas. Da igual, volví al inicio concluyendo que los gobiernos no creen, no lo harán ni los que se dicen del cambio, porque es sólo mofa interesada que se enmascara de retórica.

En los ayuntamientos de la Marina Alta no hay profesionales de la ingeniería forestal, por lo que tampoco hay enfoques municipales para la gestión de nuestros montes, de la autoprotección de las urbanizaciones, de la restauración dunar, del diseño de áreas recreativas y de tantas otras necesidades de un medio natural que sólo sirve de fachada propagandística.

Los monstruosos incendios que estamos viviendo son las formas modernas del fuego, una consecuencia del olvido social del monte que se agrava por un clima cambiante. Como en Portugal, esas llamas son incontrolables cuando el bosque arde con entidad propia, porque esos grandes fuegos tienen alma, la misma que nos falta a nosotros y a nuestros gobernantes, todos aferrados a una desidia destructora, una imparable involución hacia la desertificación de laderas sembradas con víctimas, territorio arrasado del que desentenderse con las lluvias de otoño.

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