«Mamá, ya no quiero ir más al colegio»

Dolor. Una mujer consuela a una joven en las inmediaciones del instituto. Abajo, Nikolas Cruz, autor del tiroteo. / AFP / OFICINA DEL SHERIFF DE BROWARD COUNTY
Dolor. Una mujer consuela a una joven en las inmediaciones del instituto. Abajo, Nikolas Cruz, autor del tiroteo. / AFP / OFICINA DEL SHERIFF DE BROWARD COUNTY

Parkland, una rica zona residencial, se estremece mientras las familias de las víctimas reciben el mazazo de la noticia

MERCEDES GALLEGO

Florida, tierra de salsa y palmeras, de cubanos en el exilio y de veraneos invernales. El Estado en el que Donald Trump pasa los fines de semana en su mansión de Mar-A-Lago, a sólo cuarenta minutos de donde el miércoles fueron masacrados los estudiantes del instituto Marjory Stoneman Douglas. En las calles de 'Miami Vice' o el Pequeño Haití todo es posible, pero Parkland era el refugio soñoliento de quienes huían del ruido de la ciudad, un suburbio acaudalado de celebridades y atletas con cuyos impuestos se pagan colegios públicos de élite como el del instituto Douglas, que hacen de Parkland un hogar codiciado. Hablamos del último sitio del mundo en el que los padres de la zona habrían esperado ver a sus hijos en peligro.

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«¿Un hispano? ¿Que ha sido un hispano? ¡Muchacho, ya nos hemos contagiado! Esto lo hacían los 'redneck' americanos, nosotros no. Nosotros gritamos, nos liamos a piñazos y lo que sea, pero no cogemos un rifle y nos ponemos a matar gente que ni conocemos». Andrés, un dependiente de origen cubano que presume de madre española, no salía de su asombro, aunque falta por ver si Nikolas Cruz, hijo adoptado, tenía de hispano más que el apellido. Otros se quedaban en la indignación de un país que no quiere poner freno a la orgía de las armas, aferrado a su sacrosanta Constitución de los tiempos del Salvaje Oeste. Trump citó ayer un pasaje de la Biblia («responder a la crueldad con bondad») e insistió en la urgencia de «atajar el difícil asunto de la salud mental», pero pareció olvidarse de mencionar la cuestión de las armas.

Para quienes esta masacre es personal, no quedan palabras, sólo desesperación. «Mi hija de once años los vio salir corriendo y sabe que estamos buscando a su primo por los hospitales. Cuando me ha dicho 'Mamá, ya no quiero ir más al colegio', no he sabido qué decirle». Sharamy Angarita hace guardia en el hotel Marriott de Coral Spring, donde la policía ha montado su campamento de guerra y el instituto ha citado a padres y alumnos en busca de seres queridos. Un nombre al aire de vez en cuando, caras de alivio u ojos rojos. Uno ha aparecido en el hospital, otro en los suelos ensangrentados donde aún yacen los cadáveres. Doce horas después de la masacre, sólo doce de los diecisiete cuerpos habían sido identificados y la policía se resistía a hacer público ningún nombre hasta que todos los familiares hubiesen sido avisados.

Sin esperanza

En su huida, los estudiantes dejaron atrás las mochilas y cualquier cosa que sirviera para identificarles. Muchos no tenían edad para el carné de conducir, a pesar de que en EE UU llevan el coche al colegio desde los 16. Los teléfonos sonaban sin dueño, como las lágrimas contenidas de quienes veían escaparse la esperanza por las redes sociales. «Descansa en paz, Gina, te echaremos tanto de menos... Vuela alto, ángel mío», delata Twitter con la foto virginal de una niña de melena rubia. El entrenador y guardia de seguridad Aaron Feis, que murió de múltiples disparos al colocarse como escudo frente a un grupo de alumnos. Poco a poco, se van conociendo nombres de estudiantes muertos, acompañados a veces de jirones de sus breves biografías: Meadow Pollack, de último curso, que iba a continuar sus estudios en la Universidad de Lynn; Joaquín Olivier, nacido en Venezuela y ciudadano estadounidense desde el año pasado; Alyssa Al Hadeff, que jugaba al fútbol; Gina Montalto, Carmen Schentrup, Luke Hoyer, Martin Duque, Jaime Guttenberg... «Estoy destrozado, intentando imaginarme cómo va a superar esto mi familia. Abrazad fuerte a vuestros hijos», escribía desconsolado Fred, el padre de Jaime.

Bajo la etiqueta de #PrayforDouglas y #PrayforParkland, la muerte ha corrido más rápido de lo que se puede contar. También la indignación. «Yo no quiero volver. No quiero caminar por esos pasillos sabiendo que ahí murieron mis compañeros y sentarme en clase como si no hubiera pasado nada. ¿Te gustaría a ti dormir con un ataúd en el dormitorio?», defiende Josh Levine, un chaval de 18 años que el miércoles no estaba en clase porque tuvo que ir al hospital. «Habría podido ser yo». Y habría podido ser cualquiera. El instituto Douglas puede ser una tumba, pero no es el primero ni será el último. Otros diecisiete centros escolares de este país han vivido en lo que va de año incidentes con armas de fuego que no han dejado víctimas mortales. Ir a clase se parece a jugar a la ruleta rusa.

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