«¡Vamos a cambiar el mundo!»

Manifestantes en Washington. /Afp
Manifestantes en Washington. / Afp

Los jóvenes estadounidenses quieren detener la orgía de las armas en América

MERCEDES GALLEGOEnviada especial en Washington (Estados Unidos)

Que se aparten los 'baby boomer' y hasta los 'millennials', ha llegado una generación nueva y viene con fuerza. Son jóvenes, muy jóvenes y arrogantes, como mandan los cánones. Sólo con ese idealismo y esa confianza en sí mismo se puede uno creer capaz de lograr lo que nadie ha podido detener antes: la orgía de las armas en América. Y no acaba ahí la cuita. Con la fuerza de ese motor, «¡vamos a cambiar el mundo!», prometía este sábado David Hogg desde el escenario.

El joven californiano que encontró su propio Hollywood en el armario de un instituto de Parkland (Florida), donde entrevistó a sus aterrados compañeros mientras Nikolas Cruz tatuaba los pasillos de sangre, era la estrella de la Marcha por Nuestras Vidas. Los políticos se habían ido de vacaciones de Semana Santa. Donald Trump, a su mansión de Mar-a-Lago en Florida, pero «si escucháis con atención les oiréis temblar», prometió Hogg a sus hordas de jóvenes.

Como él, muchos están a punto de cumplir la edad para votar, a tiempo para las elecciones legislativas de noviembre que renovarán la Cámara Baja y un tercio del Senado. «Lo único más fácil de comprar que un arma es un congresista republicano», decían algunas pancartas.

Manifestantes en Washington.
Manifestantes en Washington. / Afp

La nueva generación embestirá a los que reciban donaciones de la Asociación Nacional del Rifle con la fuerza de su juventud y una causa indisputable. Quieren más libros, no más balas. Leyes de sentido común que den más medios a los profesores para enseñar, no bonos por portar armas en clase. Dejar los fusiles de asalto en manos de los militares y no es las de cualquier pirado que quiera morir con las botas puestas para salir en los periódicos. ¿Quién puede discutirles esto?

«Nosotros salvaremos vidas», prometía la estrella de Parkland, abrazado a otros ídolos surgidos de la última masacre. «En Emma creemos», rezaban la pancartas con el rostro de Emma Gonzalez, la hija de cubanos con el pelo rapado que el mes pasado dio el grito de guerra mientras velaban a sus muertos. No hay político que pueda competir con la autenticidad de quienes hace mes y medio ni existían en la escena pública.

«¡Se acabó el invierno!» gritaba Hogg a las masas. «Hoy comienza la primavera ¡y mañana la democracia!».

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