Trump, por encima de la ley

Donald Trump./Efe
Donald Trump. / Efe

«Tengo el derecho absoluto de perdonarme a mí mismo», tuiteó el presidente de Estados Unidos ayer

MERCEDES GALLEGO

A los 500 días de tomar el poder, Donald J. Trump se despertó en sus aposentos de la Casa Blanca y anunció al mundo por Twitter que el largo brazo de la ley nunca podrá alcanzarle mientras esté en el cargo para el que registró su campaña de reelección antes que ninguno de sus predecesores. En concreto, el mismo día de su investidura, convencido de que su mandato durará ocho años. «Tengo el derecho absoluto de PERDONARME a mí mismo», tuiteó ayer.

Su abogado y amigo de confianza, el exalcalde de Nueva York Rudy Giuliani, fue un paso más lejos la víspera en su ronda dominical por las televisiones al asegurar que podría haberle pegado un tiro al ex director del FBI James Comey en el Despacho Oval y aún así no sería enjuiciado. «En ningún caso se le puede imputar u obligar a declarar mientras esté en el gobierno», aseguró el exfiscal. «Aprobad un impeachment y entonces podréis hacerle lo que queráis».

Planteaba ese desafío con la calma de una mayoría republicana en el Congreso que ha demostrado respaldarle contra viento y marea. EEUU tendrá una oportunidad de cambiarla en las elecciones legislativas de noviembre, pero hasta las encuestas más positivas para el Partido Demócrata sólo le atribuyen una victoria por la mínima en la Cámara Baja.

Como candidato Trump ya dijo en Iowa que «podría pegarle un tiro a alguien en la Quinta Avenida y no perdería votos». Ahora cree que también podría hacerlo en el Despacho Oval y ni siquiera perdería el cargo. Al magnate nacido en la cuna de un acaudalado inversor inmobiliario de Nueva York le gusta poner a prueba su poder y demostrar que puede salirse con la suya donde nadie lo ha hecho antes. Uno de sus mayores orgullos electorales es haber sido elegido presidente sin tener que mostrar sus declaraciones de impuestos. «¿Te puedes creer que fui capaz de salirme con esa?», ha dicho en privado, según el columnista Thomas Friedman. Como un niño midiendo a sus padres, cuanto más lejos se le permite llegar, más pone a prueba los límites.

Desde la Unión Europea a sus vecinos canadienses, el mundo ha creído poder ganarse su condescendencia a fuerza de adularlo y complacerlo, sin acordarse de que Trump sólo respeta a los más fuertes. En esa columna de marzo del año pasado, Friedman recurría a la parábola de un beduino israelí en la que los hijos ignoraban el escándalo que montaba un padre que decía estar «en un gran peligro» porque les habían robado un pavo. Al pavo le siguió un caballo y al caballo, su hija. «Cuando vieron que podían llevarse el pavo lo perdimos todo», acabó recordándoles.

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