Trump ordena relanzar Guantánamo

Donald Trump. / Reuters

El presidente de EE UU promete vengarse de los países que no apoyen sus políticas en Oriente Medio

MERCEDES GALLEGONueva York

Había prometido ser conciliador y unir al país, pero eso no incluía al resto del mundo. En su primer discurso sobre el Estado de la Unión –el tercero más largo de la historia-, Donald Trump resucitó el término de "combatientes extranjeros" con el que el gobierno de George W. Bush explotó las lagunas legales para encarcelar indefinidamente a los sospechosos de terrorismo sin proceso judicial alguno. Todavía 55 de ellos siguen en la isla sumidos en el limbo, pero pronto se les unirán otros, porque a diferencia del resto de las ideas que presentó anoche el presidente, la de "reexaminar la política de detención militar" y "mantener abiertas las instalaciones de detención en la Bahía de Guantánamo" se habían materializado antes de subir al escenario mediante una orden ejecutiva que dejó firmada al secretario de Defensa.

La promesa que hiciera Bush con los rescoldos calientes del 11-S de humear a los terroristas fuera de sus madrigueras se queda corta frente a los instintos asesinos del magnate inmobiliario convertido en presidente. "Cuando sea posible los aniquilaremos. Cuando sea necesario los detendremos para interrogarlos, pero que quede claro: los terroristas no son criminales, sino combatientes enemigos ilegales. Y cuando los detengamos a ultramar los trataremos como tales".

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Atrás quedan los buenos deseos de Barak Obama, Premio Nobel de la Paz, por respetar los derechos humanos y la legalidad internacional, palabras que no salieron a relucir en ningún momento de la hora y veinte minutos que utilizó Trump para exponer sus políticas. Por el contrario, el mandatario que instruyó a su embajadora ante la ONU Nikki Haley a "tomar los nombres" de quienes votaran en contra de sus decisiones materializó anoche su amenaza. Entre las "docenas de países" que condenaron su decisión de reconocer a Jerusalén como capital de Israel hay algunos que reciben ayuda económica de EE UU, recordó. Anoche pidió al Congreso que les arrebate esas ayudas, porque "vamos a restaurar claridad sobre nuestros adversarios", amenazó.

En el mundo de Trump sólo hay amigos y enemigos. La lealtad absoluta es un requisito que demandó al director del FBI James Comey y ahora a todos los aliados, que pueden compartir su suerte. Frente a la política multilateralista de su predecesor, Trump reivindica que sólo se puede mantener la paz por la fuerza. Algo que incluye "modernizar y reconstruir" el arsenal nuclear. La idea de un mundo desnuclearizado corresponde a un "momento mágico" que no le resulta contemporáneo. Su propósito es hacer de su arsenal, el más poderoso del mundo "para disuadir cualquier agresión".

Irán, Cuba y otros países con los que el gobierno de Obama abrió canales de comunicación tienen ya una confirmación oficial de que la ruptura de este año es permanente. Para Trump, "la complacencia y las concesiones sólo invitan a las agresiones", afirmó. "La debilidad es el camino más seguro para el conflicto, nuestro medio más seguro para la defensa será un poder sin igual".

Inmigración hispana

Con todo, el capítulo más oscuro de su discurso implicó a los inmigrantes hispanos, a los que identificó con peligrosos pandilleros al traer al palco de la primera dama a los padres de dos adolescentes asesinadas por miembros de los M-13, una banda de delincuentes fundada en los 80 en Los Angeles por pandilleros salvadoreños. No hubo una palabra conciliatoria para los 13 millones de inmigrantes indocumentados que viven respetablemente en el país, a los que culpa de la existencia de drogas y responsabiliza de los bajos salarios "por los que compiten los estadounidenses más pobres". En su America First no hay sitio para los gestos humanitarios. "Los estadounidenses también somos soñadores", afirmó desafiante.

Su plan de reforma migratoria se basa en cuatro pilares del que sólo uno ofrece un camino a la ciudadanía para los jóvenes que llegaron a EE UU de pequeños de la mano de sus padres, conocidos como los soñadores. Los requisitos son draconianos. No bastará con demostrar buena conducta, haber terminado los estudios medios o servir en el Ejército, sino que quedarse sin trabajo o no completar la universidad puede servir para expatriarlos, por lo que la mayoría de los 1.8 millones de jóvenes a los que dice cubrir seguramente no pasen la criba. El plan también elimina la política de reunificación familiar y los visados que se sortean cada año entre ciudadanos de países que no constituyen un flujo importante de inmigración y, por supuesto, la construcción de su polémico muro fronterizo, para el que ha pedido 25.000 millones de dólares.

Trump ha conseguido lavar el cerebro de sus bases al hacerles olvidar que, como primera potencia económica, EE UU ha dictado las negociaciones de los tratados comerciales que ahora acusa de ser injustos. Culpa a esos "malos tratos" del fracaso social del capitalismo y promete renegociarlos de forma más favorable para que las industrias vuelvan a abrir por todo el país. "La era del rendimiento económico se ha acabado", advirtió.

Su decisión de "proteger" a los trabajadores estadounidenses y a la propiedad intelectual de su país pasa por dejar a las empresas extranjeras fuera del plan de 1.5 billones de dólares que ha propuesto para reconstruir la infraestructura. "Lo haremos con corazones americanos, manos americanas y valor americano", prometió. El nacionalismo y "el amor por la bandera" fueron los únicos elementos aglutinantes de un discurso considerado conciliador para sus hábitos, que obtuvo reacciones muy positivas entre el 48% de los entrevistados por CNN.

Le contestó desde Massachusetts el heredero político de los Kennedy, la familia que llevó el romanticismo y los ideales a la idea de servicio público. El congresista Joe Kennedy no defraudó. Habló de Black Lives Matter y de los desheredados del huracán María, con la promesa, en el español que aprendió en República Dominicana y perfeccionó en Sevilla, de no dejar atrás a los inmigrantes que considera parte de su país. Un país dividido que no es el mismo en el que cree Trump.

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