Camaradas hasta la muerte

Camaradas hasta la muerte

El espacio es un bien muy escaso dentro de un submarino. Camas calientes, dos retretes para 60 y una ducha cada tres días. «Se crean grandes lazos y engancha», dice el comandante de la flotilla española

Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Lleva días en los que mirar el móvil es casi un tic. En la pantalla espera encontrar una noticia alegre, un submarino a flote, 44 vidas con vida. Algo que contradiga la lógica. «Lo último que hago cada noche y lo primero que hago cada mañana es mirar el teléfono a ver si hay novedades con el submarino argentino». Su angustia es normal. Alejandro Cuerda es el comandante de la flotilla de submarinos de la Armada Española y para él, hablando de sumergibles, no hay banderas. «Es como si nos estuviera pasando a nosotros; todos formamos una gran familia, la familia submarinista».

Esa unión, ese sentido de pertenencia a una facción del Ejército verdaderamente singular, es la que marca su camino. Nadie entra forzado en este buque submarino. Solo por voluntad propia y, por extraño que pueda parecer desde fuera de la Armada, por un deseo. «Somos gente normal. O al menos eso creo... Aunque sí somos diferentes, está claro. Es una profesión de riesgo y esto tiene que ser vocacional. No se explica de otra forma. Al final, la vida del submarinista es una droga, algo que engancha muy fuerte. Allí dentro se crean lazos que se van estrechando, nacen pequeños líderes y se vive muy unido y con mucha camaradería».

La vocación del jefe de la flotilla española viene de la fascinación de un niño, un chiquillo de ocho años deslumbrado al ver a su padre, también marino, de pie, encima de un submarino. «Había traído uno de Estados Unidos y verlo ahí fue como ver a Neptuno admirado por Tritón. Me pareció que era el rey de los mares», rememora orgulloso.

El viejo ‘Galerna’. El submarino de la clase S-70 (a la izquierda) es, con 34 años y todavía en activo, el veterano de la flotilla española. En las otras imágenes, diferentes dependencias del interior del buque. Y abajo, Alejandro Cuerda, hijo de submarinista y actual comandante de la flotilla de la Armada Española. / J. M. Rodríguez

Algo debe de tener para que la marinería se cuele por un agujero que le conduce a una especie de tubo angosto, asfixiante, sin vistas ni ventilación, donde sabes que estás rodeado de agua por arriba y por abajo. Donde al principio aprendes a moverte, coscorrón va, coscorrón viene, a golpe de chichón. Porque un submarino no es confortable. Al contrario, es muy incómodo. Absténganse los claustrofóbicos.

Los mandos se refieren a la flotilla como ‘el arma’. Es el vigía que bucea en busca de intrusos. Un recurso sigiloso de la Armada. Y allí no sobra el espacio, como subraya Cuerda. «A pesar de las estrecheces, es una vida fantástica. Aunque solo hay una ducha para 60 personas y solo te puedes dar un baño cada tres días. Una ducha rápida. Abrir el grifo, cerrarlo enseguida, enjabonarse, abrir el grifo y cerrarlo cuanto antes. La cama también es un bien escaso y usamos la cama caliente; es decir, nos vamos a dormir cuando se levanta un compañero. Todo eso conforma un tipo de vida de camaradería».

No vale cualquiera para vivir bajo el agua con el aliento de un compañero en la oreja. Tiene que ser gente estable y con correa, que no cree problemas. «Nuestro carácter es diferente. En un submarino no puede haber tensión ni discusiones. La serenidad flota en el ambiente. Y por eso engancha, porque estamos muy unidos».

Sí, la serenidad es clave. Sobre todo si surge una complicación. Si, allá abajo, algo se tuerce. Como en aquella operación en la que Alejandro Cuerda avanzaba bajo las aguas del Estrecho de Gibraltar, una zona con un gran tráfico marítimo, a 200 metros de profundidad y el motor eléctrico principal se detuvo. «El buque quedó sin propulsión, agotamos todos los extintores y alguno llegó a caerse mareado», recuerda el comandante, en lo que parece el inicio de la descripción de una escena de pánico. Pero no. «Con un motor de emergencia logramos, muy poco a poco, salir a la superficie con el aire ya viciado. En aquel momento me di cuenta de la templanza. Todo aquello sucedió en la popa y hubo gente en la proa que ni se enteró. No escuché ni un grito».

Entonces tenía 30 años. Han pasado otros 22 y muy pocos submarinos. España está exprimiendo los tres que encargó en los ochenta y que ya tendrían que estar retirados. Pero un problema en la construcción de cuatro nuevas unidades ha obligado a mantener en la dársena al ‘Galerna’, el ‘Mistral’ y el ‘Tramontana’.

Formación muy rigurosa

Hace quince años llegaron las primeras mujeres -«decidimos no perder la mitad de nuestro talento», apunta con diplomacia- y ya son 32 entre las 330 personas que trabajan entre la fuerza, la base de infraestructuras y las oficinas en la base de submarinos del Arsenal de Cartagena.

Primero, como toda la marinería, tienen que hacer un curso en la Escuela Naval. «Es una formación muy rigurosa», afirma Cuerda, con una duración de un año para los oficiales, medio para los suboficiales y cinco meses para el resto. Son 200 personas formándose cada ejercicio.

Después hay que ingeniárselas para estar siempre listo ante cualquier contratiempo a bordo. «Los submarinistas estamos acostumbrados a convivir con las averías. Una incidencia en un buque de superficie no tiene la misma repercusión que en un submarino. Si hay un incendio, te quedas sin aire en un breve espacio de tiempo. Si entra una vía de agua, se hunde, supera la cota de colapso y mueres por aplastamiento. Si hay un fallo eléctrico, te quedas sin el corazón de la nave y se puede ir al fondo».

Son supuestos espeluznantes, pero factibles. «Por eso estamos siempre preparándonos para responder ante una emergencia. Hoy en día nos adiestramos con máquinas que nos permiten simular una emergencia para no tener que inventar nada, para no tener que pensar, solo seguir los procedimientos que están escritos. Lo ideal es actuar como un autómata en un espacio de tiempo muy corto», puntualiza el jefe de los viejos submarinos españoles.

Esa experiencia le ha permitido vivir la incertidumbre del ‘A.R.A San Juan’ «con la frialdad del submarinista y la preocupación del comandante en una situación muy crítica», de la que considera que el único culpable «es la tecnología». Un episodio que no parece mermar su fe en estos aparatos. Ni siquiera por su antigüedad. «Las nuestras son veteranas plataformas con modernizaciones que les permiten asumir nuevos compromisos», explica con frialdad mientras aguarda con la paciencia de un monje el «salto tecnológico» que supondrá estrenar los S-80, la nueva gama de submarinos para la Armada que se construyen en Cartagena y parecen no llegar nunca.

Hasta entonces seguirán colándose en ese hormiguero submarino donde hay que vigilar la ansiedad con el mismo cuidado que al realizar las revisiones médicas antes de embarcarse. Porque si uno entra con la gripe allí dentro, la pillan todos. Nada importa. Hay otros estímulos, como dice su himno: «En este tiempo tan dilatado con tantas millas de inmersión, vive contigo el compañerismo, la disciplina y la vocación». Eternos camaradas. Hasta la muerte.

Más información sobre el submarino ‘ARA San Juan’

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