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Adán y Eva eran negros y fueron creados en Nkamba

Abluciones kimbanguistas.

Abluciones kimbanguistas. / JOHN WESSELS (AFP)

  • El 10% de la población de la República Democrática del Congo son fieles del kimbanguismo

Adán y Eva eran negros y fueron creados en Nkamba, afirman rotundamente los kimbanguistas. Esta ciudad es la cuna de una religión fundada en el siglo XIX en el Congo belga y que reivindica actualmente contar con 22 millones de fieles.

Con voz melodiosa el reverendo Mario Swalezi Nlandu explica al visitante extranjero los fundamentos doctrinales de esta religión en su pequeña oficina, cerca del inmenso templo en la cima de la colina sagrada de Nkamba, a un centenar de kilómetros de Kinshasa. "Usted es un investigador", no se viene por casualidad a Nkamba y "un día se acordará de su paso por aquí y comprenderá", predice este responsable de la evangelización de la Iglesia kimbanguista.

El reverendo expone el mensaje de vocación universal revelado por la prédica de Simon Kimbangu, "el enviado especial de Jesucristo a la Tierra", que fue sacerdote brevemente en 1921 antes de pasar 30 años en la cárcel por incitación a la revuelta. Murió en prisión. "El 5 de abril de 1921 a medianoche, Jesucristo dice: a partir de ahora Nkamba no se llamará más Nkamba, ahora es la Nueva Jerusalén. Es el mensaje de Jesús a Simon Kimbangu", afirma Swalezi.

El libro santo de los kimbanguistas es la Biblia pero ocupa un papel secundario en el magisterio, en el que priman las enseñanzas del profeta y de sus descendientes que lo sucedieron al frente de la Iglesia. Sus palabras "son sagradas", explica el reverendo: Simon Kimbangu es la primera encarnación del Espíritu Santo de la Trinidad cristiana, como lo es su nieto, Simon Kimbangu Kiangani, actual "jefe espiritual y representante legal" de la iglesia kimbanguista.

En Nkamba, los fieles oran ante los mausoleos de Simon Kimbangu y sus familiares, y en un templo blanco y verde con dos campanas, erigido en los años 1970. Las normas obligan a caminar por la ciudad completamente descalzo o en calcetines. Se aplican al "jefe espiritual" de la Iglesia, pero él no toca el suelo: camina sobre una alfombra verde extendida a su paso y enrollada inmediatamente después. Los creyentes se dirigen a él de rodillas.

El kimbanguismo retoma muchos elementos del cristianismo importado por los misioneros, pero con peculiaridades locales. Al pie de la colina se ve una piscina de agua fangosa "bendita" para las abluciones, como la de Siloé en Jerusalén en tiempos de Jesús. El templo, los mausoleos y la piscina son "símbolos de soberanía", según el reverendo Swalezi, que dan fe de que "Cristo trasladó su reino" de Jerusalén a Nkamba, que "cambió de dirección".

En 1921, la breve prédica de Simon Kimbangu sedujo a una población colonizada, presta a escuchar un mensaje de emancipación de boca de un hombre negro. Las autoridades coloniales belgas lo prohibieron, los primeros kimbanguistas fueron perseguidos y el culto no se autorizó hasta 1959, el año anterior a la independencia del Congo. En la actualidad, alrededor del 10% de la población de la República Democrática del Congo es kimbanguista y la religión ha traspasado las fronteras, llegando a otros países africanos y a Europa a través de la diáspora congoleña.

"La prioridad es Nkamba", declara Benjamin Bena, arquitecto de interiores para los monumentos de la ciudad santa. Vive entre Nkamba y Kinshasa, donde supervisa algunas obras y en donde residen su esposa y sus seis hijos. "Pero actualmente Papa [el jefe espiritual] no quiere que vuelva [a Kinshasa], porque hay obras más importantes aquí", dice refiriéndose al museo que debe inaugurarse en 2018.

En sus discursos retransmitidos por la Ratelki, la radiotelevisión kimbanguista, Simon Kimbangu Kiangani llama a los fieles a participar en las "obras de Nkamba" y a ser generosos en su financiación. Se incita constantemente a donar. En Nkamba, cada día se organizan concursos de donaciones (nsinsani) en los que los peregrinos y habitantes (generalmente pobres) depositan ofrendas en un barreño mientras bailan.

Bena Hijo Kimani, de 47 años, ayudante en tareas agrícolas, llegó por un año y lleva 17 en Nkamba. No es un caso aislado, cuenta un periodista de la Ratelki: "Cuando te eligen [...] lo asumes" y "aunque al principio pueda asustar y exija sacrificios, poco a poco te acostumbras". En Nkamba, donde no se escucha un solo grito (está prohibido), sino música y cantos polifónicos, los periodistas son acogidos con los brazos abiertos con la esperanza, claro, de que se conviertan.

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