El último tesoro de la 'principessa'

La princesa Carine di Gangi, propietaria de la casa desde 1995, posa en la espectacular galería de los espejos.

Carine di Gangi dedica su vida a mantener en pie el fastuoso palacio de Palermo donde Visconti rodó 'El Gatopardo'

GUILLERMO ELEJABEITIA

El mayordomo abre el portón y saluda a la concurrencia con gesto adusto. Lleva escrita en un billete la lista de 'invitados'. Vestido con una raída librea de color vainilla, conduce al pequeño grupo de curiosos hasta el piso noble por una escalinata barroca de mármol rojo. La princesa Carine Vanni Mantegna di Gangi, dueña y única habitante del palacio, aguarda en un tenebroso despacho forrado con tapices desgastados desde hace décadas por la despiadada luz de Sicilia. Uno espera encontrar a una venerable anciana palermitana, y se sorprende al hallarse en presencia de una espigada esfinge rubia, que tiende su mano gentil mientras esboza una tibia sonrisa. Saluda uno a uno a los visitantes y les da la bienvenida en un francés impecable. ¿Acaso sigue siendo la lengua de la nobleza? No, la 'principessa' nació en Lyon hace... algunas décadas. Veinte años ha que se convirtió en la tercera mujer del último jefe de una estirpe que hunde sus raíces en la Corona de Aragón y en la que se suceden virreyes, obispos, príncipes... y también algún capo de la mafia.

Blandiendo un abanico con el que señala las joyas que atesora la casa, la dama nos conduce a través de las suntuosas estancias entre retratos de antepasados, muebles de caoba y pesados cortinajes de terciopelo. Del salón rojo, al celeste, al rosa o al dorado, pasando por un inmaculado comedor rococó. Durante siglos, la familia hizo de este fastuoso palacio en el corazón de la ciudad uno de los escenarios más brillantes del 'gran mundo' palermitano. Hoy, el lugar permanece casi intacto, pero hace mucho que allí no se celebra un baile como los de antes. Y el que puede que fuera el último es en realidad un simulacro. Fue en 1963, Luchino Visconti buscaba localizaciones para su grandiosa adaptación de 'El Gatopardo' y encontró en la atmósfera petrificada del Palazzo Valgarnera Gangi justo lo que necesitaba para hacer realidad la obra maestra de Giuseppe Tomasi de Lampedusa.

Con los damascos color oro viejo del salón de baile como telón de fondo, Claudia Cardinale y Burt Lancaster acaparan todas las miradas de la fiesta en una de las escenas más memorables de la historia del cine. El príncipe de Salina, doblegado ante el signo de los nuevos tiempos, exhibe ante los de su clase a la doncella, de origen rústico pero inmensa fortuna, llamada a ser la esposa de su arruinado sobrino Tancredi, papel que interpreta Alain Delon. El actor francés visitó hace unos meses las mismas estancias y no pudo contener las lágrimas. El rodaje de la película supuso no pocos quebraderos de cabeza para la suegra de la actual princesa, pero añadió al indudable valor artístico del palacio la fascinación del mito cinematográfico.

«Si perdemos esta casa se irá un testigo real de los mejores años de la Historia de Sicilia»

«No es un museo»

Desde que lo heredaron, los actuales príncipes de Gangi se han dedicado casi exclusivamente a mantener con vida este vestigio de otro tiempo. «Esto no es un museo, es nuestro hogar, donde creció mi marido, está lleno de anécdotas. Un museo es una casa muerta y ésta sigue estando viva», aclara la señora. Pero el peso de la Historia comienza a ser insoportable. Cuando las visitas se han retirado, la princesa se desahoga en el salón rojo, como roja de ira se muestra ante las autoridades. «Jamás hemos recibido ningún tipo de ayuda y ningún político italiano ha pisado nunca esta casa, aunque hayamos recibido a muchos mandatarios extranjeros». La razón es que «ya no representamos el dinero, por eso no les interesamos», desliza con cierta amargura. La falta de ayudas públicas y los altos impuestos están llevando la otrora opulenta economía de la familia a una situación crítica. «Y si perdemos este palacio, perderemos un testigo real de los mejores momentos de la Historia de Sicilia».

A diferencia de sus antepasados, la actual princesa de Gangi no dedica sus días a disfrutar de sus aposentos rodeada de un ejército de criados, sino a luchar para que se mantengan en pie. Desde que su marido cayó enfermo, ella sola, con la única ayuda del mayordomo Fabrizio, se encarga de atender al goteo constante de visitas o de organizar un puñado de eventos cuidadosamente escogidos. Sesiones fotográficas de moda, recitales de música clásica o cenas exclusivas para no más de cincuenta comensales. Hace tiempo que renunció a las bodas, «porque lo destrozan todo». Pero sus esfuerzos se quedan cortos para financiar lo que cuesta mantener un tesoro.

«Alguien me dijo una vez que yo no poseo esta casa, sino que es la casa la que me posee a mí», desliza melancólica. Y uno acierta a comprender cómo el entusiasmo que un día debió sentir al saberse dueña de un espectacular regalo del destino ha dado paso a la misma sensación de abatimiento y decadencia que impregna la vida en Palermo. «Nunca me acostumbraré a la forma de ser de los sicilianos. Nunca. No sé si lo he intentado, pero es tan difícil... Los palermitanos están muy orgullosos de sí mismos, creen que son los mejores del mundo, pero, ¿qué hacen?». Han sido capaces de construir cosas tan bellas como este palacio... «Lo fueron. En el pasado. Ya no». La sonrisa se ha desvanecido completamente y en su expresión solo queda el orgullo herido de la última 'principessa' di Gangi.

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