Recuerdos que emergen

Un grupo asciende por la ladera seca del pantano que cubre el viejo Mansilla de la Sierra, en La Rioja.
Un grupo asciende por la ladera seca del pantano que cubre el viejo Mansilla de la Sierra, en La Rioja. / Justo Rodríguez

La sequía permite el reencuentro con sus orígenes a centenares de personas nacidas en pueblos enmudecidos bajo los pantanos

JOSEBA VÁZQUEZ

«Me entra una congoja y una cosa aquí, en la garganta...». Le brillan los ojos a Luis Medel Medel, de 76 años, que con 18 tuvo que abandonar su pueblo, Mansilla de la Sierra. Sin desearlo. Forzosamente. Como la mayoría de los 600 vecinos de la próspera población riojana que el Domingo de Ramos de 1960 quedó totalmente sumergida bajo las aguas de un pantano que anegó hogares, farmacia, iglesia, huertas, pastos, vivencias, travesuras, correrías... El escenario primigenio e irreemplazable de múltiples existencias condenado a morir por los siglos bajo el peso frío de un grueso manto líquido.

No es la primera vez que Luis pisa las ruinas de Mansilla y toca las paredes de la que fue su casa. Otras sequías anteriores, o desembalses técnicos, le han llevado, como ahora, hasta las calles de su niñez y juventud. «Con el tiempo te vas haciendo y tiras ‘palante’», dice, pero la visita genera siempre sentimientos contrapuestos. Por un lado, satisface cada reencuentro con los recuerdos, «pero uno no deja de sentir una nostalgia que da escalofríos». Piensa de forma idéntica Manuel González Robledo, natural de Talavera la Vieja (Cáceres), que también ha tenido esta semana la oportunidad de volver a pasear por los restos de su pueblo. «Verlo así resulta bastante más que doloroso». A la localidad extremeña se la bebió el Tajo en 1963. «La vida sigue, pero este es un sentimiento permanente».

Luis y Manuel no están solos en esta pérdida. Ni mucho menos. Comparten drama y estigma con decenas de miles de damnificados, morales y materiales, por la construcción de esos embalses que, principalmente en los últimos sesenta años del siglo pasado, provocaron en España la desaparición de numerosos núcleos de población. Guiados por una atracción irresistible, muchos de estos desterrados regresan a sus orígenes cuando el nivel del agua merma lo suficiente. Se reencuentran allí con un paisaje casi fantasmagórico, pero la llamada de las raíces y la nostalgia vencen a la pena. Son gentes expulsadas de sus tierras, nativas de localidades enmudecidas. ¿Cuántas? Levantar una presa conlleva algunas decisiones políticas, como el decreto de expropiaciones e indemnizaciones, que se supone inventariadas, pero en el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente dicen no disponer de un censo fiable. Y de las confederaciones hidrográficas consultadas solo la del Ebro ha aportado un dato exacto: 55 poblados desaparecidos y 7.911 personas desplazadas en su dominio. «Esta es una cuestión incómoda para las compañías hidroeléctricas», comenta el escritor Julio Llamazares, que nació en Vegamián, una de las ocho localidades leonesas ahogadas por el pantano de Porma en 1969.

400 poblaciones

A falta de un dato oficial que pulsar en el teclado, la cifra de núcleos afectados total o parcialmente por la edificiación de presas se acercaría a las cuatro centenas, según coincide un amplio listado de foros y blogs. En una cifra similar a la de la cuenca del Ebro, en Castilla y León se estima que casi otro medio centenar de pueblos duermen bajo las aguas. Algunos afectados, como el mansillano José Luis Ballesteros, primo de Luis Medel, piensan que «cuando las ruinas están tapadas estamos más tranquilos. Ojos que no ven...». Muchos otros opinan lo contrario, pero todos están de acuerdo en lo fundamental, la lucha contra el olvido. «Si volvemos es por algo», apunta Visitación Vázquez, nacida en Talavera la Vieja, como Manuel González. A sus 72 años, esta mujer dicta una sentencia emotiva. «A todos nos tiran nuestros recuerdos. Pueden quitarte tu pueblo, pero no la memoria».

«Hay que tener un respeto grande a una gente a la que le truncaron la vida» Julio Llamazares (escritor)

Es este un aspecto al que concede una importancia capital Julio Llamazares, que nació en realidad en Vegamián de forma accidental porque su padre, maestro, estaba destinado allí en aquel momento. «Solo viví en mi pueblo dos años, pero me siento muy vinculado a él y la sensación de pérdida la tengo igual». Su análisis del fenómeno es muy crítico, lo que le lleva a plantear una reivindicación concisa. «Los damnificados por los pantanos hasta han sido expulsados de la memoria y, en su caso, el olvido amenaza con convertirse en su patria -lamenta-. Merece un respeto grande la gente a la que le truncaron la vida, en algunos casos de verdad. Hay que recordar que en Riaño hubo dos personas que se suicidaron. La sociedad que se beneficia del sacrificio de esas personas tiene una deuda de reconocimiento con ellas y con su dolor». En ‘Distintas formas de mirar el agua’, una novela sobre el destierro y la añoranza publicada hace dos años, él rindió su particular homenaje a «quienes fueron expulsados de sus pueblos por los pantanos».

Difunde un discurso casi calcado el historiador malagueño Pedro Cantalejo, director de Patrimonio del Ayuntamiento de Ardales, próximo a Peñarrubia, pueblo andaluz de 1.751 vecinos engullido por el embalse de Guadalteba en 1973. «Esos pantanos producen mucha energía eléctrica que no beneficia a sus territorios ocupados, ni a sus habitantes. A estos se les perjudicó gravemente y solo recibieron unas indemnizaciones miserabilísimas, justiprecios lamentables, ante la indiferencia de aquellos ayuntamientos y alcaldes. El mayor beneficio es para las grandes compañías eléctricas», censura Cantalejo.

Necesidad y daños

«Se sabe -afirma Llamazares- que el pantano de Riaño fue una concesión del Gobierno de Felipe González a Iberduero por el cierre de la central nuclear de Lemoniz» tras el secuestro y asesinato por ETA del ingeniero José María Ryan.

Ni Cantalejo ni el autor de ‘La lluvia amarilla’ niegan la necesidad de dotar de embalses a «un país deficitario en agua». Ahora bien, «hay que considerar los daños colaterales y qué pantanos se hacen, cómo y para qué», apunta el novelista. España cuenta en la actualidad con 1.225, de los que 515 se construyeron entre 1940 y 1975. Durante la dictadura fascista de Franco se pasó de una capacidad total de 3.930 hectómetros cúbicos a 40.264, según las ‘Memorias políticas’ de Federico Silva Muñoz, que fue ministro de Obras Públicas entre 1965 y 1970. Antes del golpe de Estado de 1936 existían 210 embalses. Medio millar han sido inaugurados desde 1975, de ellos 45 en el presente siglo. El volumen conjunto de ellos es hoy de 55.973 hectómetros cúbicos, dedicados básicamente a abastecimiento, riego y generación de energía eléctrica. En algunos se hace además un uso recreativo.

En el caso de Llamazares se da la curiosa coincidencia de que uno de los técnicos responsables de la construcción de la presa que le dejó sin pueblo fue el también literato Juan Benet, ingeniero de profesión. «Con su habitual arrogancia me dijo una vez que yo era escritor gracias a él, pero no le guardo rencor». Una anécdota. Para el leonés lo importante es otra cosa: el reconocimiento a quienes los sucesivos planes hidrológicos privaron de una parte esencial de sus vidas, «los grandes olvidados del último medio siglo español».

Justo Rodríguez

Mansilla de la Sierra (La Rioja) Donde la piedra y el roble se resisten a caer

Si Vegamián tiene a Julio Llamazares, Mansilla de la Sierra puede presumir de otro nombre célebre también vinculado a las letras, el de Ana María Matute. La escritora barcelonesa pasó los veranos de su niñez y primera juventud en la casa de sus abuelos en la localidad riojana, de donde era su madre. Su cariño por este pueblo era tal que le dedicó un libro autobiográfico, ‘El río’, así como su discurso de ingreso en la Real Academia. Tras su muerte en 2014, la familia de la Premio Cervantes de 2010 decidió esparcir parte de sus cenizas en los bosques de Mansilla. «El pantano me robó el paraíso», escribió la novelista.

El recorrido por las ruinas, hoy completamente a la vista, se retrasa un tanto este domingo de septiembre. El lobo ha hecho aparición de madrugada y ha dado muerte al menos a dos ovejas de un vecino del nuevo Mansilla, el núcleo erigido en 1959 a apenas medio kilómetro del viejo. Aquí -«el pueblo de arriba»- solo viven ya, y en temporada de verano, tres de los habitantes del Mansilla inundado en 1960. Uno es Luis Medel Medel; otro, José Luis Ballesteros Medel. Tienen 76 años y son «primos carnales». Ballesteros es el padre del actual alcalde, José Manuel. Les acompañan Asunción Arroyo, esposa del primero, y la del segundo, Purificación Pablo, más la hermana de esta, Soledad. Ninguna ha nacido en Mansilla.

«Unos querían marchar y otros no. Había dos bandos, pero el que se rebelaba tenía problemas», relata José Luis. En pleno régimen totalitario franquista las cosas funcionaban así. Los más rebeldes, de hecho, fueron sacados a punta de mosquetón por la Guardia Civil. «Había un ingeniero en la confederación que todo lo que pedía el pueblo lo hacía al revés», se queja también Luis. «No tuvo valor para volver más por aquí. Y Franco tampoco vino a inaugurar este pantano». ¿Y las indemnizaciones? Casi mejor no hablar. «A los dueños de la mejor casa les dieron 70.000 pesetas. Al resto, menos», explican. «Y por una casa en el pueblo nuevo cobraban 315.000 pesetas, cuando en el centro de Logroño no llegaban a las 100.000», tercia Purificación.

Basta de lamentos. Luis y José Luis recuerdan los bailes junto a la iglesia en verano, que se trasladaban en invierno al salón cubierto, El Cabildo. «A peseta la entrada para nosotros. Las mujeres no pagaban». Después de 57 años sometidos a la erosión del agua, entre el monocromo de arcilla seca destaca y provoca asombro el estado de conservación de muchos de los muros de casas y edificios. Dinteles y jambas de algunas puertas y ventanas parecen casi nuevos. Construcciones robustas, de pedernal y de roble cortado en luna menguante de enero, más resistente. Debía ser así. En Mansilla, a más de 900 metros de altitud, «muchos inviernos íbamos a la escuela con nieve hasta la rodilla». ¿Este pueblo era rico, no? «Sí», admite José Luis. Llegó a ser cabecera de la comarca de las Siete Villas, tenía tres plazas y nueve puentes sobre los ríos Gatón, Najerilla y Portilla.

Es domingo, es fiesta, lo que ha traído hasta aquí a bastantes curiosos. Algunos interrogan interesados a Luis y José Luis. Los observan como a ejemplares admirables. Lo son.

Lorenzo Cordero/Paisajes Españoles/Juan Núñez-Romero Cortés

Talavera de la Vieja (Cáceres) Tres milenios de historia ahogados por el Tajo

El grupo ha elegido una mañana calurosa para la visita. Aunque en estas fechas, en Cáceres, es difícil encontrar días más frescos. Casi 30 grados. No importa. La ocasión de reencontrarse con las ruinas de Talavera la Vieja, la querida, la añorada Talaverilla, eleva la temperatura anímica pero hace mucho más llevadera la meteorológica. El pantano de Valdecañas, el séptimo más grande de España, con su presa terminada en 1963, se encuentra este martes al 36,6% de su capacidad. Suficiente para dejar al descubierto el pueblo, asentado en un extremo del embalse, en la elevada orilla izquierda del Tajo. Por ello, los ingenieros decidieron en su momento derribar las casas y la iglesia porque algunos tejados y torres hubieran quedado perennemente a la vista. Y haría feo...

Emoción a flor de piel. Incluso para Felipe Vázquez, de 72 años, que ha pateado ese mismo polvo y esas piedras silenciosas decenas de veces. Van con él su hijo Raúl, su nuera Guadalupe, sus nietas Rocío y Macarena -es importante que las nuevas generaciones conozcan la historia y la ignominia sufrida por sus mayores-, Manuel González, Visitación Vázquez y el matrimonio formado por Pilar Barroso y Flavio Arroyo. Los cuatro últimos y el propio Felipe nacieron en la desaparecida Talavera la Vieja y superan la setentena. Todos viven ahora a veinte minutos en coche, en Rosalejo, uno de los pueblos creados por el Instituto Nacional de Colonización para reubicar a los desplazados. No obstante, muchos emigraron a Madrid, Barcelona, Valencia o Euskadi. Por ahí se repartieron Felipe, Manuel, Visitación, Pilar y Flavio, aunque, antes o después, como tarde tras la jubilación, los cinco volvieron a Extremadura.

«Tengo al pueblo en mi mente continuamente», confiesa Pilar, que vivió con Flavio en Valencia dedicados a la venta de fruta y verduras. «Siempre es penoso verlo así, pero casi es más doloroso no verlo. Esto te remueve el cuerpo, pero mientras viva y pueda vendré». No coincide de pleno su marido, que piensa que «si no lo ves casi estás más a gusto». «La primera vez fue muy duro, lloré muchísimo. Sigo teniendo un recuerdo traumático», dice Flavio. A Visitación, que vendía leche y quesos en Talaverilla, le aflige «una sensación de angustia y de pena muy grande».

Felipe tenía 16 años cuando tuvo que abandonar el pueblo y recuerda indignado las indemnizaciones «de vergüenza» que recibieron los vecinos: 10.000 pesetas para los mayores de 18 años y 20.000 para los matrimonios. Por entonces, una vivienda modesta en los tradicionales destinos de emigración venía a costar en torno a las 120.000 pesetas. Los nativos consideran «una paradoja» la construcción del pantano cuando hacía cinco años que contaban con sistema de regadío. «Es como si a un niño que empieza a crecer le cortas las piernas o los brazos», compara Felipe. Talaverilla, con casi 2.000 habitantes, «era un pueblo grande y rico». Contaba con cinco bares, dos salones de baile, cine, dos médicos...

Y atesora también una valiosísima historia. Está documentada su existencia en el milenio anterior a Cristo, con asentamientos vetones, celtas y carpetanos, Y, sobre todo, su pasado como la Augustóbriga romana, a la que Vespasiano concedió la ciudadanía en el año 74. De ella datan los Mármoles, un pórtico de Curia del siglo II, considerado como el único que se conserva en todo el mundo romano. En el retablo de su iglesia lucían además tres cuadros del Greco que representaban la coronación de la Virgen, a San Pedro y San Andrés y que ahora alberga el Monasterio de Guadalupe.

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