El primer grafiti de la galaxia

Peter Beck, el joven ingeniero que dirige Rocket Lab, posa orgulloso con su 'Estrella de la Humanidad'. / r. c.
Peter Beck, el joven ingeniero que dirige Rocket Lab, posa orgulloso con su 'Estrella de la Humanidad'. / r. c.

Un empresario neozelandés lanza al espacio una 'estrella artificial' como regalo a la Humanidad, pero irrita a los astrofísicos por contaminar el cielo

IRMA CUESTA

El bueno de Peter Beck, un joven neozelandés fundador y director ejecutivo de la empresa californiana de ingeniería espacial Rocket Lab, lleva varios días tratando de entender por qué su fantástica idea no ha sido tan bien recibida como esperaba. El científico, capaz de convencer a un buen puñado de inversores multimillonarios para construir cohetes comerciales ligeros y rentables, acaba de colocar en el espacio una esfera geodésica plateada giratoria para alegría de muchos y enfado de otros tantos.

Bautizada como 'Estrella de la Humanidad', fue construida para reflejar la luz del Sol y convertirse en un «recordatorio para todos en la Tierra de nuestro frágil lugar en el universo», según explicó Beck. La 'bola estelar', que recuerda a las que colgaban del techo en cualquier discoteca setentera, parpadea mientras orbita alrededor de nuestro planeta cada 90 minutos; refleja los rayos del Sol y crea en el proceso una luz destellante visible desde cualquier parte del Globo, de manera que se ha convertido en el objeto más brillante del cielo nocturno y lo seguirá siendo durante los nueve meses que durará su viaje hasta que regrese a la atmósfera.

Una fantástica noticia para los aficionados a entretenerse mirando el cielo y descubriendo sus secretos, pero un incordio para algunos astrónomos, que tienen la impresión de que también el éter se está llenando de basura.

'La bola estelar' refleja los rayos del Sol, lo que la hace brillar sobre la Tierra

En declaraciones al periódico británico 'The Guardian', Richard Easther, un prestigioso astrofísico de la Universidad de Auckland, ha asegurado esta semana que Rocket Lab puede estar interfiriendo en el trabajo de muchos de sus colegas debido a la contaminación lumínica, aunque esa no haya sido su intención. «Este caso no será un gran problema, pero la idea de que se convierta en un fenómeno común, especialmente a mayor escala, sacaría a los astrónomos a la calle», afirma Easther.

Mucho menos diplomático ha sido alguno de sus compañeros de profesión. Mike Brown, del Instituto Tecnológico de California, publicó en su cuenta de Twitter horas después del lanzamiento: «Guau. Grafiti espacial intencionadamente brillante a largo plazo. Muchas gracias, @RocketLab».

Tampoco le ha hecho ni pizca de gracia a Caleb Scharf, director del departamento de Astrobiología de la Universidad de Columbia. El profesor ha utilizado la revista 'Scientific American' para asegurar que la estrella que se ha sacado de la manga el señor Beck «representa otra invasión a mi universo personal, otro ítem ostentoso que ruega ser visto. Seguro que la mayoría de nosotros no piensa que es agradable que yo ponga una gran luz estroboscópica parpadeante en un oso polar, o el eslogan de mi compañía en el Everest», señala.

Un mensaje al mundo

Frente a esas voces, Beck justifica la ocurrencia con un alarde de sensiblería: «No importa qué estés haciendo en el mundo o qué esté pasando en tu vida, todos podremos ver cada día la estrella en el cielo. Espero que quien lo haga se percate de la inmensidad del universo y eso le lleve a pensar sobre su vida, lo que hace, y lo que es importante para la humanidad».

El joven CEO presenta su estrella como un regalo que partió rumbo al cielo el domingo 21 de enero, el mismo día en que la 'startup' californiana anunció el lanzamiento con éxito de Electron, un cohete desechable que carga tres satélites -uno que tomará imágenes de la Tierra para la empresa estadounidense Planet Labs, y dos para capturar datos meteorológicos y de seguimiento de buques para Spire Global-, además de la ya famosa 'Estrella de la Humanidad'. Su 'botadura', la primera de estas características que se realiza en Nueva Zelanda y que ha partido de una base privada, es el resultado de una década de trabajo liderado por Peter Beck, un piloto de 40 años que nació soñando con crear una compañía aeroespacial y lo consiguió.

Tanto esfuerzo para recordarnos lo poco que somos frente a la inmensidad del universo solo ha conseguido levantar de sus asientos a buena parte de la comunidad científica. Mientras ellos alimentan el debate, al resto de los mortales nos queda mirar al cielo a ver si hay suerte y la encontramos.

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