Mucho más que un milagro de los vikingos

Islandia celebra con
sus aficionados uno 
de sus éxitos en la 
última Eurocopa. / Afp
Islandia celebra con sus aficionados uno de sus éxitos en la última Eurocopa. / Afp

Islandia, que alcanzó los cuartos en la Eurocopa, se convertirá en el país menos poblado en jugar un Mundial. En 2000 inició un plan que ha sido todo un éxito

FERNANDO MIÑANA

Y de repente, unos aullidos. Unos grititos histéricos, más una celebración que una narración, todo lo que pudo salir de la garganta de Gudmundur Benediktsson, el exjugador que retransmitía el Islandia-Kosovo para la televisión, que no pudo articular palabra cuando, en el minuto 67, los islandeses marcaban el 2-0, sentenciaban el partido y se aseguraban la clasificación, por primera vez en su historia, para una Copa del Mundo de fútbol.

Esto ya no es un milagro, una casualidad o una conjunción astral. Detrás del sólido fútbol islandés, que alcanzó los cuartos de final de la última Eurocopa y ahora su primer Mundial, hay mucho más que suerte u orgullo vikingo. Aunque algo de eso también hay porque en el penúltimo partido de clasificación, en Reikiavik, la selección perdía 1-2 contra Finlandia en el minuto 90. En la prolongación fueron capaces de anotar dos goles y voltear el resultado (3-2).

Y de repente, unas lágrimas. Las de Eidur Gudjohnsen el 19 de noviembre de 2013. Aquella noche, Islandia jugaba el partido de vuelta contra Croacia en la repesca con la ilusión de clasificarse para el Mundial de Brasil. En la ida, en la capital de la gélida isla, empataron a cero, pero en Zagreb cayeron por 2-0 y Gudjohnsen, su mejor futbolista de siempre, el hombre que llegó a jugar en el Barcelona, era incapaz de responder al periodista que le preguntaba si había sido su último partido. Solo podía llorar.

Y de repente, un grito. Aquella selección se rehizo y, siguiendo el plan trazado, no paró hasta lograr su objetivo, acabar con su vieja frustración. Porque los futbolistas islandeses estaban hartos de una frase que dolía como un látigo. «De niño siempre te decían que era una lástima jugar en un país que nunca disputaría una gran competición», recuerda ahora Kolbeinn Sigthorsson, que llegó a militar en el Ajax y el Galatasaray.

Y después de aquel desencanto ante Croacia en 2013, los vikingos lograron, por primera vez en su vida, dos victorias seguidas durante la fase de clasificación para la Eurocopa. Al final del camino habían tumbado a rivales como Turquía, la República Checa o la mismísima Holanda. Y, ya en Francia, tras la fase de grupos, derrotaron a Inglaterra en los octavos de final. Aquel día, como en otros anteriores, personas de todo el mundo se enamoraron de aquellos desconocidos y sus fantásticas celebraciones. Al acabar los partidos se iban a buscar a sus seguidores y repetían el mismo ritual. Dos golpes de tambor seguidos de un grito de los jugadores y el golpe de las palmas de los fans. Silencio y otra vez. Un silencio más breve y otra más. Hasta que todos, jugadores e hinchas, aplaudían y gritaban eufóricos.

Llegaron a recibir el apoyo en el estadio de 27.000 islandeses. Ni más ni menos que el 8% de su población. Porque Islandia, con solo 335.000 habitantes y el doble de ovejas, se va a convertir en verano en el país menos poblado en jugar un Mundial. Hasta ahora ese honor recaía en Trinidad y Tobago (1,3 millones).

«¡No me despierten!»

Y de repente, la alegría. La de aquella Eurocopa de Francia donde llegaron hasta los cuartos de final, donde les apearon los anfitriones. Antes de eso, el histórico triunfo ante Inglaterra, el día en el que su célebre narrador, conocido familiarmente como Gummi Ben -internacional entre 1994 y 2001-, gritó a todo pulmón: «¡Esto es un sueño! ¡Nunca me despierten de este sueño increíble!».

Y de repente, el cambio. Antes de este siglo, Islandia era el típico regalo para las grandes selecciones en las clasificaciones de Eurocopas y Mundiales. Un combinado situado en el número 131 del ránking internacional. Pero con el cambio de siglo se urdió un plan para cambiar su historia. Para burlar el frío, el terrible frío que disuadía a los niños de jugar al fútbol, construyeron varios campos bajo techo. Al mismo tiempo, formaron a un batallón de entrenadores hasta contar con 600 técnicos dispuestos a trabajar con los nuevos chicos que fueran llegando. Inaudito: tenían a un entrenador por cada 550 habitantes.

Y al frente de la selección colocaron al sueco Lars Lagerbäck, que llegó con un lema en la boca: «Si tienes el equipo mejor organizado, siempre tendrás una opción de ganar». Islandia sumó a su corazón vikingo el orden, un conjunto sin fisuras, y muchas jugadas ensayadas. Sus futbolistas crecieron y viajaron a las ligas profesionales, como Gylfi Sigurdsson, su gran estrella, fichado este año por 45 millones de euros por el Everton. Lagerbäck se marchó y ahora la dirección está en manos del que era su ayudante, un dentista islandés llamado Heimir Hallgrimsson que ha seguido con las líneas maestras de su predecesor: orden y coraje.

Y de repente, un modelo. Ya no queda nadie que piense que esto es fruto del azar. Se han rodado documentales como 'Inside a volcano' o libros como 'Sport in Iceland', que aborda también el ejemplo del balonmano (Islandia ha sido subcampeona olímpica).

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