Donde las fachadas dan las horas

Reloj de sol de la ruta de Otos.
Reloj de sol de la ruta de Otos. / l. G.

Otos ofrece un plácido encuentro con el tiempo a través de los relojes de sol

LAURA GARCÉS

Dispóngase a recorrer una ruta jalonada por las horas. Si viene, sepa que puede desabrocharse el reloj de la muñeca y dejarlo en casa. No tema quedarse sin hora y verse obligado a andar pidiéndola prestada. Créame, dónde hoy vamos a ir no la va a necesitar. Un pueblo valenciano le ofrece la oportunidad de librarse de llevar el tiempo atado a su cuerpo, pero sin negarle el derecho a saber qué momento vive. Una plácida experiencia de la que puede disfrutar en Otos, en la Vall d'Albaida, a 110 kilómetros de Valencia.

Un cartel en la entrada advierte al viajero de que se encuentra en el 'poble dels rellotges de sol'. Y empieza la aventura. 'La norma no es un dogma' da título a la obra de Alfaro que preside la plaça del Llaurador. Es el primer reloj de sol con el que se va a encontrar, el de mayor dimensión, el que empuja a la curiosidad a callejear con la fundada esperanza de descubrir los tesoros -algunos con firma de artista- que esconde un mapa trazado por el Ayuntamiento de la localidad allá por 2006.

Cuando se detenga ante uno de los relojes de sol que muestran las fachadas -lo advierten las indicaciones- si es verano deberá sumar dos horas a la oficial. Si su visita es en invierno bastará con añadir una. Ante la necesidad de realizar ese cálculo, tal vez se pregunte que si no lleva reloj, cómo comprobará el horario que dejó en casa. No se inquiete. El campanario de la iglesia de La Inmaculada le echará una mano, regalándole amable y sonora respuesta.

Camine fijando la mirada en las alturas de las casas y ante sus ojos se desplegará el desfile de cronógrafos con el que Otos convierte el tiempo en una dimensión plástica casi tangible. 'Meló Soleil' salió de la creativa mente de Artur Heras, que hizo de una porción de sandía un reloj de sol amenazado por un cuchillo que, ejerciendo de gnomon, corta el tiempo marcando las horas con la sombra que proyecta. 'Polifemo' es el nombre que Manuel Boix dio a la obra que plasmó entre dos balcones de una pared blanca. Allí pintó el ojo del cíclope atravesado por una larga aguja que indica el instante.

Al recorrido se suman Rafael Armengol con su 'rellotge dels pimentons' y los trabajos de Rafael Amorós, Antoni Miró, Joanma Tormo, entre otros artistas que un día quisieron formar parte del proyecto que nació de la mente de un matemático vecino del pueblo, Joan Olivares. La libertad creativa y la ciencia exacta se aliaron para salpicar las calles, también algún enclave de los alrededores, con tan curiosos indicadores.

Los años trajeron más. Tantos que la documentación que ofrece el Ayuntamiento apunta treinta, dos en el propio edificio consistorial, el antiguo Palau de Sant Josep, que da la hora en la puerta y la vuelve a ofrecer en el patio.

Cada pieza emite su propio mensaje. El del panadero que quiso traducir su oficio a un lenguaje de minutos, el del vecino que desde su casa pintada de verde esperanza le regala el optimista mensaje de que el astro rey sale para todos o aquel que le recuerda la llamada a aprovechar el tiempo. Todos están ajustados, lo advirte el Consistorio. Joan Olivares supervisa cada pieza. Él sabe cómo y dónde hay que colocar la gran manecilla para garantizar la precisión y fidelidad del artilugio. El resto queda en manos de la luz.

Se ofrecen rutas oficiales guiadas para conocer los relojes. En verano se suspenden porque los organizadores apuestan por evitar el calor, si bien cabe concertar cita. Cuando el termómetro se relaje volverán las habituales de cada mañana de domingo.

Siga el sendero de las horas que se miden en la batalla que libran la luz y la sombra cuando ambas, combinadas como corresponde, se reflejan sobre los muros encalados de un pueblo donde pocas esquinas y rincones dejarán de sorprenderle.

Es una visita que reclama elevar la mirada. Si se decide por llegar hasta allí, disfrutará de los secretos de la medida del tiempo y de bellas muestras de rejas y balcones en los que algunos vecinos colocan veletas para que tampoco la orientación espacial se pierda.

Fotos

Vídeos