Divorcio a los 50

Los jueces aseguran que es importante ponerse en manos de un buen abogado. / goodluz

En los últimos años el número de personas que han cumplido medio siglo y deciden poner fin a su matrimonio no ha parado de aumentar. Las reglas del juego, dicen los expertos, han cambiado

IRMA CUESTA

Hace unos años, un famoso escritor alemán preguntó a un colega de 65 años que acababa de divorciarse por qué lo había hecho. El hombre, sin pensarlo, contestó: «Mi mujer no soportaba cómo cerraba el tubo de la pasta de dientes». La respuesta, por cáustica que resulte, resume a la perfección lo que cada año le ocurre a cientos de parejas maduras. Después de décadas de convivencia y de haber sacado adelante una familia, lo más insignificante puede abrir la caja de los truenos.

Algo así le ocurrió a María. Veintiséis años y dos hijos después de haber prometido amor eterno a Fernando, tomó la decisión de separarse. Con la niña trabajando y el chaval a punto de terminar la carrera, María puso fin a una relación que llevaba años haciendo agua. «Hemos evolucionado de manera distinta. Nuestros gustos, las cosas que nos interesan o emocionan no tienen nada que ver. Sin quererlo, empezamos a dejar de compartir otra cosa que no fuera la casa o la educación de los niños», dice esta médico de 55 años, que asegura que no es necesario que haya terceras personas para que una pareja madura decida seguir cada uno por su lado.

Fernando y María protagonizaron uno de los 33.890 divorcios que tuvieron lugar en España el año pasado entre mayores de cincuenta años, sector de población en el que las rupturas, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), no han dejado de crecer: un 4,6% en 2016 con relación a 2015 y un 30% respecto a 2013.

Luis Zarraluqui, socio director de un bufete especializado en asuntos de familia, opina que este fenómeno es la lógica consecuencia de la realidad actual. «Por un lado, la vida es cada día más larga. Un colega inglés me comentaba ayer que en Gran Bretaña el número de matrimonios entre mayores de 65 ha crecido de manera exponencial en los últimos años. Normal, no sólo vivimos más, sino que llegamos mejor a viejos, en todos los sentidos. La otra variable incontestable es la incorporación de la mujer al mercado laboral. Hace tiempo que dejaron de ser dependientes, en muchos sentidos, de sus maridos».

El abogado asegura que sobre esas dos realidades se explica lo que está pasando. «Por si eso fuera poco, nuestras relaciones cada vez son más abiertas, nos cruzamos con más gente y es imposible no hacer comparaciones. En casa tenemos un marido que ni se sabe el tiempo que hace que no nos ha dicho lo guapas que estamos y al llegar al trabajo un compañero nos dice todas las mañanas que nos encuentra guapísimas. Tienes que estar muy bien para que la comparación aguante el envite».

Por el bufete de Luis Zarraluqui pasan todo tipo de procesos. «Estoy divorciando a señoras de 60 y 65 años estupendas, y aunque a cada caso lo rodean sus propias circunstancias, en muchos se dan las dos variables de las que hablamos: aún se sienten jóvenes, sus hijos ya no dependen de ellas y tienen independencia económica. Las reglas del juego han cambiado y ya no tiene que ser una tercera persona el detonante».

También José Luis Utrera, titular del Juzgado de Primera Instancia número 5 de Familia de Málaga con 20.000 sentencias de divorcio a su espalda, cree que el incremento de rupturas en parejas maduras puede tener mucho que ver con que termina la necesidad, o el deseo, de mantener la apariencia de normalidad por el bien de los hijos. El magistrado opina que, en cualquier caso, suelen ser el resultado de crisis que se arrastra, y asegura que pese a que en las estadísticas crece el número de separaciones y divorcios por mutuo acuerdo, el 30% suelen ser traumáticos y un tercio de ellos muy traumáticos. No existe un patrón que haga suponer que el proceso va a ser más o menos complicado. «Influyen muchas cosas, entre ellas la elección del abogado. Un buen profesional debe tener talante negociador y estar formado en asuntos de mediación, porque es importante. Además, el ciudadano llega al juzgado con una información parcial, fundamentalmente jurídica o económica, pero debe saber que todo esto tiene una carga psicoemocional y que debe resolverse lo mejor posible; para empezar, separando la ruptura de pareja de la parental. Uno se separa de su mujer o marido, no de sus hijos. Cuando la pareja es mayor, los hijos suelen ser adultos y la separación tiende a ser menos traumática para las partes».

Sin salida

La relación de Ricardo (55) y Helena (52) llevaba enquistada mucho tiempo. Después de cada enfrentamiento dejaban de hablarse durante días con la idea de que el tiempo se encargaría de poner las cosas en su sitio, pero cada bronca abría nuevas heridas que nunca terminaban de curarse. Aquello derivó en una convivencia salpicada de desprecio hasta que una noche él se sentó en el sofá, apagó la televisión y le dijo a Helena que la relación que habían iniciado 23 años antes se había terminado.

Eduardo Brik, fundador y director de Itad, una clínica madrileña que lleva 20 años ofreciendo tratamiento integral especializado en terapia familiar, asegura que el caso de Ricardo y Helena es un clásico; que cuando se dan ese tipo de indicadores -parejas que discuten continuamente, que se faltan al respeto, que mantienen una sensación permanente de desamor...- se está a las puertas de un divorcio.

«Suele ocurrir con las relaciones largas que no han tenido muchas experiencias previas al matrimonio y donde, cuando el nido se vacía, el móvil para estar juntos desaparece. Además, el mito del amor romántico, del 'hasta que la muerte nos separe', ha desaparecido y ya no existe exigencia religiosa o social que lo sostenga».

El doctor mantiene que a esas circunstancias hay que sumar que ahora mucha gente pese a haber cumplido medio siglo no ha madurado. «Son personas que creen ser jóvenes o que quieren seguir siéndolo, que se empeñan en correr maratones, en tener el aspecto de un chaval de 25 y que incluso envidian a sus hijos», dice dejando otro asunto sobre la mesa: «El alcohol y las drogas, del tipo que sean, son mortales para la relación de pareja».

Otro de los datos que arrojan las estadísticas del INE respecto a 2016 es que la duración media de los matrimonios es de 16,3 años, cifra superior a la de 2015 y que también lleva a engordar el nicho de parejas que rondan los cincuenta. De hecho, el 31,6% de los divorcios se produjeron después de 20 años de matrimonio o más, y el caso de las separaciones aún es más representativo: la mitad de los matrimonios separados el año pasado tuvo duró al menos dos décadas.

En cualquier caso, la mayor parte de los profesionales coinciden en que no sólo la frontera de los 50, también la de los 65, resulta letal para los matrimonios peor avenidos. De hecho, el número de divorcios de personas mayores de 60 pasó de 3.636 en el año 2005 a 9.541 en 2015.

Lo bueno de todo esto es que, tengamos la edad que tengamos, seguimos intentándolo. El año pasado, el número de matrimonios en los que el novio o la novia pasaba de los 60 creció el 101% y el 131%, respectivamente. La esperanza es lo último que se pierde.

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