CRÓNICAS DEL NO VERANO DESDE SHANGHÁI EUGENIA GARAYCharlas en mandarín

Vértigo. A mi espalda, la torre de Shanghái, el edificio más alto de China.
Vértigo. A mi espalda, la torre de Shanghái, el edificio más alto de China. / e. garay

Desde el rector a la cajera del súper, todos quieren hablar contigo cuando ven que sabes chino. Está claro, conocer idiomas te abre muchas puertas, y también la mente

Hoy he empezado el día con el pie derecho; he conseguido ni más ni menos que despertarme a las seis y media de la mañana. ¡Quién sabe, a lo mejor mañana me quedo en la cama hasta las siete! Sin embargo, el viernes pasado no fue un día de suerte. Por la mañana fuimos al centro de Shanghái para hacer una prueba de chino. En uno de los trayectos en metro, unas veinte paradas, de repente lo vi: un asiento libre. No acababa de sentarme cuando los gritos de un niño me devolvían a la realidad; tuve que cederle el sitio. Veréis, el metro en China es bastante peculiar; en el andén hay una barrera de cristal, de forma que, en caso de que se te ocurriese tirarte a las vías, no tendrías otra que cambiar de idea.

Una vez a bordo, lo primero en llamar la atención son las pantallas; en todos los vagones hay televisiones. Todavía me pregunto cuál es su finalidad, ya que en todo el tiempo que llevo aquí no he visto a nadie siquiera inmutarse por su existencia. Están demasiado ocupados mirando sus móviles. También sorprende la extensión de cada línea y del mapa del metro. El de Bilbao consta de tres líneas, si no me equivoco; bien, el de aquí lo componen dieciséis, algunas con más de treinta paradas. Vamos, un laberinto.

¿Por dónde iba? Ah, sí, tras un agotador viaje llegamos, por fin, al lugar donde haríamos la prueba; consistía en un simulacro de examen para ver qué tal iba la cosa. Al parecer, todos los examinadores de la sala se pusieron de acuerdo en contar sus planes para el fin de semana justo mientras yo hacía la parte que requiere mayor concentración. En cambio, cuando tenía una duda, era como si se hubiesen evaporado, no había nadie para resolverlas. Para colmo, cuando después de un par de horas estrujándome el cerebro terminé y fui a consultar mi nota, algún espabilado había apagado el ordenador. Dos horas a la basura.

No quería ni comer del cabreo; hasta que llegamos a un local 'español' en el que servían churros con chocolate. Por supuesto, no tenían ni color con los de la churrera de mi pueblo, pero sirvieron para aliviarme las penas. En fin, espero que en el examen de verdad a nadie se le ocurra apagar ningún monitor. De lo contrario, necesitarán algo más que dulces para quitarme el disgusto.

Menos tópicos

Cuando empecé a estudiar chino, con apenas nueve años, jamás pensé que llegaría el día en que fuese capaz de mantener una conversación como la de hoy. Después de las clases he ido al comedor; ahí estaba el rector de la universidad, con el que suelo charlar de vez en cuando. Me he sentado con él y hemos empezado a hablar sobre diversos temas, entre ellos la diferencia entre el 'Sanghai hua' (dialecto de Shanghái) y el chino mandarín, sobre la intermediación entre empresas y sobre el éxito. La verdad es que es un placer conocer gente así; hoy me he dado cuenta de lo bueno que es aprender un idioma distinto. No solo te abre puertas en el ámbito laboral, sino que también te abre la mente, te permite conocer gente con la que jamás habrías creído que podrías llegar a conectar, gente tan interesante como la persona de la que os hablo.

Es más, una vez conocida la lengua, la gente de ese país inconscientemente es más abierta contigo. Tiene curiosidad sobre ti y no se corta en preguntarte lo que le plazca, ya puede ser la cajera del súper, el vigilante de la universidad o el mismísimo rector. De todas, todas, acabarás por charlar con ellos. Entonces es cuando te das cuenta de que sabes el idioma y de que quieres conocerlo más.

Creo que no llegas a comprender la cultura de un sitio hasta que hablas con su gente. Puedes conocer su historia, sus costumbres, sus tópicos y tal, pero no la realidad. Un país lo compone la gente que lo vive, que lo hace ser lo que es. Cuando hablas de China muchos lo relacionan con las 14 horas de trabajo diarias, los rollitos de primavera y trivialidades así. No, no hay rollitos; sí, mucha gente trabaja en no muy buenas condiciones, pero fuera de todo eso ves que no por ello dejan de ser felices; aquí aprendes a no quejarte. ¿Que se estropea algo? Estaba tardando en romperse. ¿Que hacen cuarenta y pico grados y no hay dónde bañarse ni fuente en la que beber? Mira el lado bueno, el botellín de agua te sale por menos de cincuenta céntimos. ¿Que comes día tras día lo mismo? En España comemos día tras día pan y nadie dice nada.

Por lo que yo he visto, China es un país donde, por regla general, nadie mira por encima del hombro al de al lado, donde la educación no se ve en la mesa pero sí en muchos actos cotidianos; es un país al que pienso volver. La razón por la que nadie muestra superioridad es simple: prácticamente no hay clases sociales. Como la gran mayoría de la población pertenece a la misma clase trabajadora, o, en caso de tener más poder adquisitivo, ha ascendido desde abajo, nadie se cree más que los demás por tener mayor capital o vivir en el centro de la ciudad en vez de en los suburbios. Además, tampoco hay gran diferencia entre lo uno y lo otro, salvo en la ubicación, la comodidad y los precios.

¡Pues como en cualquier otro sitio!, opinaréis. En realidad, no. A excepción de esos asombrosos rascacielos como los de la imagen de arriba, todos los demás edificios son prácticamente copias exactas. Pisos y pisos, idénticos todos ellos, de superficies claustrofóbicas. He visto alguno por dentro y confieso que, si quieres vivir en una de estas casas, o eres una máquina jugando al tetris o te costará aprender a acomodarte en espacios tan pequeños. Da igual si vives al lado de un hotel de gran lujo o entre puestos de fruta y ropa barata, tu casa será, probablemente, de las mismas dimensiones y aspecto que el resto de los tropecientos mil bloques que inundan la ciudad.

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