CRÓNICAS DEL NO VERANO DESDE SHANGHÁI EUGENIA GARAYMil ojos me vigilan

La Venecia china. Canales en un pueblecito a la afueras de la ciudad de Hangzhou. / r. c.
La Venecia china. Canales en un pueblecito a la afueras de la ciudad de Hangzhou. / r. c.

Los chinos, poco acostumbrados a los extranjeros, no disimulan su curiosidad. Me han sacado más fotos que a Scarlett Johansson en la alfombra roja

Hoy ha sido un día muy interesante; tras estudiar horas y horas y salir a cenar pinchos a uno de esos sitios que no pasarían los controles de higiene ni aún sobornando al encargado de inspección, he ido al supermercado a comprar peces. Sí, peces. En la entrada de la residencia en la que nos alojamos hay una pecera llena de porquería (estoy segura de que los escupitajos que tiramos desde el último piso, cuando encestamos, contribuyen a que el agua esté cada día más sucia) con un solo pez. Un solo y triste pez. Esto no podía seguir así, y hoy he decidido llevarle nada menos que tres peces más al conserje. Después de esta buena obra, estoy segura de que no volverá a chivarse de que fumo en el tejado alguna que otra noche.

La verdad es que no me han salido caros, tan solo unos diez yuanes (poco más de un euro); aunque si no me hubiese dejado este domingo la mayor parte del presupuesto del mes en un bolso de imitación no me habría dolido darle ese billete a la cajera en absoluto. Y es que hemos ido a Nanjinglu, una calle para los más adinerados de Shanghái. Tengo que confesar que, en vez de entrar en esas tiendas de marca tan caras, he optado por ir a un cuchitril lleno de bolsos y relojes falsos, cuya dirección no pienso desvelar por el bien de los propietarios. Espero que, si por algún casual estáis leyendo esto, la próxima vez me lo dejéis más barato todavía.

En fin, esta semana toca recuperar fuerzas, y es que el sábado nos levantamos a las cinco de la madrugada para ir a Hangzhou. Puede que esta ciudad no os suene, pero tiene más de nueve millones de habitantes (bien es cierto que en este país no es decir demasiado). Está en la parte final del río Qiantang, que desemboca en el delta del Yangtsé, y además de tener bastante industria es una de las más turísticas de China. Merece la pena visitar su famoso Lago del Oeste, situado en medio de la ciudad. En sus orillas hay unos jardines preciosos, y desperdigados por la zona se pueden visitar pagodas, templos y otros edificios singulares.

Nuestra excursión a Hangzhou terminó con una visita a un pueblo con canales que recuerdan a los de Venecia. Tras pasar todo el fin de semana de un sitio a otro con un calor que ni en el Sahara a mediados de agosto, lo único que queríamos era llegar cuando antes a la universidad; sin embargo, las cinco horitas de viaje programadas resultaron ser alguna que otra más. Después de coger un autobús, y luego otro que acabó por chocar con un neumático en medio de la autopista haciendo que se saliera el aceite del motor, y otro bus que vino en nuestra busca, y un metro, y otro metro, y otro bus, llegamos. Al parecer, la suerte no ha estado de nuestro lado; tendría que haberles dado de comer a los peces de la fortuna.

Una rutina agotadora

Bueno, esta semana puede resumirse así: cada día me despierto a la vez que el Sol (el que ponga una fábrica de persianas aquí se forra, lo digo como dato), y después de desayunar con un presupuesto de cinco yuenes (unos 60 céntimos de euro), los caracteres chinos se apoderan de mis horas. A las doce comemos y hasta las seis no salimos del recinto, a no ser que me dé por ir a por algún batido de a saber qué frutas. Cenamos, y paseamos rodeados de más caracteres, esta vez iluminados. Al entrar en la universidad, uno de nosotros acaba accediendo a sacar la tarjeta para pasarla por el detector y nos metemos todos corriendo cual estampida de búfalos antes de que cierre la barrera metálica. El cielo está negro y sólo son las ocho.

A veces jugamos alguna partidita de ajedrez, o nos damos una vuelta por la interminable universidad, que me parece cada día más pequeña, más familiar. Cae la noche y caemos nosotros redondos en la cama. ¡Creedme cuando os digo que China agota!

Me vais a permitir que os hable ahora sobre las peculiaridades de este país con las que se encuentra todo extranjero al llegar. En primer lugar, da igual dónde estés, qué vestimenta lleves, lo discreto que vayas, que siempre, repito, siempre, tendrás la sensación de que cientos de ojos achinados te persiguen. Esto se debe a lo poco acostumbrados que están los locales a ver a un extranjero y a su poco disimulo. No solo eso; en el tiempo que llevo aquí me han sacado más fotos que a Scarlett Johansson en la alfombra roja.

En segundo lugar, el clima. No hay día que no se evaporice un 50% de Eugenia debido al calor. A veces, de repente, cae una tormenta parecida a la descrita en el arca de Noé; pero no creáis que por ello los cuarenta grados ambientales vayan a disminuir. Otro aspecto del que es imposible librarse es el tráfico. Cada vez que voy a cruzar un paso de peatones me juego la vida; yo y todos. Aunque no sé si es mejor jugársela así que dentro de esa trampa mortal a la que llaman autobús. Aquí no hay límite de velocidad, no hay multas, dudo incluso de que haya una traducción en mandarín del término 'circular'.

Y luego está el idioma. Como no sepas decir las palabra básicas, o aprendes el lenguaje de signos o estás perdido. El inglés no es algo común, excepto entre los más jóvenes o profesores. En la calle no se usa, no se entiende, no te puedes manejar con él. Así que ahí va una clase exprés para sobrevivir en la selva oriental: «Duoshao qian?» sirve para preguntar por el precio de algo; «Wo dui le» si estás perdido; y «Xibanya dashiguan zai nar?» si no tienes otra que ir a la Embajada española.

Y, por último (podría hacer una lista interminable, pero necesitaría demasiadas columnas para ello), la comida. Se reduce a 'mifang' o 'miantiao', es decir, arroz o tallarines. Día tras día. Semana tras semana. Os hablo en serio cuando os digo que echo de menos hasta el puré de verduras, así que ¡disfrutadlo a mi salud!

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