CRÓNICAS DEL NO VERANO DESDE GUINEA

Tan lejos, tan cerca

Tiempo de amor. Uno de los cooperantes españoles acuna a un bebé. / c. lópez

«Quiero una Iglesia separada del Estado». Debatimos en la misión con jóvenes sobre sus inquietudes y aspiraciones sociales. Las mismas que nos han traído hasta este remoto pueblo guineano

CANDELARIA LÓPEZ

Ya va quedando menos. Un día, para ser precisos, pero es que han pasado todos tan deprisa... Parece que fue ayer cuando descendí del avión y puse por primera vez los pies en Guinea Ecuatorial, sin saber muy bien a lo que iba a enfrentarme. Después de esta semana en Nkué, estamos de vuelta en Ebibeyin, que ya es casi como encontrarnos 'en casa'. Mi compañero Alfonso y yo llegamos apretujados en un autobús. Mientras bajaban las maletas de la baca, ya corrían a nuestro encuentro Norma, Willy, Dalia y Pedro, gritando con una alegría desbordante: «¡Por fin han llegado! ¡Por fin han llegado!». Se tiraron a nosotros esperando besos y abrazos. Solo habíamos pasado con ellos una semana, una, y ya nos sentían como su familia. ¡Qué maravilloso es el cariño desinteresado!

Esta experiencia me reafirma en la convicción de que cuando te entregas, cuando abres el corazón sinceramente para darte a los demás, te vuelves vulnerable pero también más libre. Apenas siete días han bastado para sentir a la gente de esta comunidad como si les conociera de toda la vida, amigos con los que querría compartir miles de momentos más si pudiera. Pero sólo me queda un día, así que habrá que aprovecharlo como si no hubiera un mañana.

El Papa Francisco ha convocado un sínodo de la juventud para 2018. Quiere conocer de primera mano nuestra realidad y ajustar lo que haya que ajustar en la Iglesia para servirnos mejor. Sobre el terreno, las diócesis están ya celebrando reuniones con jóvenes para escuchar sus inquietudes, y este es precisamente el centro de nuestra misión aquí: la preparación, gestión y evaluación de la Jornada Diocesana de Jóvenes (JDJ).

En Nkué, ciudad que hace tres siglos fue el centro de irradiación de la labor de los primeros misioneros españoles, sólo se mantiene en pie una iglesia y algunas capillas dispersas por los pueblos de los alrededores. La organización de un evento para doscientas personas tiene las anécdotas previsibles, pero estamos en África, así que se triplican. ¿Que faltaban cosas? Sí, de todo. Y el concepto del tiempo... tan distinto en nuestras culturas. Nosotros, contrarreloj. Ellos, con toda la calma. Nosotros, al grano y más de una vez dando voces. Ellos, sumamente amables y ceremoniosos para pedir cualquier cosa.

Hablamos en español, pero la comunicación no está asegurada. Sin darse cuenta, pasan al fang y mezclan idiomas. A menudo, tenemos que hacer un esfuerzo de comprensión en medio de las prisas. Más de una vez, con todos a la mesa, no teníamos la comida suficiente. ¿Qué decirles? Toca distraer, hacer el rato ligero con música, y ahí sale su ancestro tribal. ¡Alucinante su manera de bailar! Aprovechamos entonces para salir en busca de algo que echarse a la boca en las tiendecitas del pueblo. Seis panes por aquí, cuatro por allá, y así hasta conseguir para los doscientos.

La mecha

Luego, a escucharles. Me da la impresión de que nunca se les ha preguntado su opinión sobre muchas cosas, y eso que varios del grupo pasan ya de los veinte años y tienen ideas claras. En las reuniones de la JDJ hemos querido conocer sus experiencias. Al inicio, todas las intervenciones eran formales, sin más. Hasta que una joven, con no poco valor, teniendo en cuenta que esto es una dictadura militar, lanzó: «Quiero una Iglesia separada del Estado». Y aquí se encendió la mecha del debate.

Quedó clara la necesidad de encontrar modelos para los jóvenes. Yo no me voy a permitir hablar de política local cuando sólo llevo en contacto con el país unas semanas. Estoy conociendo su realidad, pero es alentador ver que estos jóvenes están formados e informados. Para muchos, son la esperanza de un cambio. Se les ve expectantes, atentos a nuestras reacciones antes de manifestarse. Sus expresiones no son a veces fáciles de interpretar. Hay entre ellos grandes diferencias. Algunos vienen de situaciones más acomodadas. Otros no han tenido infancia, como Pedro Juan, que a sus 17 años lleva más de tres trabajando como taxista para pagarse su formación. Sí, conduce desde los 14 años todas la mañanas y va sacando los estudios por las tardes. Lo descubre con naturalidad, con la misma naturalidad que luego emplea para contar cómo se cazan elefantes, gorilas y anacondas cerca de su pueblo.

En estas misiones nos acompaña como corresponsable Menene, un guineano que estudia desde hace tres años en Madrid, en la Universidad Francisco de Vitoria, doble grado en ADE y Relaciones Internacionales. Es un chico muy simpático, y buen conocedor de ambas realidades. Nos entiende, les entiende. Y media. El mejor guía que podíamos encontrar. Siempre atento para aprovechar todas las oportunidades. Quiere completar su formación y regresar pronto a casa para contribuir a la transformación social de su país. Este verano son sus segundas misiones, antes estuvo en Argentina. Vamos, que no para.

Así van transcurriendo estos días para el grupo de españoles desplazados a Guinea Ecuatorial para preparar la JDJ. Hilvanando experiencias y tejiendo conclusiones. La principal, que la distancia no marca diferencias. Hemos compartido con jóvenes de lo más distinto a nosotros, y por otro lado tan iguales. Con los mismos temores, con idénticas aspiraciones. Hermanos en la vida.

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