Crónicas del no verano desde Guinea: Vidas duras y felices

Sonrisas. Candelaria posa en una calle de Ebebiyin con dos mujeres y sus niños. / c. lópez

Las privaciones que sufre la abuela Perpetua y la dramática existencia de Juan, el seminarista, no impiden a estos africanos darnos una lección con su alegría desbordante y sencilla

CANDELARIA LÓPEZ

Hoy hace una semana que llegamos a Guinea, país que ahora siento como mío; me veo como una andaluza de África, vamos. Me da la sensación de que ha sido mucho más tiempo: han pasado tantas cosas, tantas nuevas experiencias percibidas con todos los sentidos... Cada vez me golpea más el hecho de que este mágico continente sea quizás el más rico y a la vez se vea tanta injusta distribución de los bienes materiales. Pero, ¿no será también que la gran riqueza de África es su gente? Os hablaré de dos personas muy especiales.

La señora Perpetua cada día nos da de comer en su casa. Desde que llegamos, le hemos dado una cierta cantidad de francos de la República Centroafricana (una moneda de uso común en varios países del entorno, que al tipo de cambio está más o menos a 700 francos por un euro) para que haga la compra y nos cocine y gane un dinero por el servicio. Desde nuestra base, que es el seminario menor diocesano, nos trasladamos hasta allí 22 personas en una camioneta 'pick-up' que en otras circunstancias acomodaría a ¿tres veces menos? Somos como un enjambre de misioneros en movimiento. Cuando el coche no está disponible, nos damos el paseo por las mismas calles que hemos recorrido en misión por la mañana. Son dos o tres kilómetros de trayecto en los que salen a nuestro encuentro niños a los que ya conocemos; todo son sonrisas y promesa de vernos a la cuatro de la tarde para seguir con los juegos.

La casa de Perpetua es más bien una cabaña de madera, una única estancia en la que vive con su marido, su hija y su nieta, de la que hablaré otro día, ya que su historia merece nota aparte. Su marido, que en su momento llegó a ejercer de diplomático, se encuentra postrado por la enfermedad. Detrás de la casa comienza la selva, sin ningún espacio de transición. La cabaña, como decía, se limita a una sola habitación, y ahí mismo están la cocina y las camas. No hay cuarto de baño para la familia, que debe compartir uno con otros vecinos. Tampoco hay muros entre las casas pues, según la tradición fang (una de las muchas tribus del país), todos tienen la obligación de cuidar de los vecinos, que se ven en todo momento y se saben todos hermanos sin distinción alguna. Tadiciones como estas hacen grande y rica a esta gente: ¿a que nos gustaría a todos tener vecinos que velasen así por nosotros?

Cuando se va de misiones, se suele temer al cambio de alimentación. ¿Qué nos darán? ¿Estará bueno? ¿Se habrá cocinado higiénicamente? Aquí no ha sido el caso, ya que Perpetua lo cocina con mucho amor, e incluso puedo decir que como mejor que en casa (pido disculpas a mi madre y espero que no me lo tenga en cuenta). Cada día nos recibe a mesa puesta, en la que hay arroz, banana frita, pollo o pescado, nunca falta la salsa de cacahuete y hay gran variedad de fruta. Las frutas están presentes en todas las calles, este sitio rebosa fertilidad.

Madera de superviviente

Juan, el seminarista, tiene unos 18 años y es de Gabón, país vecino desde donde llegan emigrantes aún más pobres que la gente de aquí. Le conocí bailando alegre el 'tembleque', un baile de moda entre los jóvenes que consiste en hacer temblar, al ritmo de la música local o de Luis Fonsi, cualquier parte del cuerpo, demostrando una agilidad impresionante. Juan es extrovertido y risueño, fue uno de los primeros en acercarse a nosotros. Responde al mote de 'Yakuba' entre risas y bromas, y una noche nos contó su historia. Nunca imaginé que alguien tuviera que enfrentarse a tantas dificultades en tan pocos años de vida. Es el único sobreviviente de seis hermanos que no tiene muy claro de qué enfermedad fueron muriendo. Siendo muy niño empezó a vagar por Ebebiyin, viviendo como un bandido, según él mismo cuenta. Sería muy largo explicar la muerte de su abuela y de su madre, pero, en síntesis, se quedó solo y desolado. Le queda una tía con vida, pero prefiere no vivir con ella por la incomprensión y malos tratos que recibió de su parte. Aún así, se mantenía de alguna manera cerca de la Iglesia, siendo monaguillo y sabiendo que varios sacerdotes de la ciudad le ofrecían su apoyo y comprensión. Una noche no pudo más de tristeza, dice que solo sentía que tenía que volver a casa. Pero, ¿a qué casa, si no tenía? Sentía frío, estaba solo... Y seguía siendo solo un niño. Supo que la Iglesia podría ser su hogar. Como seminarista, no se siente presionado a seguir la vida sacerdotal. Pero, por lo pronto recibe cuidado, cariño y alegría. Y ya le tocaba.

Lo normal sería pensar que Perpetua y Juan tienen razones de sobra para ser unos amargados y motivos más que justificados para lamentarse. Pero en ambos veo alegría, paz, gratitud... no sé si como causa o como consecuencia, pero sin duda alguna son felices y nos hacen felices a quienes les tratamos con su sencilla manera de vivir la vida. Para mí están siendo un aprendizaje, si me voy con esto a casa me voy con mucho. Pero aún nos queda más de una semana por delante, ¡y vaya semana!

La misa dominical duró dos horas y cuarenta minutos. Pese a todo, se nos pasó volando. También hay que decir que no entendimos gran cosa, pues fue en fang... ¡Aquí sí que hay que aplicar la fe! Mañana nos vamos muy de mañana a Nkué, que está hacia la costa, a unos 200 kilómetros. Allí han sido convocados jóvenes de toda la diócesis para un encuentro con el obispo de cara al histórico sínodo convocado por el Papa Francisco para los jóvenes de todo el mundo. Cada diócesis ha de hacer una radiografía de su propia realidad y, con toda esta información a nivel mundial, se tomarán las siguientes decisiones. ¡Es impresionante ser parte de la historia de esta manera!

Estudiante de Enfermería. Sevilla. 20 años. Colabora con un grupo misionero de Regnum Christi.

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