Corrosivos

Las autoridades británicas tratan de contener una oleada de ataques con ácido, a menudo perpetrados por adolescentes y de forma indiscriminada

LOURDES GÓMEZ

Jabed Hussein tiene miedo de volver a trabajar. Es repartidor de comida a domicilio en el Este de Londres y sufrió un duro asalto el mes pasado. Un quinceañero le arrojó ácido al cuerpo desde una motocicleta. Él también hacía el reparto en ciclomotor y el casco le protegió la cabeza del impacto de un arma corrosiva cada vez más utilizada en las calles de la capital británica y otras ciudades del Reino Unido. Sigue sufriendo dolores en zonas quemadas de la cara. No es el único repartidor que está atemorizado, y los pedidos se han visto afectados. «La seguridad de nuestros mensajeros es la máxima prioridad, y si uno no quiere hacer entregas de noche o ir a ciertas áreas no tiene por qué hacerlo», ha indicado un portavoz de la empresa UberEATS.

Los ataques con ácido se asocian generalmente con represalias motivadas por los celos, castigos por supuesta deshonra familiar, disputas domésticas, ajustes de cuentas o, simplemente, para humillar a los débiles. Es una forma de violencia premeditada que llega a matar, desfigurar, lisiar y cegar a las víctimas. La Fundación Internacional de Supervivientes de Ácido (ASTI) advierte de que es un fenómeno mundial, sin fronteras de raza o religión, aunque más acusado en sociedades sin igualdad de género. Mujeres y niñas son las perjudicadas más numerosas en casi todos los países. La excepción es Reino Unido, donde la mayoría de víctimas -y atacantes- son hombres, según ASTI.

Manifestación de repulsa.
Repartidores de Londres se concentraron en las inmediaciones del Parlamento británico para pedir que cesen los ataques. :: AFP
Terribles secuelas.

Mensajeros motorizados confluyeron en Westminster a mediados de julio. Paralizaron el tráfico entre Downing Street, el Parlamento y el puente del Big Ben con una ruidosa protesta. 'Los repartidores estamos en peligro', se leía en unas pancartas. 'Parad los ataques con ácido, el robo de motos y el crimen con ciclomotores', se demandaba en otras. Tres días más tarde, el diputado Stephen Timms forzó un debate sobre la materia en los Comunes. Representa a los residentes de East Ham, distrito londinense con un alto índice de este tipo de sucesos, y emplazó al Gobierno a restringir la venta de ácido sulfúrico, reforzar la legislación y endurecer las sentencias judiciales.

Un chico de 16 años está en prisión acusado de perpetrar quince ataques violentosUna pareja de musulmanes fueron rociados cuando su coche se detuvo ante un semáfaro

No existe un delito específico de 'ataque con ácido'. El Ministerio británico del Interior tampoco compila datos de crímenes con sustancias corrosivas. Pero estadísticas de la Policía Metropolitana de Londres (MET), desveladas en virtud de la Ley de Libre Información, delatan un brusco auge en este tipo de delincuencia violenta. En 2016 se utilizó líquido corrosivo en 454 crímenes perpetrados en la capital, frente a 261 en 2015 y 166 en 2014. Datos adicionales indican que la proporción más elevada de ataques en 2017 se ha concentrado en cinco municipios del área metropolitana londinense, que se extienden uno tras otro entre el Este de la City y la margen norte del Támesis.

De acuerdo con ASTI, las denuncias de asaltos con ácido se han disparado, a nivel nacional, de 228 en 2012 a 601 en 2016. La mayoría de los crímenes se registraron en Londres -por encima de 1.200 en ese periodo- y los hombres duplicaron a las mujeres en número de víctimas. Las cifras de admisiones en las urgencias hospitalarias permanecen estables en torno al centenar cada año en Inglaterra.

El Gobierno conservador ha reparado este verano en el problema. Anunció en julio un «plan de acción dirigido a reducir el número e impacto de los ataques con ácido». Interior está coordinando la cruzada en consenso con el Ministerio de Justicia, la Fiscalía General, el Consejo Nacional de Jefes de Policía, médicos, sicólogos y comerciantes de sustancias corrosivas. Las gestiones se habían limitado hasta entonces a consultas sobre las vías más eficaces para restringir la venta de líquidos potencialmente peligrosos pero tan necesarios y de uso común como la lejía o el amoniaco.

Un chaval de dieciséis años está en prisión preventiva acusado de quince delitos relacionados con una cadena de robos y ataques violentos. Fue detenido la noche del 13 de julio, cuando Hussein y otros transportistas fueron rociados con ácido. Un segundo sospechoso, de 15 años, está bajo libertad condicional mientras la Policía continúa con la investigación. Robar las motos de sus víctimas parece ser el móvil que accionó el crimen en serie. El presunto cabecilla se enfrenta a un cargo de «posesión de material para arrojar una sustancia nociva» y a cinco de «grave agresión física con premeditación», entre otros.

El caso de Jameel y Resham

Aunque la ley británica no cita el ácido como arma, sí castiga la «posesión de arma ofensiva en espacio público con intención de utilizarla», según recordó la Fiscalía la semana pasada. En crímenes con ácido sulfúrico o equivalente, cuando la agresión es premeditada, puede conllevar una pena máxima de cadena perpetua.

Pero las víctimas exigen más acciones que la revisión de la legislación vigente. Las terribles consecuencias del ataque contra Jameel Muhkar y Resham Khan, también en el Este de Londres, llevaron a la población a decir 'basta ya'. Una campaña en las redes sociales había recaudado ayer cerca de 70.000 euros para cubrir parte del extenso tratamiento físico y psíquico que necesitará de por vida Resham, una estudiante de Empresariales. Kahn celebraba su 21 cumpleaños con su primo cuando un individuo les arrojó ácido por la ventanilla del coche mientras esperaban al cambio de luces en un semáforo. John Tomlin, de 24 años, ha sido acusado de agresión premeditada en este doble crimen, con el probable agravante de odio racial, ya que ambos primos son musulmanes.

Mientras Kahn sigue en el hospital, crece el número de firmantes de una segunda petición en su nombre. Más de medio millón de personas han secundado una propuesta que insta a la ministra del Interior, Amber Rudd, a regular la venta de todas las sustancias nocivas. «Prohibir la compra de ácido a los que no tienen una licencia» es la demanda que encabeza el documento, que incluye una carta de la víctima.

Ácido sulfúrico, nitrato de sodio y acetona se listan entre las sustancias de libre comercio, pero sujeto a un par de condiciones. El vendedor ha de informar a las autoridades siempre que el cliente levante sospechas o que descubra un robo o pérdida de material en cantidades sustanciales. La campaña de presión pretende que estas sustancias nocivas se regulen como otros agentes químicos con los que se puedan fabricar explosivos. Antes del receso parlamentario, Interior se comprometió a «seguir trabajando con comerciantes para acordar medidas que restrinjan la venta de ácidos y otras sustancias corrosivas».

En Gran Bretaña es ilegal salir a la calle con un cuchillo cuya hoja tenga tres pulgadas (7,6 centímetros) o más. Corresponde a su dueño demostrar que no lo lleva como arma blanca sino como herramienta de trabajo, por motivos religiosos o parte de un uniforme nacional. En el nuevo plan de acción del Gobierno se contempla clasificar el ácido como «arma peligrosa» y elevarlo al nivel de machetes o navajas. «Los ataques con ácido son completamente bárbaros», reconoce la jefe de la MET, Cressida Dick.

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