CARRETERAS SECUNDARIAS VALLE DE VALDEGOVÍA (ÁLAVA) Viaje al centro del romance

Pasado espléndido. En la colegiata de Valpuesta (804), en su día Obispado del País Vasco, Burgos, Cantabria y La Rioja, los monjes escribieron en lengua romance dos siglos antes que los de San Millán de la Cogolla. / igor aizpuru
Pasado espléndido. En la colegiata de Valpuesta (804), en su día Obispado del País Vasco, Burgos, Cantabria y La Rioja, los monjes escribieron en lengua romance dos siglos antes que los de San Millán de la Cogolla. / igor aizpuru

Un paisaje mestizo y diverso custodia la cuna de la lengua castellana en Valpuesta, una gota de Burgos en la Álava más recóndita. Conducimos por la ruta fronteriza A-2622

ICÍAR OCHOA DE OLANO

El holandés con mejor mano para las flores se sentiría en Espejo como en Arlés. Asediada por legiones enteras de girasoles, la localidad alavesa luce impresionista bajo el sol dorado y vigoroso de agosto. En algunas puertas de las casas, lo mismo con fachadas blasonadas que rasas y sin abolengo, la réplica vegetal del astro soberano -la 'Carlina acaulis'-, se esfuerza en ahuyentar espíritus y tormentas con su fulgor deshidratado. Espejo es rubia y está a salvo. Incluso de la playa. El arenal más cercano queda a cosa de una hora en coche; sin embargo, se permite El Txiringuito. El bar, rigurosamente playero, asiste a los bañistas de la piscina fluvial en que han convertido allí un tramo de Omecilla, un clorofílico refugio en las tardes de estío.

Protegidos y refrescados, nos adentramos en Valdegovía por la A-2622, un viaje idiomático a través de un valle mestizo de arroyos y ascetas, en la frontera occidental de Álava con Castilla. Una lengua de brea sin arcenes se abre camino sobre un paisaje tan diverso como genuino. Inalterable a la presión agrícola y a la concentración parcelaria, los setos, los ribazos y las pequeñas fincas rezuman el sabor añejo del campo. Una espadaña románica nos saluda desde el lado del copiloto. Es la iglesia de San Millán, en Villamaderne. Un poco más adelante, a la izquierda, el orgullo resucitado de los Varona, una torre-palacio del siglo XIV que un día sirvió de presidio para Alfonso I el Batallador, hace lo propio desde un solemne promontorio natural en Villanañe.

A dos kilómetros de allí, el santuario de Angosto, con sus cuatro padres pasionistas, bendice la grandiosidad de los bosques de pino silvestre -la mayor masa natural del País Vasco-, un espléndido río salvaje, el Tumecillo, y la leyenda de una virgen que se apareció a un pastor allá por el siglo XI. En La Gruta, el bar de la congregación, Yolanda Sobrón obra su propio milagro imprimiendo un estimulante aire 'hipsteriano' al local y elaborando bocaditos de trufa cuando la naturaleza se porta. Eludir la escala sería pecado. El municipio más grande de Álava (30 pueblos) y menos poblado (un millar de habitantes) no tiene secretos para ella. Es la responsable de la Oficina de Turismo de Villanueva de Valdegovía, la capital. La cruzamos de regreso a la ruta madre y tomamos conciencia del poderío de los Angulo al contemplar la hermosa portada renacentista del siglo XVI que adorna el palacio de esta saga de influyentes notarios y registradores.

El abrazo del roquedal

Nos cruzamos con una cosechadora y adelantamos a un tractor con el remolque a rebosar de grano. Los campos de cereal se muestran estos días en todas sus fases: atestados de frutos en el clímax de su madurez; surcados por olas de paja, como un tesoro recién expoliado; y perfectamente atusados en fardos orondos que parecen aguardar un pistoletazo para echar a rodar finca abajo. Montes de altitud media tapizados con quejigos, encinas y hayas flanquean la fiesta del cereal. Entre Gurendes y Corro, la cresta afilada de Peña Karria ejerce de majestuosa bandera de señalización del Parque Nacional de Valderejo y de su medio millar de especies vegetales.

La A-2622 nos sumerge con brusquedad en tierra burgalesa a través de San Millán de San Zadornil y, enseguida, una señal nos anuncia Valpuesta. Insospechadamente, el roquedal abraza desde el inicio de la Reconquista -hace 1.213 años nada menos- una soberbia colegiata gótica, antaño monasterio y obispado de medio norte de España donde se encontraron los cartularios en lengua castellana -y en euskera- más antiguos, hoy en poder de la Biblioteca Nacional. Dicho de otro modo, en esta coqueta y recóndita aldea medieval empezó a morir el latín y echó a andar el romance, el tosco germen de la segunda lengua más hablada en el planeta.

«Durante la Guerra de la Independencia los franceses lo quemaron todo menos unos documentos que, al parecer, se salvaron por estar guardados detrás del órgano». Lo explica Julio Carmín, un bilbaíno con casa en el pueblo, encantado de abrir las puertas de la historia y mostrar la joya empolvada del castellano, su retablo renacentista y su claustro restaurado. En breve, les han prometido, contarán con unos facsímiles de los valiosos becerros.

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