Las Provincias

Ona Carbonell: «A veces tengo miedo a ahogarme»

Ona Carbonell, ayer en la Gran Vía de Madrid, donde presentó su libro 'Tres minutos cuarenta segundos'. :: alberto ferreras
Ona Carbonell, ayer en la Gran Vía de Madrid, donde presentó su libro 'Tres minutos cuarenta segundos'. :: alberto ferreras
  • Ona Carbonell durmió con las piernas atadas, la sacaron de un hospital para competir y pidió a sus padres, ambos médicos, que se taparan los ojos para alcanzar su gran sueño... sus dos medallas olímpicas

Perfecto! ¡No me he ahogado!». El deseo de una niña de once años se había cumplido en una piscina de Las Palmas. Una nadadora novata llamada Ona Carbonell (Barcelona, 1990) había competido por primera vez en un torneo nacional y había descubierto su vocación: la sincronizada. Y eso que su destino venía marcado antes de nacer cuando sus padres decidieron el nombre de Ona (ola en catalán). De ese medio natural ha saltado a las páginas de papel para contar sus alegrías y sus penas. «Es la historia de una niña que el primer día que se sumerge en el agua ve que su sueño es ser una sirena sin escamas y no morirse...», relata con una gran sonrisa para resumir una biografía con mucho «diálogo interno», que ha titulado 'Tres minutos cuarenta segundos' (Planeta). Es el tiempo que duró el tango de su plata olímpica en Londres 2012, su mayor éxito deportivo, pero la obra desnuda a la joven Ona, la que, por ejemplo, es tremendamente friolera, y a la Ona nadadora, la que llegaba la primera a los entrenamientos.

En esas páginas recuerda la lejanía de la familia en el Centro de Alto Rendimiento de San Cugat, donde ingresó con apenas 14 años para formar parte de la selección española. La llamada le llegó tan de improviso que se instaló con su amiga y compañera Kiki en la planta de los deportistas más adultos porque no había habitaciones libres con las de su edad. Las cosas se torcieron por el pique entre deportistas de alto nivel. «Era como mi hermana, pero hay un día que hay que tomar la decisión: nos separamos de habitación porque la rivalidad es tan grande que hay mucha tensión. Pero esto es bueno, porque para que un equipo crezca tiene que haber rivalidad interna».

En cambio, con Andrea Fuentes y con Gemma Mengual cuajó como triunfal dúo de sincronizada y como pareja de amigas. «Igualmente había momentos difíciles, pero es imprescindible encajar con tu compañera porque te pasas 24 horas al día con ella. Comes, duermes, entrenas, te duchas... Todo el día es 100% juntas. Las veía más que a mi familia o a mi pareja».

Tarrès... «brutal»

Tantas horas bajo el agua la hicieron más sociable, al menos más de lo que pensaba. «Antes no tenía prácticamente amigos. Me preguntaban por qué estaba todo el día en la piscina». El sistema de presión constante implantado por Anna Tarrès, su primera seleccionadora, estrechó los lazos de las nadadoras, que compartían sus desahogos. «No ayudaba mucho. No es necesaria tanta tensión. Un entrenador tiene que saber leer a sus deportistas y entenderles en los momentos críticos. Todas queremos una exigencia absoluta dentro del agua. Que yo lloro en los 'entrenos', que sales temblando, pues normal. Pero fuera del agua es distinto. La vida te reta y tienes problemas de salud en la familia, suspendes un examen, lo dejas con el novio... He tenido situaciones muy, muy, muy difíciles», rememora.

«Chubasquero» era la palabra clave para el grupo de amigas. «Pactamos que nada de lo que ella dijera nos salpicara». No fue suficiente. Antes de una prueba en la Copa de Europa de Sheffield (Inglaterra) en 2011, Ona se quedó inconsciente bajo el agua durante un entrenamiento. Después de un día de vómitos y diarrea había perdido tres kilos en un cuerpo de apenas 50. Ingresó en el hospital y a medianoche apareció Tarrès, ordenó a los médicos ingleses que retiraran el suero a la nadadora y la mandó a competir. «Es brutal».

Hija de dos médicos, un reumatólogo y una traumatóloga, Ona cuenta que ambos han tenido que cerrar los ojos. «Yo se lo he pedido», reconoce. Su padre le llegó a suplicar que lo dejara, que el nivel de exigencia era intolerable. «Y yo le decía: 'Por favor, papá, no me hagas dejarlo porque es mi sueño, lo estoy pasando fatal pero quiero conseguirlo'». Pasarlo fatal significaba, por ejemplo, dormir con las piernas atadas para reducir la separación natural de su anatomía.

Pero el sueño llegó. Hoy, Ona Carbonell es admirada y respetada por sus rivales. Se colgó una medalla en Londres 2012 en dúo (plata) y por equipos (bronce). Pero dentro de la mujer todavía vive aquella niña con temores. «A veces tengo miedo a ahogarme». Normal, cuando hay ejercicios que exigen pasar casi medio minuto bocabajo en el agua.