La Transfiguración de Cristo, una fiesta bíblica readaptada por Calixto III

Procesión y traslado del Cristo de El Palmar. / MANUEL MOLINES

Múltiples poblaciones valencianas celebran hoy festividades cristológicas auspiciadas por una batalla que decidió el destino de la cristiandad

ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

¿Qué nexo puede haber entre la Biblia, una batalla medieval en Belgrado y un buen número de fiestas valencianas que se celebran hoy? Pese a la lejanía cronológica y geográfica, existe una estrecha conexión. Concretamente una efeméride. El acertijo se resuelve a continuación. Diversas poblaciones de nuestra Comunitat realizan estos días su particular celebración en torno a la figura del Santísimo Cristo. En la configuración de cada una de ellas se combinaron aspectos históricos, elementos devocionales y particularidades locales. Como resultado de esta amalgama de factores se derivaron advocaciones concretas como el Santísimo Cristo de la Agonía, el de las Mercedes, etc.

Entre estas fiestas con la figura de Cristo como protagonista no faltan las que se dedican a San Salvador, en clara referencia al Cristo Salvador derivado del episodio bíblico de la Transfiguración. En este pasaje del Nuevo Testamento se narra cómo Jesús se transfiguró o metamorfoseó en el Monte Tabor. Acompañado de dos profetas del Antiguo Testamento, el rostro de Cristo se iluminó y su ropaje comenzó a brillar ante la mirada atónita de tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan. Una voz del cielo, la de Dios Padre, pronunció la palabra Hijo. La escueta presentación del Padre fue suficiente para ratificar aquello que los primeros fieles ya intuían: Jesús era el Divino Salvador. No teman, supongo que un domingo de agosto pocos son los que están por la labor de enfrentarse a complejas cuestiones bíblicas. Por el contrario, quizá resulte más estimulante conocer la extraordinaria historia que se oculta en las raíces del establecimiento de esta fiesta de la Transfiguración en la Iglesia de Occidente a mediados del siglo XV. Una celebración que, por cuestiones más terrenales, pronto evolucionaría en ámbito popular hacia El Salvador y otras apariciones cristológicas que quizá hoy sean conmemoradas en la localidad donde están leyendo estas líneas. No faltan batallas épicas. Tampoco el protagonismo valenciano.

Es cierto que la celebración de la Transfiguración como fiesta se remonta, en el caso de la Iglesia oriental al siglo IV, mientras que en el conjunto de Occidente al siglo XI. Muestras de la devoción que suscitaría entre el pueblo son algunos retablos disipados por los museos europeos elaborados entre los siglos XIV y XV. En Valencia, algunos sermones de San Vicente Ferrer evidencian que la Transfiguración era un tema conocido por todos. Sin embargo, fue la historia, o si lo prefieren, la habilidad en hacer uso de ella, la que se encargó de convertir el Salvador bíblico en el Salvador terrenal de una cristiandad que sufrió su mayor apuro bajo el gobierno de un hombre nacido en La Torre de Canals, Alfonso de Borja. Ese apuro con nombre y apellidos, el infiel turco, no pasaba desapercibido en los muros de nuestra ciudad.

La celebración de la Transfiguración como fiesta se remonta en Occidente al siglo XI En junio de 1455 un grupo de cristianos exacerbados asaltó la morería de ValenciaLa Iglesia interpretó la cruzada turca como la batalla que decidió el destino de la cristiandad Calixto III ordenó un repique de campanas cada seis de agosto para conmemorar la victoria

Cuando en mayo de 1453 la capital del imperio bizantino cayó en manos de los turcos otomanos, la cristiandad vio peligrar sus potentes cimientos forjados a lo largo de más de un milenio. Que infieles consiguiesen asaltar Occidente era poco menos que el fin del mundo. Liderados por Mehmed II, sintomáticamente definido por la curia papal como el Anticristo, la capacidad guerrera de aquel imperio alentaba un temor fundado. Así se explica un creciente caldo de cultivo contra la población mudéjar, particularmente documentado en la ciudad de Valencia. Por mucho que las autoridades se esforzasen en aplacar los ánimos, las revueltas populares no tardaron en aparecer.

El primero de junio de 1455, en Valencia, un grupo de cristianos exacerbados asaltó la morería de la ciudad al grito de «façen-se cristians los moros o muyren». Fue solo el principio, pocos días después, en el transcurso de la celebración del Corpus Christi, alguna voz puso el grito de alarma -falso- sobre una inminente invasión turca sobre Valencia. Así se lo detallaban por carta los Jurados de Valencia a Alfonso el Magnánimo: «...quasi a les tres hores aprés migjorn, essent los entremesos a la Bosseria, se mog una brega e fon mesa veu, per quis vulla que ho fes, cridant: moros, moros entren en la ciutat!. Lo poble se avolotit en tal forma, que en fort poch de temps tota la ciutat fonch a les armes, e anaven corrents vers los portals, adés a l'hun, adés a laltre, que may, creu, gents veren tal avalot, que no era persona en lo món, ne officials ne ningú, hi pogués dar recapte». No exagero. Creo que el infiel no causaría menos terror en nuestros antepasados que el que provocan los caminantes blancos en la afamada serie de HBO que ha triunfado estos años. Aquella celebración interrumpida abruptamente en Valencia festejaba, además de la Eucaristía, la reciente elección de Alfonso de Borja como papa, ascendido al solio pontificio como Calixto III.

Enemigos de la fe

Pueden imaginar que el mayor empeño que tuvo Calixto III durante su pontificado (1455-1458), fuese derrotar al turco a través de una cruzada. Esto explica que hiciera grabar en una moneda con su efigie el lema Hoc vovi Deo, ut fidei hostes perderem elexit me, algo así como Prometo a Dios destruir a los enemigos de la fe. Un asunto por el que, en palabras del nuevo pontífice, trabajaría hasta la efusión de su sangre. Para lograr su propósito creó flotas, negoció con los monarcas de las principales coronas (que por lo general le dieron largas), sufragó campañas de los mejores predicadores para captar guerreros entre la población... Nada daba los esperados frutos. Las derrotas entre las hordas cristianas se sucedían. Además, las concesiones diplomáticas de algunos potentes territorios cristianos para con el infiel (caso de la República de Venecia), auguraban el peor de los destinos para la Iglesia dirigida por Calixto III.

En ese angustioso clima una sorprendente victoria en los Balcanes giró las tornas. No piensen que la lejanía física del conflicto causaba el desinterés de Roma, y por extensión de toda la iglesia romana. El mismo Calixto III había enviado buena parte de los recursos eclesiásticos a la zona militar más caliente, incluido el buen hacer de Giovanni Capestrano, un reconocido orador que, a la cabeza de una élite de predicadores, entre ellos el legado papal Juan Carvajal, logró reunir un impresionante ejército cristiano de voluntarios en Europa del Este. Si son futboleros, al escuchar la batalla de Belgrado les vendrá inmediatamente a la memoria un mítico y durísimo partido que en el año 1977 sirvió a España para clasificarse para el mundial de Argentina. Sin embargo, cinco siglos antes, en aquella misma ciudad, se dirimió el destino de la cristiandad.

Las tropas de Mehmed II, crecidas tras la toma de Constantinopla avanzaban imparables hacia la península itálica cuando el 29 de junio de 1456 sitiaron Belgrado, defendida por una alianza de ejércitos húngaros y serbios espoleados por las predicaciones dirigidas en última instancia por Calixto III. El ejército otomano más numeroso y mejor preparado, no pudo imaginar que las hondas y guadañas de campesinos y civiles pudieran no sólo resistir su potente armamentística sino también contraatacar causándoles una severa derrota, como así ocurrió. Mehmed II, herido, tuvo que mandar a sus tropas la retirada, en un episodio que se interpretó por la Iglesia como la batalla que decidió el destino de la cristiandad. Con todo, las tropas cristianas sufrirían un severo castigo a posteriori, una plaga de peste asoló la ciudad, llevándose consigo a los principales líderes, entre ellos a Capestrano, considerado el salvador de Europa.

Se preguntarán que tiene que ver toda esta batalla con la Transfiguración de Cristo. La resolución de aquella larga contienda, acaecida el 6 de agosto, fue el estímulo decisivo para que Calixto III proclamara la celebración de la Transfiguración de Cristo en aquella fecha. De este modo, se equiparaba la figura del Salvador transmitida en la Biblia a través del citado pasaje con la del Salvador que desde los cielos ayudó a las huestes cristianas, reforzando el papel de Cristo como Redentor de la humanidad. No en vano, el Papa Calixto III ordenó un repique de campanas cada seis de agosto para conmemorar la victoria de la cristiandad hasta el día de hoy, impulsando de manera decisiva la celebración de la Transfiguración, del Salvador y de las diversas festividades cristológicas que múltiples poblaciones valencianas celebran esta jornada, si bien todas ellas presentan particularidades propias desde su misma concepción.

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