La verdadera historia del Toisón de Oro, una orden caballeresca de origen medieval

La Princesa Leonor en el Palacio Real después de que su padre, el Rey Felipe VI, le impusiera el collar. / lp
La Princesa Leonor en el Palacio Real después de que su padre, el Rey Felipe VI, le impusiera el collar. / lp

La máxima distinción entregada por la Familia Real se remonta al siglo XV. Con Carlos I se estableció el inquebrantable vínculo entre la Orden del Toisón y España

ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

«Hoy la princesa de Asturias recibe el Toisón de Oro, profundamente arraigado en la historia de España y de Europa». Felipe VI dixit. Ya saben que el pasado martes el monarca español hizo entrega de la mencionada distinción a la princesa Leonor. Otra cosa muy distinta es conocer la apasionante historia de la Orden del Toisón de Oro, que, sorpréndanse, nace lejos de España. En concreto en la ciudad de Brujas, en el año 1430. Como tantos otros elementos surgidos en otro tiempo (y me atrevería a escribir que en otro mundo), su razón de ser se presenta inaprensible para una gran mayoría. Así que, con la venia, haremos comprensible el devenir de este emblema repleto de cambiantes connotaciones políticas y espirituales, también de curiosidades.

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¿Sabían que el primer monarca europeo que lució el Toisón de Oro fue Alfonso el Magnánimo? Efectivamente, ni era Borbón (sino Trastámara), ni era rey de España, sino monarca de la Corona de Aragón. No lo consideren un comentario tendencioso. En honor a la verdad, también el actual emperador de Japón, Akihito, o Nicolás Sarkozy engrosan la lista de los más de 1200 beneficiados con un reconocimiento que, muy tardíamente, ha incorporado mujeres. El rey emérito fue quien promovió en 1985 que el collar también lo recibieran féminas. Su nieta es el cuarto caso. En su origen medieval, al tratarse de una orden de caballería, resultaba impensable que las mujeres pudiran lucir el Toisón de Oro.

Una iniciativa personal

La Orden del Toisón de Oro fue instituida por el Duque de Borgoña y Conde de Flandes Felipe III, llamado el Bueno. Fue el 10 de enero de 1430 en la próspera ciudad de Brujas, en el transcurso de las celebraciones del matrimonio del propio Felipe III de Borgoña con Isabel de Portugal. La nueva institución disponía como fin último la defensa de la fe cristiana, al igual que muchas otras órdenes militares que proliferaban por esa época. Por ejemplo, hacia 1348 Eduardo III de Inglaterra ya había creado la orden de la Jarretera. Algunos años más tarde (1403), el infante Fernando de Castilla, futuro Fernando I de Aragón, instituiría la Orden de la Jarra y el Grifo. Todas y cada una de esas instituciones compartían algunos rasgos comunes. En primer lugar, la exaltación del cristianismo, una circunstancia que provocaba que cada una de esas órdenes se amparase en la protección de un personaje sagrado. En el caso de la Orden del Toisón de Oro, era San Andrés. Estas órdenes pretendían también retomar el ideal caballeresco evocado en canciones de gesta, ciertamente venido a menos en el ocaso de la Edad Media, de ahí que no dudasen en retomar aquellos pasajes que durante siglos habían iluminado la mentalidad de los nobles guerreros ávidos de fama y aventuras: desde la mitología clásica a la leyenda artúrica. En el caso del Toisón de Oro, sus impulsores, con el duque de Borgoña a la cabeza, fijaron su atención en una de las aventuras de la mitología clásica. Jasón obteniendo el vellocino de oro, el cuero de carnero y su lana, en este caso del preciado metal. Una compleja prueba que el héroe tenía que superar para reclamar su trono. Quizá no les resulte familiar, pero para todas las casas reales europeas bajomedievales estas historias estaban a la orden del día. El mismo Jasón fue representado en Valencia en 1402 con motivo de la entrada del rey Martín I el Humano.

Ceremonia de entrega del Toisón de Oro a la princesa Leonor. / Efe

El extraordinario comportamiento de Jasón había de ejemplificar las acciones de los miembros del Toisón de Oro, quienes debían mostrar todo su valor, en especial luchando contra los infieles, entonces liderados por el todopoderoso peligro otomano. Por otra parte, el objeto en cuestión que daba nombre a la orden, el toisón, rendía homenaje a la ciudad donde nacía la institución, Brujas, capital internacional en la época del comercio de lana. Fue allí donde unos pocos caballeros del círculo más próximo a Felipe III de Borgoña comenzaron a vestir aquel prestigioso distintivo que, sin comportar beneficio económico alguno, sí obligaba a actuar de manera modélica según el código caballeresco. Más allá de los excesos protocolarios y propagandísticos estaban latentes otros intereses: desde la legitimación de poder hasta el establecimiento de redes políticas con las que equilibrar dominios en el continente. Para muestra un botón. Felipe III de Borgoña disponía de gran cantidad de territorios, muchos en contacto con algunos de sus enemigos naturales, como el rey de Francia, quien lógicamente vetaba su expansión. Así que el de Borgoña no dudó en regalarle ese preciado distintivo al monarca que se las hacía pasar canutas al rey francés. Touché. Alfonso el Magnánimo.

Fernando el Católico fue caballero de la orden. Su nieto Carlos I, el Gran MaestreSu simbología se asocia al mito griego de Jasón y el vellocino de oro El primer rey europeo que recibió el Toisón de Oro fue Alfonso el Magnánimo

Distinción española

Tanto los sucesores de Felipe III de Borgoña como los del Magnánimo se esforzaron por mantener los lazos. El collar - inicialmente entregado sólo por la casa borgoñona-, también lo portarían los reyes de la Corona de Aragón Juan II y Fernando II, sí, el Católico, como caballeros de la orden. Sin embargo, la muerte del heredero de Felipe III de Borgoña sin línea sucesora masculina forzó que el título de Gran Maestre recayera en el marido de María de Borgoña, la nieta del fundador del Toisón Oro, quien por su condición de mujer no podía ostentar tal cargo. El esposo agraciado era Maximiliano I de Austria, futuro emperador, quien heredó la licencia para repartir los collares con el Toisón. El denso discurso histórico tiene como objetivo aclarar cómo el Toisón se convirtió en la máxima distinción concedida por la Familia Real española, y créanme, estamos a un paso. El hijo de María de Borgoña y Maximiliano, Felipe (exageradamente llamado el Hermoso), se casaría con Juana la Loca, en un matrimonio que acabaría como el rosario de la aurora pero que dejó dos hijos varones, Carlos I de España y Fernando I de Habsburgo, quienes se convertirían en los nuevos Grandes Maestres. Nacía entonces el inquebrantable vínculo entre la Orden del Toisón y España. Carlos I de España y V de Alemania, adalid del catolicismo empeñado en la guerra contra el Turco y contra los protestantes no sólo tenía la sangre borgoñona de quienes crearon la orden, también de la joven monarquía española, que en su parcial precedente aragonés había proporcionado los primeros componentes reales del Toisón. Por si quedaba alguna duda, dos bulas pontificias concedidas a finales del siglo XVI sancionaban que los reyes de España representasen perpetuamente el Gran Maestrazgo del Toisón de Oro, independientemente de la casa a la que pertenecieran, como quedó demostrado tras la guerra de Sucesión española. De hecho, a principios del siglo XVIII, en pleno conflicto entre los partidarios de Felipe de Borbón y el archiduque Carlos, los dos pretendientes al trono español se autoproclamaron grandes maestres de la Orden del Toisón de Oro, retratándose con el ostentoso collar y el broche en forma de carnero. Venció el Borbón, pero la casa austríaca siguió concediendo el distintivo, igual que Felipe V y todos sus sucesores hasta hoy, bueno, de momento hasta el martes, cuando lo recibió Leonor. Por cierto, la ramificación producida dos siglos atrás todavía hoy perdura. Para tal sobredosis histórica no existe mejor antídoto que un buen surtido de anécdotas en torno al Toisón.

El distintivo se compone de un collar de oro que haría las delicias de Diego el Cigala, porque discreto, lo que se dice discreto, no es. Los eslabones componen una doble "b" enfrentada y aparecen jalonados por unas piezas que simbolizan llamas de fuego. De él cuelga el vellocino áureo. Aunque su valor material (unos 50000 euros en la actualidad) sea considerable, para muchos siempre ha sido mucho más trascendente su simbolismo. Que aparezca en infinidad de retratos desde el siglo XV hasta hoy lo confirma. Además, teóricamente, el collar es de ida y vuelta. Los beneficiados con la distinción pueden lucirla en vida, pero al fallecer, la familia del difunto ha de devolver el toisón a la monarquía española. La leyenda negra dice que algunos han olvidado efectuar la devolución... Y es que para colmo los collares están numerados. Actualmente las personas que pueden portar el emblema no llegan a la veintena, pero ¿cómo conseguir uno? El monarca español es el Gran maestre y quien decide las personas que merecen el reconocimiento en función de los valores positivos transmitidos a la sociedad. Ahí van dos casos. Adolfo Suárez lo recibió por su papel en la transición y Sarkozy por su apoyo a España en la lucha contra ETA, pero bueno, los grandes maestres también pueden pasarlo a sus vástagos. Así lo hizo Juan Carlos I con Felipe VI y así lo ha hecho el actual rey con la princesa, aunque para su fortuna -el collar no parece muy ligero- sólo fue condecorada con un pequeño broche con la forma del ancestral carnero.

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