Teodoro Llorente, guardián de la historia y del patrimonio valenciano

Retrato. Teodoro Llorente. / lp

Hoy se cumple el 106 aniversario del fallecimiento de este inmortal personajeSu valerosa defensa del pasado se produjo en un momento en el que la modernidad arrasaba con todo

ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

«¡Olvidadas y abandonadas también las creaciones del arte, como los restos de los varones esclarecidos, como las imágenes veneradas por nuestros abuelos! ¡Cuán pocos somos los que remontamos el curso de los tiempos para complacernos en las grandezas de otras edades!». Teodoro Llorente Olivares dixit. Coincidirán con un servidor en que las palabras del que fuera fundador de LAS PROVINCIAS se adaptan como anillo al dedo a esta sección orientada a homenajear las celebridades y los hitos culturales de nuestra historia. La airada protesta del célebre escritor fue expuesta en un contexto general de expolio y destrucción del patrimonio valenciano, por fortuna distante del actual, más concienciado con el despertar de nuestra memoria colectiva.

Entre los innumerables logros de este preclaro valenciano, hoy destacaremos su intrépida defensa del legado cultural valenciano, especialmente significativa por desarrollarse en uno de los momentos más complejos que jamás haya existido para tal fin, el del progreso. En la segunda mitad del siglo XIX, la masa social valenciana abrazaba los nuevos avances tecnológicos con una fe ciega, sin importarle los posibles daños colaterales que podía causar. Sólo unos pocos intelectuales, entre los que destacó Llorente, compartieron la enorme fascinación por la llegada de la modernidad con un cierto recelo hacia esta por los efectos perniciosos que podía acarrear en la historia del pueblo valenciano.

Como señaló el profesor Josep Vicent Boira Maiques, Llorente rechazó esa parte de la modernidad «que se manifiesta en la destrucción del pasado, en la alteración del paisaje tradicional, en el nulo respeto por el patrimonio heredado...» En un período en el que las históricas señas urbanas valencianas (Casa de la Ciudad, las murallas, la Lonja del Aceite o conventos) sucumbían bajo la despreocupada e ilusionada mirada de nuestros antepasados, Teodoro Llorente abogaría por una armoniosa convivencia donde tradición y modernidad se complementasen.

Llorente advirtió cómo algunas tradiciones parecían abocadas a la extinción El centro excursionista de Lo Rat Penat nació para conocer el territorio con valor histórico

En la efeméride de su fallecimiento, homenajeamos sólo una de las caras de su poliédrica figura: la de guardián de su cultura autóctona. Una actuación que, como estudió el citado Boira, sería equiparable, con algunas reservas, a la que otros grandes eruditos europeos desempeñaron unas décadas antes o incluso paralelamente en sus respectivos territorios, caso de Walter Scott en Escocia o Víctor Hugo en Francia.

Sensible a las humanidades

Teodoro Llorente Olivares vino al mundo en el año 1836, en la ciudad de Valencia. Miembro de una familia de juristas, fue un empedernido lector desde su infancia, circunstancia que le aportó una sensibilidad sin parangón en el campo de las humanidades. Cursó estudios de Derecho y Filosofía y Letras en la Universitat de València, incrementando su natural capacidad intelectual.

El resultado fue ese carácter polifacético que sólo algunos privilegiados disfrutan: traductor, político, poeta, periodista. En todas y cada una de esas facetas -además de en sus cartas personales-, Llorente manifestó el amor por su tierra y por su cultura, sin desatender los aspectos más populares.

Buena prueba de ello es un extraordinario poema que sirvió de oda a uno de los platos valencianos más representativos. La loa culinaria escrita por Llorente narra cómo dos basureros regresaban hambrientos a la alquería tras su jornada matutina por la huerta. En el camino, establecían una especie de debate sobre la cuestión. Por supuesto en el idioma que usaban:

Con cierta tendencia se asocia la cultura a una manifestación material vinculada a las élites, sin embargo, elementos como las fiestas perfilan decisivamente las trazas de un pueblo. Llorente no escatimó esfuerzos en advertir el modo en que determinadas tradiciones autóctonas parecían abocadas a la extinción, caso de la procesión dedicada al Ángel Custodio. Su afilada pluma se convirtió en el azote de aquellos valencianos indiferentes ante determinados abusos que, bajo el pretexto de la modernidad, hacían mella, y de qué modo, en nuestra historia. La de Llorente fue una época donde la identidad del pueblo sufrió daños irreparables. Y no sólo por la centralización del poder, causante de determinados abusos lingüísticos o de la acumulación de patrimonio material valenciano en Madrid, sino también por el explícito abandono a la modernidad de nuestros antepasados. Contra esta realidad era indispensable una suerte de exaltación patriótica del antiguo reino de Valencia alimentada con grandes dosis de carga emocional. Llorente hizo gala de ella en sus numerosos artículos: con solo 25 años comenzó a ejercer el periodismo en el diario 'La Opinión', y un lustro más tarde, en 1866, fundaba este diario. También en los dos tomos que componen su voluminosa obra, a modo de enciclopedia valenciana, con título: 'Valencia. Sus monumentos y artes. Su naturaleza e historia'. Precisamente en este trabajo publicado en 1887, podemos rastrear sus notables intervenciones que hoy asociaríamos a las de un Indiana Jones a la valenciana. Llorente relató la manera en que acometió la aventura de buscar los restos del padre fundador del convento de los Agustinos de Valencia, el venerable Salelles. Su desafío no estaba exento de trabas. Para empezar, la única pista que disponía era una noticia encontrada en un libro viejo. El emblemático convento era por aquel entonces una cárcel. La iglesia era la única parte que mantenía vivo el culto religioso. Podemos imaginar en qué condiciones: un antiguo 'servidor de la casa' advertía a Llorente que «en un rincón de la sacristía había cajas de muerto». Teodoro Llorente halló el rincón y descubrió el féretro pétreo de Guillem Salelles, fallecido en 1310 como reza la epigrafía de la losa sepulcral. Por cierto, Llorente se equivocó en la lectura del nombre, al interpretar que el nombre citado era Francisco Salelles. El error se repite sistemáticamente, según ha demostrado el profesor Andrés Felici Castell. Si dudan de la veracidad de esta información, pueden acudir al Museo de Bellas Artes de Valencia y, con buena luz, leer el texto de aquella urna cineraria que Llorente salvó del olvido.

Excursiones en Lo Rat Penat

A propósito de esta revalorización del pasado valenciano, fue de especial relevancia la creación del Centro Excursionista Lo Rat Penat. A grandes trazos, se trataba de un conjunto de hombres eruditos dispuestos a conocer 'in situ' lugares del territorio valenciano que atesorasen alguna relevancia histórica y cultural desde una perspectiva patriótica. Esta institución fue ideada por Llorente, que la fundó en febrero de 1880 y la dirigió hasta 1892. Solo su defunción (tal día como hoy pero de 1911), paralizó su actividad en el Centro Excursionista. Probablemente de su mano sea esta primera reseña periodística que informaba sobre el innovador organismo:

«La sociedad literaria y artística dei Rat-Penat se propone estudiar las cosas de Valencia: ha hecho, pues, perfectamente en establecer su Centro excursionista, que estimulará la visita a muchos puntos interesantes o curiosos de nuestro antiguo reino, que por el abandono con que miramos las glorias patrias están hoy casi olvidados». Rafael Roca Ricart, referente académico sobre Teodoro Llorente, ha catalogado y estudiado estas visitas que darían sus frutos desde un punto de vista divulgativo: de algunas de ellas se dio cuenta a través de publicaciones. Además, aquellas excursiones estimularon casi milagrosamente la preservación del patrimonio a las instituciones que por entonces las custodiaban.

Felicitémonos todos de manera recíproca. Quiero pensar que ya no somos tan pocos los que remontamos el curso de los tiempos para complacernos en las grandezas de otras edades. Esta sección que recoge humildemente el testigo de Llorente en el diario por él creado es buena prueba. Con el paso del tiempo, sin ningún género de dudas, la figura de Teodoro Llorente se ha convertido en una gloria de otro período: tanto por su ingente y multidisciplinar obra como por liderar la custodia de un antiguo pasado que, sin su intervención, hubiera caído en el eterno olvido.

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